viernes, 17 de septiembre de 2010

DESVELO /REVELADO/

Desvelo
/Revelado/


Ella prodiga sus poros,
/En el remanso de su mar bravío/
El la perfila, la transita,
/Recalando en los puertos de su alma/
Ella en su cercana lejanía,
/Adultera sus verdades/
El aviva sus prudencias,
/En el oleaje de sus quiebres/
Ella con ojos desgajados,
/Planea sobre el sol/
El enhebra tonos generosos,
/Traspapelado en las rondas/
Ella es plenitud,
/Entre líneas y arabescos/
El se desliza
/Sobornando a los enigmas de los planos/
Ella se revela en la proa, entre brumales
/Entre heