martes, 22 de septiembre de 2009

Jimeno Juárez


A Jimeno Juárez, el Marcado, la cicatriz le cubre desde la oreja derecha hasta el mentón. Imborrable, la señal es el recuerdo de aquella riña. La tarde del desencuentro, olvidó todos los consejos y se atrevió a desafiar a los Zabaleta. Éstos orilleros del Alto Verde santafesino eran conocidos como sanguinarios pendencieros y siempre lo toleraron.
Todos sabían que estaban enredados en amoríos con las hermanas del Marcado.
En el cruce de cuatro copas, el Jimeno se había envalentonado. No alcanzó a sospechar en su enajenación, las consecuencias. Éstas lo acosarían toda la vida.
El Marcado iba aquella tarde a los tumbos, agraviándolos. Los Zabaleta lo atajaron en el recodo del arroyo Claro. Sin darse cuenta, se llevó del lugar la agraviante filigrana en su cara y algún perdón. Éste le dolió más que los machetazos sedientos de rojos.
Pasaron varios años. La señal permanece allí. Recorriendo la mejilla del Marcado, alimenta el viejo encono. El espejo le devuelve la imagen de lo que siente ser: la de un cobarde irredento. Decidido a vengarse, calza el puñal más penetrante que sus manos han adulado. Un pequeño revólver se acomoda en su bota, con todas sus cargas de odio escarlata. Se oculta detrás de un viejo pino, en el mismo rincón de aquel arroyo. Los hermanos Zabaleta, llegan montando sus huesudos overos. Recorren el último tramo. Alrededor del árbol testigo, las parcas retozan zumbantes preparándose para acomodar sus cargas. El Marcado acaricia el cosido de su cara, repasándolo con la furia de lo irresuelto. Está esperando
EL ENCUENTRO

Mi único heredero es el pueblo”
Perón


Esa mañana de invierno de mil novecientos cuarenta y tantos, no predisponía a transitar por las calles de Buenos Aires. El barrio del Abasto, algunos mates y la cercanía de una estufa de kerosén era preferible a caminar por la Plaza.
La invitación había viajado entre sus manos y la releyó una y otra vez, una y otra vez. Al fin se dijo: “Y bueno ché, si él quiere verme, será para algo importante. Y como andan los tiempos no es cuestión de negarse ante un par de botas”.
–Vení, Lepera, y prepará tus orejas que tengo que batirte algo.
...ciudad porteña de mi único querer...(1)
...
Las dos presencias y la solemne compostura, eran la imagen de la seriedad del lugar. A las puertas de la casa Rosada, cuidaban la entrada de curiosos sin misión.
Cuando vieron llegar a la figura, sus corazones latieron al ritmo del dos por cuatro.
Nunca supieron, cómo se mantuvieron firmes y no intentaron abrazarla.
Se quedaron para siempre con la ilusión de algún autógrafo. Cuando pasó entre ellos, el saludo que creyeron escuchar, los emocionó. “ Adiós... muchachos”....mi Buenos Aires querido
cuando yo te vuelva a ver...(2)

Luego desapareció entre los pasillos y ampulosos cortinados de la casa.
Su presencia allí, no había sido fácil de resolver para él. Sus relaciones con los caudillos conservadores de la época y sus canciones desgranadas en muchos de los comités de Balvanera, el bajo Flores, en los cafetines de la Recova o en los prostíbulos del Riachuelo, lo ubicaban en la vereda de enfrente.

...el farolito de la calle en que nací
fue centinela de mis noches de
amor...(3)

Ya estaba ante la puerta del despacho de quién lo había invitado. Lo atendió un secretario, quién sin preámbulos lo condujo ante su jefe.
-Perdón- dijo el Morocho- usted me invitó...
-Qué perdón ni perdón. Vení acá... dame un abrazo. En ésta década del cuarenta no es fácil abrazarme con alguien que está en el alma del pueblo. Vos sabés, Morocho, que por mi formación a veces me resulta un poco difícil... Y de los que me rodean...mejor ni hablar. Creo que el futuro de la Patria está en la sangre de los que andan por las calles, trabajando de sol a sol, y a quienes nadie atiende.

...mi Buenos Aires querida
tierra florida
donde mi vida, terminaré...(4)

-Pienso... como usted, mi Coronel.- alcanzó a balbucear el Morocho pensando que la cosa no estaba para contradecirlo.
-Aquí estoy jefe, usted dirá-
-Te convoqué porque creo que sos un artista en quién puedo confiar, por ahora. Necesito grabar una marchita que tengo dando vueltas por mi cabeza, que va a pasar de padres a hijos y de estos hijos a los suyos. Y ahí sí te veo, Carlitos, eternamente presente en el corazón del pueblo. No sé si vos podés, o querés....
-Sí, quiero mi Coronel. Pero le bato sinceramente, no puedo ni le conviene. Lo veo convencido de sus ideas, pero comprenda, yo tengo las mías y ando de aquí para allá entre los comités, entre los caudillos que quizás con usted....comprenderá y sabrá disculparme.
-Está bien. De ellos me ocuparé después. Pero por lo menos dame una mano, Morocho. Recomendame a alguien, del ambiente, de compañero a compañero...
-Está bien, mi compañero, digo... mi Coronel. Hay un cantante amigo, Hugo, que también es parte del ser popular y lo voy a chamuyar.
Sé como piensa él y le va a gustar la idea.
...en la cortada más maleva una canción
dice su ruego de coraje y de pasión...(5)

-Bueno, Zorzal, te lo acepto, no muy conforme , pero cada uno tiene que sostener sus convicciones y proceder de acuerdo a sus principios. Te agradezco la recomendación y mandame al muchacho.

una promesa
y un suspirar..(6)

-Algo más te voy a pedir, Morocho. Quiero que vengas más seguido a verme. No tengo muchas oportunidades de abrazar a gente del pueblo. Sabés cómo son las cosas de la política. Los gomías, como decís vos, no tienen memoria y así como te ponen arriba de un caballo en algún monumento, de la misma forma te tiran abajo y te escupen. Y no sabés en quién confiar, y menos en ningún compañero desviado que cree ser más que otro y se transforma en un oligarca.
Podés ir Carlitos. Que tengas suerte con tus caudillos.-
Al salir el Morocho de la casa, acomoda con una mano el ala de su sombrero, hace un firulete y promete frente a los granaderos:

...mi Buenos Aires
querido
cuando yo te vuelva a ver
no habrá mas penas
ni olvidos...(7)
...

Un ayudante se planta ante su jefe:-Mi Coronel, hay una Señora que quiere verlo por el asunto del terremoto. Dice llamarse María Eva. Es artista, de las populares, y usted andaba buscando...

...bajo su quieta lucecita yo la vi
a mi pebeta, luminosa como un
sol...(8)
...

El avión ha cruzado el Atlántico y a lo lejos, las candilejas dibujan a Buenos Aires.
El General, en su postrer regreso, rememora aquel encuentro con el Morocho. “Tenía razón cuando me recomendó a Hugo. Qué pena me causó lo del accidente en Medellín. Pronto nos vamos a reencontrar. Estoy regresando, muy cansado. Me siento morir. Deseo escuchar, aunque sea por última vez, la voz del pueblo”.

...mi Buenos Aires querido
cuando yo te vuelva a ver
no habrá más penas ni olvido...(9)


(1 al 9)
“Mi Buenos Aires Querido”
“Letra: Alfredo Lepera
“Música: Carlos Gardel

lunes, 21 de septiembre de 2009

EL AVISO



El atardecer nace anunciando ocasos. Ambos niños han visto la luz hace siete meses. Están en distintos brazos. Distintas cunas, destinos inciertos.
Las madres, de aspecto humilde, de prolijo aseo, esperan la llegada del tren que las llevará lejos de éste infierno.
Cuando surgen las penumbras, un resplandor ilumina con suavidad el centro del pueblo. Comienzan los festejos con los cuales recuerdan los lugareños un nuevo aniversario de la fundación.
Las mujeres se encuentran casi solas con sus bebés en la estación.
Un desprevenido viajante de comercio apresura el regreso. Está también el jefe de la aherrumbrada estación del ferrocarril Norte.
Las mujeres se han sentado separadas en el único asiento que tiene el andén. Ambos bebés están inquietos. Es la hora del alimento. Satisfechos, recorren en los brazos que los acunan, en sentido contrario, el pequeño andén. Van y vienen varias veces. Van y vienen. Varias veces.
Al cruzarse, las madres apenas cambian algunas miradas. Acompañan el inminente sueño de sus hijos.
El resplandor en las cercanías de la estación se hace intenso. Se apresuran los actos festivos. El cielo enrojece. Luces de mil colores viborean.
Los recuerdos de ambas mujeres, como aquellas bengalas extraviadas, iluminan por momentos sus oscuras realidades.
Se cruzan otra vez. Cada una, ocupada en lo suyo. Apenas se rozan. Se acomodan en el banco de madera. La tensión dibuja surcos en sus entrecejos.
La luz que anticipa la llegada del tren, se distingue en el horizonte anochecido.
Acomodan sus bolsos y a sus bebés. Ansiosas se ponen de pié. Desean partir e intentar el olvido.
Entra corriendo Belisario al andén. Es el joven peón de la estancia de los Almada Gonza, los dueños de casi todo el pueblo. Les avisa a las dos mujeres que su patroncito estará por aquí, apenas terminen los actos y las bengalas. Quiere que lo esperen aquí. -Yo también se los pido- ruega el peón.
La llegada de los vagones iluminan la estación. Las sombras de los parantes del techo de tejas huyen por las paredes, fugando hasta quedar inquietas, con la última frenada de la máquina anhelante.
Con sus cargas, las dos madres suben con rapidez. Se sientan juntas. Compartirán el viaje, los pensamientos, la incertidumbre de sus destinos, pero ninguna palabra saldrá de sus labios durante el largo viaje. El tedio del repetido traque trac las adormece.
Lloran sus bebés. Ellas, se sobresaltan. Se acomodan. Los calman y preparan sus cosas. El traslado llega a su fin.
La terminal de la gran ciudad es una incierta promesa. Será “las narices” de un gran dragón calcinando esperanzas.
Bajan con pesadez del vagón.
En el anular de una de ellas refulge algún juramento olvidado. En el de la otra la descarnada realidad.
Recorren entre viajeros recién llegados el andén principal. Para otros, abrazos y reencuentros. Para ellas, la anticipada soledad.
Salen de la estación. La gran ciudad las tragará sin vómitos.
Tomarán distintas direcciones.
Están de espaldas. Son hermanas; jamás se han separado hasta ahora. Se alejan un paso. Se detienen. Giran. Se miran con tibieza y con gran congoja. Se abrazan. Por primera vez sienten la calidez del otro bebé. Y la frialdad del desencuentro definitivo.
Cada una por su camino, en la búsqueda de su propio destino.
Con decisión se apartan. Seguirán sus propias huellas. Dos madres; son hermanas y cada una con su bebé. Un solo padre y algún enamorado…
El amanecer sacude las últimas brillantinas de los festejos pueblerinos.
Al desierto andén del pueblo llega el patroncito con el peón Belisario. Revisan el lugar, gritando y a los tumbos.
Le pregunta al peón: -¿Les avisaste, como te dije...?- Sí, responde éste, bajando avergonzado la vista. -¿Y donde están, esas mierdas, que no cumplieron mis órdenes?- agrega en son de burla.
Belisario enmudece. La ira lo descubre en el recuerdo de lo que podría haber sido y ya no será. Rojas visiones danzan a su alrededor.
Los vapores de la noche los esclavizan.
Flamea con fuerza entre las rudas manos del peón un aguzado facón, dejando clavado un odio interminable en el pecho del patroncito.
Cae éste en el único asiento del andén, salpicado con su vida.
En el último jadeo, alcanza a reclamarle a Belisario: -”Te mandé...te ordené…que no te enamoraras.
¿Les avisaste…como te dije...carajo?

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El cuento "EL AVISO" , obtuvo el Primer Premio en el certámen realizado por la ONG APAD, Asociación de Ayuda al Discapacitado de San Miguel, con motivo de su Trigésimo Aniversario durante el año 2007.
La traición


En la quietud del reverberar de la llanura pampeana, se adelantan al ocaso los peones de la estancia Tres Lunas.
Traen sudor y la mirada larga avizora la rancheada. Los caballos revolean sin compás los largos pelajes de sus colas. Al presentir la tierra conocida, parecen relámpagos queriendo besarla.
Las mujeres están a la espera de sus hombres, que regresan después de largas jornadas de aperos y dormitadas al sereno. Los pibes, se ocultan impacientes detrás de las polleras.
Los perros han salido al camino a recibir a sus amos.
La brisa de la primavera entibia la sangre. Ya se han alargado los brotes de trigales y ciruelos.
El patrón abandona el casco y revisa el látigo que siempre lo acompaña. Acomoda su ropa y sacude el polvo de sus botas. Divisa a su tropilla y un rictus de dudas lo domina.
Hacia el profundo oeste, los últimos vestigios dorados se pierden con lentitud; invaden otras llanuras y hacen crecer otros ocasos. Los jinetes se agigantan.
Todos esperan.
La expectativa se desvanece. El capataz se adelanta y desmonta. Su alazán está a las puertas de la fatiga total. Lo acerca a la aguada para refrescarlo. El camino ha sido extenso y lleno de incertidumbres. El cumplimiento de la orden recibida del patrón, los ha llevado a largas noches de insomnio, atentos a la menor noticia buscada.
En la curva del Saladillo, cercana a Coronel Suárez, los encontraron en una tapera.
El patrón recibe del capataz Ramírez un pequeño bolso; los dos se saludan con un fuerte apretón de manos. Éste, lo mira con fijeza; los surcos polvorientos de su frente, muestran trazas de haber cumplido. El patrón alarga el apretón al entender, que todo estaba resuelto. Le pasa la mano por el hombro y susurra un gracias, profundo, que paga con creces cualquier esfuerzo realizado por Ramírez y los otros hombres. Pero el costo ha sido grande y se refleja en el capataz.
Ambos entran a la sala principal del casco. Se sientan enfrentados.
Con torpe rapidez, el patrón desata las correas del bolso. Saca con cuidada angustia un par de negras trenzas con manchas rojizas. Las aprieta sobre su pecho. Surge desde su alma un grito pasional, que lo desfallece. Los recuerdos lo asedian y su mirada refleja la intensidad del odio contenido y la revancha.
-¿Y a él?
-Lo dejé bien guardado detrás del monte de Las Ánimas. Nadie encontrará lo que dejé. Jamás se sabrá.
-¿Han vuelto todos? _No. Atado al tobiano traemos a mi hijo Romualdo. Se nos desangró por el camino- La respuesta, cargada de angustia, deambula en una sonora mudez. -No pudimos hacer nada. Fue un descuido; lo sorprendió el traidor; perdone patrón, él no le dio tiempo.
-Está bien, está bien, no hay nada para perdonar. Vení, acercate.
El abrazo profundo de los hombres electriza la escena. Huidizas lágrimas viajan empapando los surcos desandados y avisan de otras que habrá que contener.
-Vamos, Ramírez, te acompaño hasta tu casa. Habrá mucho que explicar a tu mujer y a tus otros hijos. Ambos hemos perdido uno y eran nuestra sangre, nuestra sangre.
En la casa del capataz, todos esperan.

El hombre flaco



Es la hora del informativo y los vecinos no salen de su asombro. En los corrillos de las calles del barrio, cada uno tiene su versión. Hay quiénes lo defienden y otros que lo acusan.

Ven por televisión sus propias caras junto a los sumideros de la esquina, analizando con algún desconocido periodista, sus conclusiones. Arreglan sus perfiles y sus peinados, por las dudas que las cámaras los enfoquen.
El locutor dramatiza: “Parte del cuerpo de la mujer fue encontrado sobre una mesa, con sus manos unidas y clavadas a la madera con un arma blanca de pequeñas dimensiones. El del hombre, a pocos pasos. Ambos sin vida La policía halló un sobre con dinero, una caja con una pequeña perrita y una carta para el hijo de ambos”.
-Siempre sospeché que eso iba a terminar mal. El hombre tuvo paciencia, pero al final...- arriesga una anciana arreglándose las ropas para la filmación.
Las otras vecinas acompañan el comentario y se intercambian detalles.
...
Hoy es día de visita. Su presencia precipita el ritmo de la casa.
El hombre, muy calvo, contenido en su flacura final, alarga su mano huesuda y casualmente la abandona sobre aquella mesa. La bruma que lo rodea se despeja con pereza y lo divisa.
Su hijo de diez años, se dibuja frente a él sin distraerse de la revisada que le hace al regalo recién recibido. Parece no atraerlo el obsequio pero no lo rechaza.
Presiente que cerca de ahí, la madre del pibe atiende otras cosas sin alejarse.
El hombre se escucha a sí mismo tratando de encausar alguna charla. -¿Cómo te va en el colegio?-pregunta al chico.
Éste descubre de reojo los gestos ásperos de su madre, y le contesta en voz baja:
-Todo bien-
-¿Tenés tareas?-indaga el padre.
-Pocas-
-Entonces... podríamos ir hasta la plaza y....
-No-grita la madre- y agrega con dureza: Nunca te lo permitiré, jamás irán.
-Deja que él decida si quiere... Lo tendré bien sujeto de su mano y no habrá peligro de...
-No. Se hace lo que yo digo y vos no tenés ningún derecho. Solo aprovechate de ésta hora que tenés para verlo y eso, no es lo que yo quisiese. Si no hubiese sido decisión de ese juez de mierda que cree que puede obligar a la gente a encontrarse , otra cosa sería. Así que esto se termina ahí. Si lo querés seguir viendo, aquí lo tenés.
¡Aquí lo tenés, aquí lo tenés! y todo le llega como una lejana econía sin voces ni luces. Unas manos muy blancas empapan sus labios con agua y se llevan el sudor de su frente.
Dos cuervos se posan en el quicio de la alta y blanca ventana; se picotean, mientras buscan el alimento que les ofrece la pared ojerosa.
El día se nubla. La mujer avisa que la hora ya termina, que pueden ir despidiéndose.
-No he visto a Luli, la perrita que te traje la semana pasada-
-Mamá la ató a la puerta de calle porque ensuciaba y alguien se la llevó-
El hombre mira con calidez al niño. Ve también a la mujer que parece distraída espiando por la ventana a otros que pasan. La mano flaca de él, está en el mismo lugar donde la había abandonado sobre la mesa. Un impalpable temblor lo estremece. Los dedos del niño rozan los suyos y sería la primera vez, en estos cinco años de visita, que pudiera sentirlos. El hombre ahora, solo ansía ese mínimo roce para escamotearle a esta muerte que sobrelleva, unos centavos de aliento.
Un lejano y postrero reproche le llega: -Y a vos te aviso, la próxima semana él no estará porque tiene una fiestita con sus amigos del colegio. Pero igual tendrás que traerme la mensualidad, sino, será difícil que puedas volver a verlo...
-Vamos nene-dice la madre- que la hora pasó y Robert nos espera para llevarnos al cine.

Otra vez le empapan inútilmente sus labios y se llevan el sudor de su frente.
El hombre flaco, sin tonos, se ha ido sin regresos.
Descubre después de estos cinco años de visita, que detrás de un pequeño vidrio ovalado, su hijo apoya su cara humedecida y sus manos , que se acercarán y se alejarán para siempre.
Es la hora del informativo...

lunes, 8 de junio de 2009

MANU


“Ser mujer y callar, son cosas incompatibles”
Tirso de Molina.

“Se es más fuerte que una mujer cuando se es más mujer que ella”
Claude Larcher




-Está bien, Manu, me equivoqué. Pensé que podías echarlo al olvido con el tiempo…
-Si eso creíste, Alfredo, tu error ha sido muy grueso. Cualquier argumento que esgrimas, no servirá de ninguna manera para convencerme. Y no me detendrás en hacerte escuchar todos los detalles que tengo sobre “ese asuntito” que está perturbando nuestras relaciones y que además se agrava aún más, cuando quieres darme explicaciones que nunca te he pedido y que, cuando más quieres aclarar se enturbia mucho más y que…
-Pero, Manu, te he dicho que reconozco que estuve equivocado y que…solo fue una mirada que duró un segundo…
-“Un segundo, un segundo”. Para mí fue toda una eternidad, una eternidad, una eternidad… Nada de reconocer la equivocación después de todo lo ocurrido…al fin y al cabo yo he sido la parte más perjudicada de los dos, y te crees que así nomás, olvidaré todos los agravios…y me ofendes cuando dices “un segundo nada más”…
-Pero si nunca te he agraviado, Manu, mi amor…
-Nada de “mi amor”, nada de Manu. Ahora, no sé si ya es tarde para poder recomponer nuestros afectos. Lo nuestro, ha resultado una opereta de claudicaciones y ante lo inevitable…siento que tal vez... ya no me quieres…
-Pero, Manu, si aún te quiero… como siempre… como la primera vez…
-No quiero escuchar más tus historias con las cuales quieres convencerme de todo lo contrario que yo pienso y pensaré toda mi sacrificada vida que he tirado a la basura para solo atenderte y atenderte, y atenderte, y atenderte…
Alfredo enjuga las transparencias que asoman vertiginosas en los ojillos enrojecidos de su pareja y la atrae hacia sí, presintiendo el abandono cariñoso que terminará con la batahola.
Un profundo abrazo sella las paces. Y el beso ansiado por ambos afirma en definitiva las nuevas esperanzas y quizás… anticipa las disculpas y el olvido “transitorio”.
Alfredo desliza con suavidad en los amados oídos una promesa.
Jamás, en el futuro, ningún “asuntito” de tonalidad rubia perturbará lo de ambos. Y agrega por fin.
-“Si hay algo que me enloquece, es que cada vez que arrancas, cada vez, eres más mujer, mi Manuelito”…



LUCY Y EL ANICETO


Lucy corre detrás de su mascota.
Por lo inusual de la especie, llama la atención de todos sus amiguitos.
Ella sigue detrás del Aniceto, tratando de sujetarle la colita, por toda la casa.
Desde el patio, su papá la ha llamado.
-Ya cumpliste los siete años y te he enseñado muchas cosas en la crianza de los bichos de la granja- le dice el padre Ahora sabés defenderte y actuar bien cuando es necesario. Desde que tu madre se fue para siempre, he tratado de protegerte y ayudarte. Ya estás en condiciones de cumplir con otras tareas.
Hoy vendrá el carnicero del pueblo a buscar lo prometido y te encargarás de atenderlo. Prepará los dos chanchitos y ponelos en una bolsa.
La orden, imprevista, sacude a Lucy. No comprende porqué su padre le pide sacrificar al Aniceto, que ella ha criado desde chiquito, desde que nació y que ha elegido como su mascota.
No hay reclamos que sean atendidos por el padre de Lucy, quién ya decidió la venta y se comprometió en la entrega. Y ella nunca desobedeció.
La niña va en busca de su faconcito de carnear, que tantas veces ha sido afilado por su papá, y que ha aprendido a utilizar como experta en gallinas y patos.
Los dos chanchitos, entre el griterío propio de la especie, ya se revuelcan en el piso.
La sangre que brota del Aniceto corre por el piso y en el abrazo final de Lucy, su propia vida se mezcla con los últimos chillidos de su mascota, uniendo sus destinos hacia el desagüe.

La vasija sellada



-Cierra las puertas, Carmela. La corriente te hará daño y todos pagaremos por tu imprudencia.-
-Ya sabes lo que ocurrió con tu hermano. Y la familia tuvo que hipotecar lo que tenía para sacarlo del sanatorio. Todo por esas corrientes-.
Así le rezongaba la mamá a Carmela.
La niña no atendía los reclamos. A sus quince años, los calores propios de su edad hacían que no reparara en las consecuencias de soportar las corrientes del Oeste, que azotan al pueblo desde siempre y producen catarros. El hermano de Carmela-así le habían contado- sufrió en carne propia, cuando ella era muy chica, el ataque de esos ventarrones que durante el día traen cuarenta y cinco grados a la sombra y hasta sesenta en los descampados. Éste siempre vagaba cerca de las costas del río tratando de encontrar algún cacharro abandonado por los originarios de la zona.
Hace un tiempo había hallado en el recodo del sur una vasija sellada. Pensó que podía destruir el cierre allí mismo. Luego cambió de idea y resolvió ocultarla en la despensa.
A la mañana siguiente, sin poder dormir, corrió hasta el escondite.
Ese día el zonda arreciaba con toda su furia.
Sacó el joven la vasija hasta el patio interior y limó el lacre que la cerraba.
Al volcar el contenido en un cajoncito, la corriente se arremolinó dentro del mismo, levantando una espiral de arenilla que inundó las narices de Toribio, el hermano de Carmela.
Todo desapareció de la vista del muchacho y las visiones lo trastornaron de tal manera, que no pudo recuperarse.
Con un espantoso catarro lo internaron en el sanatorio del pueblo.
Nunca los médicos pudieron dar la razón de los males de Toribio y solo Anunciada, la curandera de la ribera pudo hacer que el muchacho se recuperara en parte. Durante mucho tiempo sufrió el hermano de Carmela, alucinaciones y pesadillas con nativos muertos o lacerados por antiguos conquistadores del lugar.
Toda la familia de Carmela descendía de algunos de éstos colonizadores y Anunciada dictaminó, que dentro de la vasija viajó a través del tiempo alguna maldición por esa sangre derramada y que fue liberada por Toribio, alcanzándole de lleno.
También en esa arenilla-aseguró a todos- se agitaban molidas las espinillas de los cactus venenosos del desierto.
El hermano de Carmela se fue a otros mundos entre frases incomprensibles y los ojos dando vueltas.
Nunca le contaron las razones de la muerte de su hermano y sí le arrojaron todas las culpas al zonda.
...
Carmela corre con agitación hacia el patio interior.
-Madre-grita- ven a ver este jarroncito que encontré junto al recodo. Ven, que lo abriremos las dos y sabremos que tiene dentro. Tal vez, mensajes de amor de algún enamorado que no conozco.
El terror domina a la madre de Carmela y un trueno sale de su pecho tratando de detener a la niña en su intento. Corre hacia ella y la alcanza en el mismo momento en que Carmela abre la vasija y un ventarrón se arremolina dentro de la misma, levantando una espiral de arenilla que inunda las narices de la madre.
Anunciada dictaminó después de que todo ocurriera como aquella vez, que Toribio había regresado a buscar a su madre.
Carmela viste desde hace muchos años ropa de luto. Vive rodeada de velas encendidas y las entradas de aire clausuradas. La anciana curandera es la única relación que tiene Carmela con el mundo exterior y hoy, festejarán los primeros doscientos años de vida de Anunciada.

domingo, 7 de junio de 2009

Fin de los tiempos



Sus huellas impregnan vías ferroviarias oxidadas. Van a ninguna parte. Tienen un pasado. O varios pasados. Ellos son claramente invisibles, inexistentes.
Sus cabellos se ensortijan, no por su naturaleza, sino por su abandono. No recuerda la última vez que vistió algo decente.
Fue hace varios años cuando al pasar por Zárate en un camión, el chofer se detuvo en una estación de servicio a comer algo.
La dueña del bar la miró con curiosidad. Conocía desde hacía mucho al conductor y le hizo algunas señas sobre la compañía del día. –La encontré en la curva de Gómez. Me pidió que la alcanzara hasta el otro lado del puente de Brazo Largo y me apenó su estado. Mirá que la traje hasta aquí en la parte de atrás del camión entre los fardos de lino. Ni me la imaginaba sentada al lado mío. Y menos viniendo con el Gordo, que tiene el lema “no hay pan duro bajo una sábana”, y que no se atrevió a viajar con ella.
La dueña la llevó al baño. La ayudó en la higiene y a peinarse. Después la hizo entrar a un depósito que tenía en el fondo. Al rato volvió con ropas usadas en buen estado. El talle parecido de las mujeres facilitó el asunto. Cuando quiso darle las gracias a la mujer, ésta no se lo permitió.
–Yo sé lo que es pasar por tu situación y no poder comprar ningún trapo.
Y agregó:- Yo también pasé por lo mismo y lloré mucho tiempo hasta que me decidí a cortar mangas, achicar talles y aceptar de regalo lo que a otros les sobraba. Si querés quedarte algunos días, no hay problema.
Al mirarse al espejo, recuperó una pequeña parte de su dignidad. Comió lo que le trajeron, sola, allí en el depósito. Sin preguntas la dueña dejó a Marisol, la viajera desconocida para todos y fue atendiendo a los clientes del bar.
Cuando decidieron seguir con el viaje le avisaron. Se despidió de la dueña y le agradeció la oferta, pero su camino estaba más allá del puente.
Al aparecer en el salón, el Gordo se convenció de que había subestimado a la mujer y pensó que bien valía la pena viajar atrás con ella hasta cruzar el puente. Después de cambiar algunas frases, así viajaron hasta concluir el viaje.
La mujer bajó en Montecito. Les agradeció que la hayan alcanzado hasta ahí y el Gordo, lo que nunca, le pegó un beso de despedida.
Al otro hombre, el abrazo que le dio Marisol, tenía una calidez de adiós eterno.
Ahora Marisol, deambula pisando los durmientes del olvidado Urquiza, que como ella también van a ninguna parte.
Tratando a cada paso de hundir aún más dentro de los maderos uno a uno cada recuerdo, cada momento, cada una de sus vidas invisibles.
Nada espera más allá del fin de los tiempos, en dirección al Norte.
Sin norte.

Era él, el Jacinto



Una noche de primavera del cincuenta y cuatro, me encontré con el Gordo Lucho. Le pregunté si hacía mucho que esperaba. Con su decir ocurrente me respondió:- Y... sí, un par de años.

El despertar de la luna llena visitaba los ventanales del barrio.
Jamás pensé que hubiese pasado tanto tiempo.
Estábamos anclados en la vieja esquina de Los Sordeaux, cercana a las oxidadas vías del tranway Lacroze de Bella Vista, en el desaparecido General Sarmiento.
Por momentos, Lucho y yo, miramos el ir y el venir de los vecinos, mientras salpicábamos nuestros recuerdos con las repetidas anécdotas del piberío de nuestra época.
¿Recordás al flaco Antonio? Trajo Lucho el recuerdo de aquel pibe que se nos fue para siempre en un accidente de tren. ¿Y de la “gatita” Flori? agregó... - No, no... mejor no la nombremos, dejemos eso para otro momento-
Vimos salir con su bolsita de residuos a la Maricarmen. Observó con temor ambos lados de la vereda arbolada. Miró hacia nosotros. Parecía no vernos. Fuimos compañeros de la primaria. La saludamos; no tuvimos respuesta.
Dejó ubicada la bolsa al pie del viejo árbol y encaró de nuevo para su zaguán apenas iluminado.
Flacucha, encorvada, la Maricarmen va para los ochenta. Muy pálida, cuida a su “viejito” que no se mueve de la cama. Los achaques los tienen a mal traer.
Antes de regresar a su casa, una sombra que se acercaba, la paralizó. Nos miró la Maricarmen sin vernos. Volvió a dirigir sus ojos hacia aquella sorpresiva e incorpórea presencia. Nos pusimos en guardia. Quizás necesite de nuestra ayuda.
La figura que está llegando es la de un hombre. Cuando estuvo junto a nuestra amiga, nos pareció oír con claridad, que la llamaba por su apodo y le deslizó un piropo. Las nuevas sombras nos impedían verlo bien. No supimos por qué, pero los detalles nos tranquilizaron.
Algo en su andar inmaterial y en su decir nos trajo viejas evocaciones. Lucho se sobresaltó.
-¿No es... el Jacinto? preguntó por lo bajo.
–Vos estás muy loco-le dije- si ya van para catorce años desde que...
No me dejó completar. Agregó exaltado: -Es él y no me retracto. No sé cómo, pero es él. Es él- concluyó en forma desafiante. -Nadie nos creerá-
Insiste Lucho -¿Te acordás de los amores del Jacinto y la Maricarmen, cuando éramos chicos? ¿Y cómo terminaron al descubrirlos el padre de ella, corriéndolo a los tiros por la Ricchieri?
La piba nunca dejó de amarlo.
Nuestras miradas se depositaron en la pareja. Los vimos cuando se abrazaron. Casi llorando, la mujer pareció recibir un beso interminable. Se despidieron con la promesa de una nueva cita.
La sutil figura vino hacia nosotros. Lucho y yo, estábamos de acuerdo. Era él. Hacía tanto que no lo veíamos. Pero era él. “Era él”
Pasó junto a nosotros. Creímos escuchar “Adiós, la barra”, con su decir conocido También el tintinear de su recordado silbido entonando un pegadizo vals de Canaro.
Llegó a la esquina. Dio en el aire varias vueltas saltando alrededor del viejo buzón descascarado de Correos. Alcanzó a depositar una perfumada e invisible carta.
Silbando bajito, el Jacinto se disolvió por el pasillo que desemboca en la ochava de Las Ánimas.
La luna dejó de ser nuestra cómplice.
Me despedí del Lucho, con la promesa de no dejar pasar tanto tiempo para el reencuentro.

sábado, 6 de junio de 2009

El regreso



El silbato estridente de un invisible inspector, anuncia la salida del próximo tren hacia el norte.
Los pasajeros se acomodan en sus asientos.
Algunos duermen, anunciando los cansancios que la ciudad les metió hasta el hueserío. Las miradas que aún dan vueltas, no se encuentran , no quieren encontrarse con otras. No quieren.
Llevan bolsas que hoy regresan llenas de manoseos, saturando los pasillos y los portaequipajes.
Cuerpos sin raíces, acorralados entre la fatiga y el desengaño, sinfonía de imágenes fuera de foco, apretando a sus sombras contra los respaldos.
Los pibes juegan entre los bultos. Andan como las hojas sueltas del otoño, que se les viene encima.
Todos sueñan. Y esos sueños los arrojan al precipicio del desaliento. La ciudad los hizo arder, en la gran pira de cemento que siempre tiene preparada para los ilusos.
Les queda volver a sus pueblos, que han perdido hasta la antigua estación desde donde partieron.
Ruegan encontrar a la estancia que los sometía. Allí, por lo menos había alguna galleta y un plato flaco de sopa. Y treinta monedas al final de la quincena.
Aún despellejan esperancitas de estar en la nueva cosecha, e intentar de nuevo. Les quedan en sus pieles, pocos pedazos sin arrugas.
Varios tienen en sus bolsillos sin migas, estampitas de colores, a las cuales se encomendarán pidiendo otra ocasión de volver. Estos, serán los únicos que bajen en la terminal con algo de ánimo y saludarán a los paisanos que los reciban. A quién quiera escuchar, le escupirán que ha sido la gran experiencia y que regresan para descansar y juntar fuerzas.
Todos saben que han fracasado. Pero las culpan a ellas, a las traicioneras piedras, que ciegas se ponen delante de sus alpargatas. Solo hay que aprender a pegarles con fuerza. Si fuera posible, más de dos veces.
El sol del naciente, los golpeará sin prisa y bajarán sus cabezas sobre los campos ajenos.
En los galpones se entibiará el caracú. En sus corazones se arremolinarán los despojos.
El agua helada de la bomba, escarchará las caritas del piberío que caminará como antes, los cinco kilómetros hasta la escuela con sus tripas secas a buscar el mate cocido, “que de enseguro tendrá el maistro para todos”, dirá la abuela.

El paco serpentea



En la guetovilla, final de fiesta.

El paco serpentea, hiere, reduce.

Las manos huesudas del aprendiz de Diler

están prestas a cobrar, tu perdida apuesta.



Te entrega la nada. Le entregas tu alma

Tu vida, Tus amores, Tus palmas.

recibes lo que siempre tendrás

vida quemadasinvida, la nada.




Autoengaño; al lacerarte

te ha sometido.

Y trocará tu último hálito, en un mortal sinsentido.



Tarde, descubres en la noche del displacer

la fina luz que al fin, no te salva.

En soledad, te hunde, te arrastra hacia el no-ser



La orden


Gocé a mi abuelo hasta que fue muy anciano.
Trabajador sin resuello. De una gran filosofía de vida; ése era “mi abuelo”.
En una oportunidad en que él trabajaba, fabricando un gran ropero de cuatro puertas, merodeaba yo por el taller con mis seis años recién cumplidos.
Apretaba con mi mano derecha, el martillo que me había regalado para mi cumpleaños.
Nunca fui más feliz que ese día, al descubrir el regalo de mi abuelo en la mesa que toda la familia reservaba para juntarlos en cada cumple.
No era del todo un martillo profesional, pero parecía “lo más extraordinario que nunca me hubieran regalado”.
El día del gran ropero, di vueltas con mi herramienta por la carpintería. Separé algunos clavitos de distintas medidas y los guardé en un bolsillo de mi pantalón.
La mirada del abuelo me persiguió por todos lados; él temió lo peor.
Yo tenía tendencia a clavar legiones de clavitos sobre su banco de carpintero, siguiendo una disposición desordenada, igual que mi fuga cuando él descubría el hecho.
Luego lo espiaba a la distancia, a través de una pequeña ventana y sonreía cuando lo veía mover la cabeza y comenzar a sacarlos con sus tenazas.
De todas maneras, con el martillo en la mano, había tomado una decisión irreversible: fabricaría mi ropero de cuatro puertas.
Cuando se enteró de mi proyecto, entre sonrisas, el abuelo me miró fijo, acarició mi cabeza y me dijo: “Si hay algo que aún me asombra, es ver cómo los jóvenes pueden decidir construir un ropero de cuatro puertas, sin considerar ambas caras del azar y sin pensar que tal vez necesiten vivir varias vidas para hacerlo. Tal vez, con buena suerte, una le alcanzará para completar la primera puerta. Las otras vidas tendrán que emplearlas en aprender cómo abrirla para ir a jugar”.
Y me dio la orden que recuerdo con gran admiración: “Vamos juntos con el primer clavo”.
Allí comencé a fabricar mi ropero de cuatro puertas. Tardé mucho tiempo para entender lo que me había dicho aquel día.
Una noche, después de muchos años, cuando ya no lo teníamos entre nosotros, regresó el abuelo en mis sueños y me pidió con dulzura, que aprendiera cómo se abría la primera puerta de aquel ropero, desde adentro, para saltar hacia la libertad. Gracias, abuelo.

Destino

EL DESTINO SE ESCONDE DETRÁS DE CADA PUERTO, DE CADA VENTANA, VIAJA CON NOSOTROS ADONDE VAMOS, ESCONDIDO ENTRE LOS PLIEGUES DE LAS MÁSCARAS QUE GASTAMOS.
ES UN PÁJARO QUE NOS ANUNCIA VISITAS O UN CUERVO QUE TE SACARÁ LOS OJOS Y TE IGUALARÁ CON BORGES, SIN SU TALENTO Y EN OTROS TIEMPOS.
ESTÁ EN NUESTRAS RAICES, EN NUESTRAS RAMAS, EN LA SAVIA QUE CORRE POR NUESTRAS ARTERIAS, EN LAS HOJAS QUE REVERDECEN, EN LAS FLORES QUE NOS ROBAN LAS TORMENTAS.
EN EL AGUA QUE NO BEBEMOS Y DEJAMOS CORRER.
EN LA PRESENCIA DE LA DIOSA OPORTUNIDAD A LA CUAL DEJAMOS ESCAPAR.
EN LA COMPAÑIA QUE ELEGIMOS PARA TODA LA VIDA O NO, EN LOS AMIGOS Y EN LOS ENEMIGOS, EN EL JARDÍN DONDE CUIDAMOS NUESTROS FRUTOS Y PERSEGUIMOS A LOS DEPREDADORES.
EN TODOS LOS QUE NOS ACOMPAÑARON Y YA NO ESTÁN Y EN TODOS LOS QUE ESTÁN Y NUNCA ESTUVIERON JUNTO A NOSOTROS.
EN TODAS LAS PALABRAS VOCIFERADAS, EN AQUELLAS QUE CALLAMOS PARA NO AGRAVIAR A QUIENES NOS HAN HERIDO Y EN ESAS QUE HUYEN DE NOSOTROS PARA HACER SANGRAR A QUIÉN NOS AMA.
EN TODAS LAS MOCHILAS QUE NOS HACEN TAMBALEAR, EN LOS CANSANCIOS, EN LAS ESPERAS, EN LOS DESENGAÑOS, EN LAS ESPERANZAS FRUSTRADAS, EN LOS MIEDOS Y EN LA INJUSTICIA.
EN LOS CAMINOS RECORRIDOS Y EN LAS SENDAS IGNORADAS.
EN LOS ABRAZOS OFRECIDOS Y EN LAS MANOS QUE NOS IGNORARON.
EN LOS LABIOS ENCONTRADOS Y EN LOS BESOS DESPRECIADOS.
EN TODOS LOS UMBRALES Y EN NINGUNO.
EN LOS LABERINTOS DE LOS CUALES ESCAPAMOS Y NO SABEMOS REGRESAR.

Y ESTÁ , IMPOSTERGABLE, INSCRIPTO EN LA PUERTA INVISIBLE QUE SE ABRIRÁ Y EN LA LUCIÉRNAGA TRANSPARENTE, QUE PREGUNTARÁ POR FIN, ¿AQUI VIVIÓ...?



Después de las nieves

El golpe fue brutal. La caída, luego de las volteretas en el aire sin poder controlar los esquíes, anunciaba la gravedad del momento.
La nieve, recibió el cuerpo con crueldad.
Hasta ese instante habían pasado los mejores días de sus vidas.
Gozaban estas vacaciones como las habían soñado. Era para ellos una despedida de sus solterías
Ahora, tendida a lo largo de la pista, su vida espiralaba dentro de un ciego túnel con brillos.
Copos recién nacidos, transitaban por sus mejillas.
Desesperado, su hombre solo atinaba a pedir auxilio, evitando moverla.
Ella no sentía ni sus piernas ni sus espaldas.
Él le limpió el rostro y puso las mejillas junto a esa piel tan amada, tratando de acercarle nueva vida.
La mujer lo miró e inútilmente hizo el postrer intento de incorporarse. Con ternura, ella le rogó que acercara sus oídos a sus labios y le hizo la recomendación que recordará siempre: -Amor, abrígate mucho, y cuando brille tu nuevo sol, no permitas que te invadan como a mí, todos los fríos, todos.

viernes, 5 de junio de 2009

Debajo de la cama



Sospecho que ellos se irán de viaje. Y yo quedaré solo, aquí.
Muchas veces tuve que sufrir las consecuencias de mi comportamiento durante la infancia.
Cosas de chicos, decían mis abuelos. Pero ella lo consideraba insoportable y yo, pagaba los platos rotos.
Y para mi padre,”su palabra”, era “santa palabra”.
Aunque dijese yo toda la verdad y nada más que la verdad, lo mío era inaceptable. Todo porque ya tenía ocho años y debía hacer lo que se me pedía, sin protestarle a mi madrastra.
Ella siempre esperaba a que regresara él, para comenzar a reclamarle por que yo no cumplía sus órdenes. Yo lo observaba desde las sombras del altillo cómo, cansado, bajaba la cabeza y oía con forzada paciencia su cacarear permanente.
Aún me persiguen los gritos que me atormentan.
Él ordenaba mi urgente presencia. Comenzaba a chillar por mi falta de respeto hacia ella y mis desobediencias. Y culminando el griterío me exigía ir hacia mi piecita, para que preparara una pequeña valija negra que tenía bajo la cama, con la cual me arrojaría en el primer internado que encontrara. Al principio lloraba con amarga desilusión mientras preparaba lo que llevaría.
Ponía mis cositas, tratando de no olvidar nada. Unos pares de media, algún calzoncillo, una toallita y otras cosas. Nunca olvidaba poner mi cepillo de dientes ni mi jabonera ni mi peine. También ponía una foto donde estábamos los tres juntos cuando éramos todos felices, en una fiesta en el colegio.
Perdí la cuenta de cuantas veces se repitió esta escena.
Sospecho que ellos se irán de viaje. Y yo quedaré solo, aquí.
Después, esperaba que viniera a buscarme, sin dejar de lloriquear al principio. Cuando llegaba la hora de la cena, entraba él a mi pieza.. Nunca ella. Y tenía que aguantarme el reclamo por todo lo que supuestamente había hecho mal en el día ó en la semana. Después de hacerme prometer que nunca más volvería yo, a tener mala conducta en la casa ni en ningún otro lado, terminaban sus retos y su amenaza de internarme. Yo corría hacia él y lo abrazaba para pedirle perdón y, lo único que recibía era un “vamos a la mesa”, jamás un abrazo. Nunca supe si era porque no quería mezclar en sus recuerdos lo vivido con mi madre o si se mostraba duro para no debilitar su imagen de padre inflexible.
...
Mañana cumplo diez años. Tengo todo preparado para festejarlo con todos mis compañeros del colegio. También vendrá mi maestra con sus felicitaciones por mi comportamiento. Presiento que seré un orgulloso hijo de mi padre.
Hace unos meses que tomo las amenazas de él con menos temor. Sé que nunca va a cumplirlas. De todas maneras siempre dejo preparada la valija negra con mis cositas , por las dudas, debajo de la cama.
Hoy me levanté muy temprano para terminar con los arreglos del patio donde festejaré mi cumple. Ya tengo todo preparado. Los abuelos me han ayudado bastante y se los agradeceré siempre.
Sospecho que ellos se irán de viaje. Y yo quedaré solo, aquí.
La fiesta fue todo un éxito. Vinieron todos los amiguitos y mis abuelos maternos se encargaron de todo.
Mis sospechas se confirmaron.
A la maestra y a todos los que preguntaban, les dije la verdad.
Ellos ya tenían organizado un viaje y a mí me daba lo mismo.
Solo quería que estuvieran los que invité. Eso me llenó de alegría.
Fue el mejor cumpleaños que tuve en mi vida.
Siempre sospeché que se irían de viaje. Y yo quedaría solo, aquí.
Cuando la fiesta terminó, limpiamos la casa y me preparé para pasar el fin de semana con mis abuelos. Saqué todo de la valija negra y puse los juegos que usaría y algunos de los regalos que me habían traído. También puse el libro de cuentos que me trajo la maestra.
Antes de irnos, fui hasta mi piecita y revisé debajo de la cama para saber que todo estaba en orden..
Después con gran cuidado guardé el frasco con lo que había quedado, en el estante de los venenos. Tendría tiempo todo el fin de semana para resolver lo del viaje definitivo.
...
Hoy cumpliré diez y ocho años y lo festejaré junto a mis abuelos. Los dos vendrán en el horario de las visitas con sus regalos de siempre.
Sospecho que ellos no irán de viaje a ningún lado.
Jamás volveré a sentirme solo.




Asalto Express



Compré una casa para mis ancianos padres, cercana a la ruta tres, por González Catán
Los fines de semana los visitaba, llegando por las noches y nunca a la misma hora, por seguridad.
Me ocurrió que al bajar del micro el último sábado, vi sombras furtivas que se escabullían por los costados de la calle del otro lado de la ruta y pensé lo peor.
No llevaba mucho dinero y esto a veces, enfurece a los maleantes.
Crucé con lentitud y muchas dudas. Al llegar al otro lado, salió a mi encuentro un muchacho vestido como el Zorro de las historietas, incluso con un sable en la mano.
Algo gritó el asaltante que no entendí, a causa del enorme antifaz que usaba el aspirante a ladrón.
De improviso, inicié una rauda huida de doscientos cincuenta metros por la ruta hacia la parada anterior, sin dejar de escuchar que alguien desde las sombras percutía tres veces un arma, que para mi felicidad, nunca disparó.
Batí un récord para llegar hasta la estación de servicio del kilómetro treinta y dos. Muy agitado arribé al lugar y comenté sobre lo sucedido, con un conocido que trabaja por las noches.
-No te preocupes, esto sucede muy seguido por acá. Aquí están mis amigos de la policía que te alcanzarán en su jeep hasta tu casa. La próxima vez, tendrás que tener más cuidado. Hay banditas sueltas por aquí...
Se acercó rápidamente un agente y al conocer los detalles del caso, me pidió que les permitiera acercarme hasta mi domicilio.
Me indicó que me ubicara en el asiento trasero. Lo hice y esperé.
Llegaron luego el mismo agente y un oficial. Por la ventanilla recibí la orden:-Negrito-me dijo sonriendo el agente-pagá el combustible que ya te llevamos. A estos nuevos ladroncitos los vamos a ir a buscar.-
Luego, encendieron con gran barullo la sirena del jeep.
Tuve que pagar con resignación la nafta y así, pude llegar sano y salvo a mi casa sin correr riesgos de “nuevos asaltos Express”.

EL LUNES QUE VIENE




La máquina resopla al llegar a uno de los catorce andenes de Constitución. El parlante oxidado anuncia algunos atrasos y la gente se atropella para bajar. Es lunes, el sol se despereza. La muchedumbre es un abanico que se abre sobre la ciudad que despierta. Sonámbulos salen en tropel hacia los cuatro vientos en busca de los transportes que los llevarán hasta sus rutinas de años. Al observar sus rostros los vemos bañados de cansancio, invadidos. Con estos pasajeros bajan, entre otros pibes, tres hermanos. Y su primera corrida los lleva a cada cual hasta los baños del hall. Ellos son el Pepe, de doce que parecen diez, su hermano Beto, de diez que parecen doce y la hermanita, la Vivi, de trece que parecen dieciséis.
Después, los tres se disparan hacia la plaza que los espera. Cada uno a su trabajo de toda la semana. Corriendo de un lado a otro. Abriendo puertas, llevando bultos de ancianas conocidas que siempre les traen algo. Juntando las monedas que los hará comer, hacen lo que sea, lo que sea, para agrandar los dineros que llevarán el viernes por la noche de regreso a su casa. Todo lo administra la Vivi. Ella sabe donde comprar lo que no se vende en todas partes y todo el mundo vende. Seductoras y mortales, algunas bolsas de polietileno donde traen su comida para el día servirán para esos menesteres, que todo el mundo mira y nadie ve. Ella controla muy bien esos gastos. Hay pegamentos que son baratos. El dueño de la ferretería de la calle Brasil le vende uno bueno al mejor precio; se lo pasa por debajo del mostrador mientras le aprieta un rato la mano a la Vivi.
A veces la Vivi no paga. Solo promete.
Al medio día cuando baja un poco la actividad, corren hasta el viejo árbol que los cobija y comen lo que la madre les preparó para el día. Después juegan un rato.
Un rato aspirando. Otro rato soltando partes de su vida.
Hasta reiniciar la actividad que los tendrá ocupado en el irvenir del reflujo de sedientos y hambrientos que regresan de sus trabajos; de parejas extrañas que toman los taxis que los llevará hasta algún hotel o vaya uno a saber en qué paredón misterioso dejarán sus huellas. Esos sí que dan buena propina. Quieren que los chicos cierren rápido las puertas y ellos saben cómo tenerlas abiertas hasta que llega lo que consideran que es lo justo.
Por la noche, el baño de las damas tiene un encargado, el Tito, que hace la limpieza general todos los miércoles. Deja usar a Vivi la ducha y le permite arreglarse cuando él cierra la puerta, mientras pasa el lampazo silbando bajito Taquito Militar. Cuando la Vivi que tiene trece que parecen dieciséis, termina con su aseo general y se está peinando, lo deja hacer. Ella también lo toquetea. Que es casi nada. Las manos huesudas del Tito la recorren de punta a punta. La Vivi solo promete. Sabe que se llevará no menos de treinta. Y ya tiene entrenados a sus hermanos para que golpeen la puerta cuando ella calcula que es el momento. Hoy fueron cuarenta, que los arrolla y los guarda con celo.
Los chicos que viven en la calle un rato y otro rato también, duermen en cualquier parte. Hoy es jueves y llovizna. Entonces sacan unos paraguas que guardan en el baño de hombres y acompañan a cualquiera hasta las paradas de colectivos o taxis. Esto aumenta la “recauda”, como la llaman entre ellos. Los jueves, después del trabajo del día, aprovechan el baño de los hombres de un bar cercano. Por la noche se cierra para la desinfección y el colorado Abel, que limpia el lugar, les permite lavarse y cambiarse algunas ropas. Los pibes ya retozan bajo las duchas. Saben que tienen un tiempo límite en los baños, para no comprometer al Colorado. La Vivi que tiene trece que parecen dieciséis está sentada sobre el mostrador para no mojar sus zapatillas. El Colorado la tiene ahí como desde hace muchos jueves. Ha terminado su trabajo, se acerca. De una cajita de cartón retira un sobre dorado y saca un condón. Pone el salón a media luz; la Fm se descuelga con Rodrigo. Conoce las condiciones que ha impuesto la Vivi, que promete otras cosas para más adelante. Por ahora eso y nada más. La Vivi sabe que de aquí, se llevará no menos de cuarenta. Hoy fueron cincuenta, que los arrolla y los guarda con celo.
Este viernes es un lindo día y aumentarán los ahorros. Ese día comerán unos choripanes y alguna gaseosa. Se acerca el regreso en el último tren. Corretean por la plaza que está llena de vivillos y putas arreglando sus asuntos.
Los hermanitos, con sus bolsitas que se inflan y se desinflan juegan a vivir otras vidas muertas que no vivieron y que nunca vivirán.
La noche ha llegado. Y los tres corren hasta el depósito de juguetes de la calle Cochabamba. El sereno Ramírez conoce del barrio a los chicos desde hace mucho tiempo. Vive al frente de la casa de ellos y frecuenta al padrastro que tienen.
Y los deja jugar y entretenerse hasta la hora de la salida del último tren. Siempre los acompaña en el regreso hasta la casa.
Los pibes están en la sección de juegos electrónicos del tercer piso.
Beto de diez que parecen doce, pregunta por la Vivi a su hermano Pepe de doce que parecen diez. –Dale- dice el Pepe-, vos sabés que a ella no le gusta jugar aquí y si viene solo es por nosotros Solo por nosotros. Sigamos jugando hasta que nos llame.
La Vivi que tiene trece que parecen dieciséis, está en el sótano, en el cuartucho del sereno. Ramírez retira de una cajita de cartón tres sobres con condones que los deja sobre una mesita. Todas las promesas que le estuvo haciendo la Vivi, hoy las cumplirá. No será su primera vez, pero con él presiente que le gustará hacerlo, siente que lo quiere y no como aquella en la que fue violada en su casa por…
Prefiere no pensar en eso.
De aquí se llevará no menos de cien, y cumple. Pero no con todo. Queda un sobre sin usar sobre la mesita. Y hoy son ciento cincuenta. Los arrolla y los guarda con celo. Luego se ducha. El sereno le regala un peluche para que lo lleve a su hermanita menor. Los cuatro van para la estación. Cruzan la plaza y enfilan para la entrada del Roca, ésta noche sin apuros.. Quizá puedan tomar el rápido y llegar más temprano. Todos van tomados de la mano. La Vivi, que se adelanta abrazada al peluche, entretenida con el muñeco no lo ve venir. Cruza la calle Brasil sin mirar, a pesar de que siempre prometió hacerlo.
Nadie ve al auto que ha pasado como un huracán, arrollando a la Vivi que tenía trece y que nunca tendrá dieciséis. El conductor del auto ha seguido su camino sin prestar ayuda. La Vivi, tirada sobre la calzada, aprieta contra su pecho el peluche. La gente se acerca. Un taxista que conoce a los chicos sube a la niña a su auto y decide llevarlos a todos hasta el Elizalde. Sin entender lo sucedido, el mundo se ha desplomado sobre los dos hermanos y el sereno Ramírez Éste, en el asiento delantero, la lleva en sus brazos y la abraza desperado, para tratar de reanimarla. Mil besos en las mejillas de Vivi son inútiles y nadie más que el taxista ve las calles por las que transitan hacia la verdad. La radio del taxi les escupe “Cambalache”.
En la sala de guardia los chicos reciben la ropa de Vivi y entre sollozos, descubren el dinero de la semana. Ramírez y el taxista agregan lo que tienen. Los hermanos llevarán todo a su casa y lo entregarán a su mamá. También llevan el peluche para la hermanita menor. Llegarán solos a contar lo sucedido.
A prepararse para volver con su hermanita Nati, que tiene once que parecen quince.
Cuando el sol se desperece.
El lunes que viene.

Amanecer acartonado


....amanece en los carros de basura...
Cortázar



Se desploma la noche sobre los carros de basura de todas las ciudades.
Ojos hambrientos penetran sus revoltijos. La rebelión que nace en las almas, será un vano intento de crear nuevas utopías que serán burladas , una y otra vez, una y otra vez...
Nadie alterará sus rutinas.
El calor que despiden los sobacos, crea brumas que tiñen la piel de los sobornadores de los carros pestilentes. Éstos, obligados a soltar las presas, postergarán por algunos segundos el final de aquellas vidas.
Los carros se dejan vencer. Los carroñeros brincan entonando aleluya por fugaces goces ventrales.
Jorobas envueltas en lonas, avanzan por el andén sobre las espaldas, hombros o cabezas de jóvenes ancianos, mujeres marchitas o pibes zombis. ..
Son los que parirán las próximas ollas en ciudades ocultas. Para muchos de ellos, el amanecer ha muerto hace varias vidas.
Todo está en perfecto desorden.
El dios de la luz, despierta, regurgitando las líneas que sirven de escape hacia la vida a los peatones amenazados por sombras apuradas.
Los flacos carros de basura consumaron su misión.
El amanecer revelará de nuevo a todos, aquellos ojos hambrientos...con menos luces... con menos esperanzas... con menos ganas... con más broncas acumuladas... con más hambre de todo... creyendo menos en vanas promesas.
Amanece.

viernes, 27 de marzo de 2009

Jimeno Juarez, el Marcado



A Jimeno Juárez, el Marcado, la cicatriz le cubre desde la oreja derecha hasta el mentón. Imborrable, la señal es el brutal recuerdo de la antigua riña. La tarde del desencuentro, olvidó todos los consejos y se atrevió con desparpajo, a desafiar a los Zabaleta. Éstos orilleros del Alto Verde santafesino, que eran conocidos como sanguinarios pendencieros, siempre lo toleraron; todos sabían que estaban enredados en amoríos con las hermanas del Marcado
En el cruce de cuatro copas, el Jimeno se había envalentonado. No alcanzó a sospechar, en su enajenación, las consecuencias. Éstas lo acosarían toda la vida.
El Marcado iba aquella tarde a los tumbos, agraviándolos. Los Zabaleta lo atajaron en el recodo del arroyo Claro. Sin darse cuenta, se llevó del lugar la agraviante filigrana en su cara y algún perdón. Éste le dolió más que los machetazos sedientos de rojos.
Pasaron varios años. La señal permanece allí. Recorriendo la mejilla del Marcado, alimenta el viejo encono. El espejo le devuelve la imagen de lo que siente ser: la de un cobarde irredento. Decidido a vengarse, calza el puñal más penetrante que sus manos han adulado. Un pequeño revólver se acomoda en su bota, con todas sus cargas de odio escarlata. Se oculta detrás de un viejo pino, en el mismo rincón de aquel arroyo. Los hermanos Zabaleta, llegan montando sus huesudos overos. Recorren el último tramo. Alrededor del árbol testigo, las parcas retozan zumbantes preparándose para acomodar sus cargas. El Marcado acaricia el cosido de su cara, repasándolo con la furia de lo irresuelto.
Está esperando



Mijael Ben Arieh

Gatos sobre el techo de cinc helado




Todos corean en aquel extraño pueblo, donde los inviernos juegan a congelar los techos de cinc, que suelen hacerlo. Que lo han hecho en todos los tiempos. Que lo seguirán hacerlo.
Las luciérnagas penden frígidas de sus colas. Perforan la noche con sus rayos oblicuos. Sus ardores dibujan las líneas que deja el gatón Abedul, en su viaje por el espacio.
Las cabriolas del blanco felino en la cruda noche, predicen el drama al horadar las invisibles huellas de la vieja ruta. Recorre la senda desde el borde del techo de cinc helado, hacia las viejas hornallas de hierros incandescentes.
Sobre una arrumbada mesada de gruesa madera, la abuela Aniceta prepara su olvidada receta de galletas caseras con chicharrones.
Mezcla sus escondidos ingredientes ocultándolos a miradas ajenas. Son adobos y colorantes secretos que le han llegado de sus ancestros. Va agregando los chicharrones haciendo extraños cálculos invisibles
Amasa, amasa, amasa.
Por fin prepara sus galletas. Las pone con gran cuidado en las parrillas que están sobre las hornallas, mientras espía al gatón. Las volteretas de éste, las causan los intentos fallidos, tratando de regresar al techo. Los bramidos que espira en cada voltereta, no dejan dudas. Abedul, blanquísimo, con ojos amoratados, avizora como otras veces la alternativa de hacer un alto en el camino.
Aniceta da vueltas y vueltas las galletas caseras con chicharrones. Con esmero vigila el punto de cocción.
Regresa ahora a su tejido de croché. Desea hacer un buen abrigo para las frías noches de invierno.
Ni pestañea. Atisba de reojo la amenaza que significan sus gatos a la hora de cocinar.
Hambrientos desde hace tiempo, han fecundado la declaración de guerra de todos los vecinos, que responde a la permanente desaparición de todas las plumíferas del pueblo.
En diez cuadras a la redonda no quedó ni un flacucho ratón. Ni gordos ni flacos, que terminen con la hambruna de todos aquellos sesenta y seis gatos, que son la propiedad más valiosa de Aniceta. Como una gran banda de predadores, sus viajes los llevan a nuevos y más lejanos horizontes.
Ésta noche, Aniceta ha decidido con firmeza defender sus galletas caseras con chicharrones.
El olor de la harina humedecida con algunas extrañas grasas que usa para darle “aromas”, los tiene a todos ahí. Sobre el techo de cinc helado. A lo largo de todo el borde; de punta a punta. Apoyando sus patas delanteras sobre la canaleta. Apretados. Sin intersticios, a punto de congelarse, en la última porción de las chapas.
Los ojos amoratados, anhelantes, de todo el resto de los gatos muy blancos, apuntan hacia el centro de la hornalla.
De todo el resto, pues Abedul está a medio camino, ante el estupor de los que han quedado sobre la techumbre. Siempre está sorprendiendo a sus propios congéneres. Está ya en la ruta hacia su objetivo. Por algo es el jefegato.
Se levanta la abuela de su viejo sillón Tiene éste un asiento de paja amarillenta. Lo ha tapado con un espantoso trapo oxidado, que lo usa para encubrir su estado terminal. Abandona por el momento el adelantado tejido.
Mascullando, marcha hacia las hornallas. Estos imbéciles gatos- piensa- creerán que van a hacer lo mismo de siempre. Esta vez los amenaza con todas sus fuerzas. Hará lo que sea para que algunos se transformen en galletas caseras de gatitos con chicharrones.
Remueve las encendidas brazas. Las alienta.
Descubre el nuevo intento de Abedul. Lo conoce muy bien. Sabe Aniceta, que es el adelantado de la horda. . Que es también quién anticipa la actividad de todos ellos. Que nunca actúa si no está convencido de que es el momento. También sabe que es imposible atajar al resto en cuanto aquel dé la orden.
Distingue Aniceta, con sus ennegrecidos ojos remarcados por la aureola que le dibuja el humo de las hornallas, trazándole una tétrica máscara, que la cocción está lista.
Intuye que ha llegado el momento definitivo. Trata de adivinar en qué lugar del espacio se encuentra el gato.
Prepara su vieja escopeta de un tiro. La cerrazón de la noche no la ayuda. Piensa intentarlo, porque cree que destripándolo, el resto estará controlado.
Al fin podría, sin inquietarse, tomar su sopa de caracú con menta, acompañada de galletas caseras con chicharrones.
No puede fallar. La musaraña invade sus ojos. Le impide distinguir con claridad.
Sabe qué hará el gato, al llegar a cierto lugar de su ruta. Hoy no será diferente. Al estacionarse casi sobre las hornallas, quedará suspendido de las telarañas que bajan desde Orión. Ésta es la única constelación que provocó la admiración de Aniceta en todos los tiempos de su vida. Por lo menos desde que la descubrió la noche en que cumplió sus primeros cien años.
Los vecinos la habían dejado sentada en el viejo sillón. Al sereno de un invierno como éste sin su negro pañuelo. No recuerda cuantos calendarios han pasado, mientras evoca, cómo los invitados se comían todas las galletas caseras con chicharrones, que había preparado para aquella fiesta. Ellos la habían abandonado en aquel patio, con todos sus gatos. Con la música que sonaba para ensordecer a cualquiera.
En el Ecuador celeste, esa noche había descubierto la constelación.
Ahora, que tenía su negro pañuelo sobre su blanquísima cabeza, Orión le juega en contra. Favorece a la pandilla de gatos. Lo comprende con claridad.
En aquella red, está Abedul esperando el momento justo. Sujetado con sus cuatro patas, sus garras aprisionan las telarañas de Orión.
Aniceta descubre entre las sombras al animal que se hamaca sin apuro. Hace éste una especie de caída libre. Despliega las telarañas para calcular la distancia hasta las hornallas. A pesar del esfuerzo que hace, el jefegato no logra acercarse a los hierros.
No estaba Aniceta segura de acertar el único tiro que tenía. Debía tomar todas las precauciones.
Apunta hacia lo alto. Aprieta con fuerza el gatillo. Este no responde. El no haber usado el arma desde el anterior cumpleaños, del que no recuerda si disparó o no, le juega una mala pasada.
Vislumbra que todo el resto del gaterío comprenderá que el gran peligro ha pasado. Sospecha que decididos, tomarán impulso cayendo al lado de Abedul, como siempre lo han hecho. Sujetándose de las telarañas, lograrán con el peso acumulado, acercarse a las galletas caseras con chicharrones. Aniceta, ésta vez no cede. Se arroja sobre éstas. Dispuesta a luchar hasta el final. Intenta salvarlas.
Choca en el camino con la cabeza de Abedul. Comienzan a caer los otros gatos que ayudan, sobre su huesudo y lacerado resto del cuerpo.
Observa entre brumas que algunas de sus galletas, toman distintas direcciones hacia el congelado cañaveral que rodea su casa.
Calores intensos calcinan distintas partes del cuerpo de la anciana.
Los felinos la remolcan fuera de las hornallas sin que ella se entere. Muchos de ellos tratan de aspirar los últimos resuellos de Aniceta. Le reclaman sus postreros hálitos de vida. Preparan el festín. Cada uno intenta escapar con su porción.
Protegiendo lo que queda de Aniceta, las suaves telarañas descienden envolviendo a la mujer. Por ellas baja Petro, su único compañero de toda la vida, a quién mucho extraña desde su anterior cumpleaños. Cuando descubrió aquella constelación.
Petro la toma entre sus fornidos brazos transparentes. La abriga con el pedazo de trapo oxidado que cubría la silla. Sujetados con firmeza a las telarañas, ambos ascienden hacia Orión.
A finalizar aquella fiesta inconclusa, de los primeros cien años de la Aniceta. Cuando ella amenazaba a todos sus gatos con la vieja escopeta de un solo tiro.
Un disparo perdido en la noche no le permitió a Petro, cantarle en aquel cumpleaños la querida canción que tanto les gustaba. Ahora la entonarán juntos. Unidos esta vez en Orión.
El último que huye es Abedul, aprisionando entre sus fauces los ojos de Aniceta.
Todos en aquel inhallable pueblo donde los inviernos suelen congelar los techos de cinc, que el jefe de los gatos blancos y la vista amoratada, roba los ojos de su ama, cuando ésta se transforma en galleta casera con chicharrones.
Que lo han hecho siempre; que lo volverán a hacer eternamente. En todos los tiempos.





El lunes que viene

La máquina resopla al llegar a uno de los catorce andenes de Constitución. El parlante oxidado anuncia algunos atrasos y la gente se atropella para bajar. Es lunes, el sol se despereza. La muchedumbre es un abanico que se abre sobre la ciudad que despierta. Sonámbulos salen en tropel hacia los cuatro vientos en busca de los transportes que los llevarán hasta sus rutinas de años. Al observar sus rostros los vemos bañados de cansancio, invadidos. Con estos pasajeros bajan, entre otros pibes, tres hermanos. Y su primera corrida los lleva a cada cual hasta los baños del hall. Ellos son el Pepe, de doce que parecen diez, su hermano Beto, de diez que parecen doce y la hermanita, la Vivi, de trece que parecen dieciséis.
Después, los tres se disparan hacia la plaza que los espera. Cada uno a su trabajo de toda la semana. Corriendo de un lado a otro. Abriendo puertas, llevando bultos de ancianas conocidas que siempre les traen algo. Juntando las monedas que los hará comer, hacen lo que sea, lo que sea, para agrandar los dineros que llevarán el viernes por la noche de regreso a su casa. Todo lo administra la Vivi. Ella sabe donde comprar lo que no se vende en todas partes y todo el mundo vende. Seductoras y mortales, algunas bolsas de polietileno donde traen su comida para el día servirán para esos menesteres, que todo el mundo mira y nadie ve. Ella controla muy bien esos gastos. Hay pegamentos que son baratos. El dueño de la ferretería de la calle Brasil le vende uno bueno al mejor precio; se lo pasa por debajo del mostrador mientras le aprieta un rato la mano a la Vivi.
A veces la Vivi no paga. Solo promete.
Al medio día cuando baja un poco la actividad, corren hasta el viejo árbol que los cobija y comen lo que la madre les preparó para el día. Después juegan un rato.
Un rato aspirando. Otro rato soltando partes de su vida.
Hasta reiniciar la actividad que los tendrá ocupado en el irvenir del reflujo de sedientos y hambrientos que regresan de sus trabajos; de parejas extrañas que toman los taxis que los llevará hasta algún hotel o vaya uno a saber en qué paredón misterioso dejarán sus huellas. Esos sí que dan buena propina. Quieren que los chicos cierren rápido las puertas y ellos saben cómo tenerlas abiertas hasta que llega lo que consideran que es lo justo.
Por la noche, el baño de las damas tiene un encargado, el Tito, que hace la limpieza general todos los miércoles. Deja usar a Vivi la ducha y le permite arreglarse cuando él cierra la puerta, mientras pasa el lampazo silbando bajito Taquito Militar. Cuando la Vivi que tiene trece que parecen dieciséis, termina con su aseo general y se está peinando, lo deja hacer. Ella también lo toquetea. Que es casi nada. Las manos huesudas del Tito la recorren de punta a punta. La Vivi solo promete. Sabe que se llevará no menos de treinta. Y ya tiene entrenados a sus hermanos para que golpeen la puerta cuando ella calcula que es el momento. Hoy fueron cuarenta, que los arrolla y los guarda con celo.
Los chicos que viven en la calle un rato y otro rato también, duermen en cualquier parte. Hoy es jueves y llovizna. Entonces sacan unos paraguas que guardan en el baño de hombres y acompañan a cualquiera hasta las paradas de colectivos o taxis. Esto aumenta la “recauda”, como la llaman entre ellos. Los jueves, después del trabajo del día, aprovechan el baño de los hombres de un bar cercano. Por la noche se cierra para la desinfección y el colorado Abel, que limpia el lugar, les permite lavarse y cambiarse algunas ropas. Los pibes ya retozan bajo las duchas. Saben que tienen un tiempo límite en los baños, para no comprometer al Colorado. La Vivi que tiene trece que parecen dieciséis está sentada sobre el mostrador para no mojar sus zapatillas. El Colorado la tiene ahí como desde hace muchos jueves. Ha terminado su trabajo, se acerca. De una cajita de cartón retira un sobre dorado y saca un condón. Pone el salón a media luz; la Fm se descuelga con Rodrigo. Conoce las condiciones que ha impuesto la Vivi, que promete otras cosas para más adelante. Por ahora eso y nada más. La Vivi sabe que de aquí, se llevará no menos de cuarenta. Hoy fueron cincuenta, que los arrolla y los guarda con celo.
Este viernes es un lindo día y aumentarán los ahorros. Ese día comerán unos choripanes y alguna gaseosa. Se acerca el regreso en el último tren. Corretean por la plaza que está llena de vivillos y putas arreglando sus asuntos.
Los hermanitos, con sus bolsitas que se inflan y se desinflan juegan a vivir otras vidas muertas que no vivieron y que nunca vivirán.
La noche ha llegado. Y los tres corren hasta el depósito de juguetes de la calle Cochabamba. El sereno Ramírez conoce del barrio a los chicos desde hace mucho tiempo. Vive al frente de la casa de ellos y frecuenta al padrastro que tienen.
Y los deja jugar y entretenerse hasta la hora de la salida del último tren. Siempre los acompaña en el regreso hasta la casa.
Los pibes están en la sección de juegos electrónicos del tercer piso.
Beto de diez que parecen doce, pregunta por la Vivi a su hermano Pepe de doce que parecen diez. –Dale- dice el Pepe-, vos sabés que a ella no le gusta jugar aquí y si viene solo es por nosotros Solo por nosotros. Sigamos jugando hasta que nos llame.
La Vivi que tiene trece que parecen dieciséis, está en el sótano, en el cuartucho del sereno. Ramírez retira de una cajita de cartón tres sobres con condones que los deja sobre una mesita. Todas las promesas que le estuvo haciendo la Vivi, hoy las cumplirá. No será su primera vez, pero con él presiente que le gustará hacerlo, siente que lo quiere y no como aquella en la que fue violada en su casa por…
Prefiere no pensar en eso.
De aquí se llevará no menos de cien, y cumple. Pero no con todo. Queda un sobre sin usar sobre la mesita. Y hoy son ciento cincuenta. Los arrolla y los guarda con celo. Luego se ducha. El sereno le regala un peluche para que lo lleve a su hermanita menor. Los cuatro van para la estación. Cruzan la plaza y enfilan para la entrada del Roca, ésta noche sin apuros.. Quizá puedan tomar el rápido y llegar más temprano. Todos van tomados de la mano. La Vivi, que se adelanta abrazada al peluche, entretenida con el muñeco no lo ve venir. Cruza la calle Brasil sin mirar, a pesar de que siempre prometió hacerlo.
Nadie ve al auto que ha pasado como un huracán, arrollando a la Vivi que tenía trece y que nunca tendrá dieciséis. El conductor del auto ha seguido su camino sin prestar ayuda. La Vivi, tirada sobre la calzada, aprieta contra su pecho el peluche. La gente se acerca. Un taxista que conoce a los chicos sube a la niña a su auto y decide llevarlos a todos hasta el Elizalde. Sin entender lo sucedido, el mundo se ha desplomado sobre los dos hermanos y el sereno Ramírez Éste, en el asiento delantero, la lleva en sus brazos y la abraza desperado, para tratar de reanimarla. Mil besos en las mejillas de Vivi son inútiles y nadie más que el taxista ve las calles por las que transitan hacia la verdad. La radio del taxi les escupe “Cambalache”.
En la sala de guardia los chicos reciben la ropa de Vivi y entre sollozos, descubren el dinero de la semana. Ramírez y el taxista agregan lo que tienen. Los hermanos llevarán todo a su casa y lo entregarán a su mamá. También llevan el peluche para la hermanita menor. Llegarán solos a contar lo sucedido.
A prepararse para volver con su hermanita Nati, que tiene once que parecen quince.
Cuando el sol se desperece.
El lunes que viene.



martes, 10 de marzo de 2009

Primer Contacto


Este cuento obtuvo el Primer Premio en el Certamen organizado por APAD, una ONG de San Miguel, provincia de Buenos Aires, con motivo de su 30º Aniversario efectuado en el año 2007-2008.

Espero lo disfruten y quedo a la espera de las críticas cualquiera sea el tenor.



El Aviso



El atardecer nace anunciando ocasos. Ambos niños han visto la luz hace siete meses. Están en distintos brazos. Distintas cunas, destinos inciertos.
Las madres, de aspecto humilde, de prolijo aseo, esperan la llegada del tren que las llevará lejos de éste infierno.
Junto con el surgir de las penumbras, nace un colorido resplandor iluminando con suavidad el centro del pueblo. Comienzan los festejos con los cuales recuerdan los lugareños un nuevo aniversario de la fundación. Es una de las razones por las cuales las mujeres se encuentran casi solas con sus bebés en la estación. Apenas algún desprevenido viajante de comercio apresura el regreso. Está también el jefe de la aherrumbrada estación del ferrocarril Norte.
Las mujeres se han sentado separadas en el único asiento que tiene el andén. Ambos bebés están inquietos. Es la hora del alimento. Satisfechos, recorren en los brazos que los acunan, en sentido contrario, el pequeño andén. Van y vienen varias veces. Van y vienen. Varias veces.
Al cruzarse, las madres apenas cambian por breves momentos, algunas miradas. Acompañan el inminente sueño de sus hijos.
El resplandor en las cercanías de la estación se hace intenso. Se apresuran los actos festivos. El cielo enrojece. Luces de mil colores viborean.
Los recuerdos de ambas mujeres, como aquellas bengalas extraviadas, iluminan por momentos sus oscuras realidades.
Se cruzan otra vez. Cada una, ocupada en lo suyo. Apenas se rozan. Se acomodan en el banco de madera. La tensión dibuja surcos en sus entrecejos.
La pequeña luz que anticipa la llegada del tren, se distingue en el horizonte anochecido.
Acomodan sus bolsos y a sus bebés. Ansiosas se ponen de pié. Desean partir e intentar el olvido.
Entra corriendo Belisario al andén. Es el joven peón de la estancia de los Almada Gonza, los dueños de casi todo el pueblo. Les avisa a las dos mujeres que su patroncito estará por aquí, apenas terminen los actos y las bengalas. Quiere que lo esperen aquí. -Yo también se los pido- agrega en un ruego el peón.
Las luces de los vagones iluminan la estación. Las sombras de los parantes del techo de tejas huyen por las paredes, fugando hasta quedar inquietas, con la última frenada de la máquina anhelante.
Con sus cargas, las dos madres suben con rapidez. Se sientan juntas. Compartirán el viaje, los pensamientos, la incertidumbre de sus destinos, pero ninguna palabra saldrá de sus labios durante el largo viaje. El tedio del repetido traque trac las adormece.
Lloran sus bebés. Ellas, se sobresaltan. Se acomodan. Los calman y preparan sus cosas. El traslado llega a su fin.
La terminal de la gran ciudad es una incierta promesa. Será “las narices” de un gran dragón calcinando esperanzas.
Bajan con pesadez del vagón.
En el anular de una de ellas refulge algún juramento olvidado. En el de la otra la descarnada realidad.
Recorren entre viajeros recién llegados, el andén principal. Para otros, abrazos y reencuentros. Para ellas, la anticipada soledad.
Salen de la estación. La gran ciudad las tragará sin vómitos.
Tomarán distintas direcciones.
Están de espaldas. Son hermanas; jamás se han separado hasta ahora. Se alejan un paso. Se detienen. Giran. Se miran con tibieza y con gran congoja. Se abrazan. Por primera vez sienten la calidez del otro bebé. Y la frialdad del desencuentro definitivo.
Cada una por su camino, en la búsqueda de su propio destino.
Con decisión se apartan. Seguirán sus propias huellas. Dos madres; son hermanas y cada una con su bebé. Un solo padre y algún enamorado…
El amanecer sacude las últimas brillantinas de los festejos pueblerinos.
Al desierto andén del pueblo llega el patroncito con el peón Belisario. Revisan el lugar, gritando y a los tumbos.
Le pregunta al peón: -¿Les avisaste, como te dije...?- Sí, responde éste, bajando avergonzado la vista. -¿Y donde están, esas mierdas, que no cumplieron mis órdenes?- agrega en son de burla.
Belisario enmudece. La ira lo descubre en el recuerdo de lo que podría haber sido y ya no será. Rojas visiones danzan a su alrededor.
Los vapores de la noche los esclavizan.
Flamea con fuerza entre las rudas manos del peón, un aguzado facón de carnear, dejando clavado un odio interminable en el pecho del patroncito.
Cae éste en el único asiento del andén salpicado con su vida.
En el último jadeo, alcanza a reclamarle a Belisario: -”Te mandé...te ordené…que no te enamoraras. ¿Les avisaste…como te dije...carajo?



Mijael Ben Arieh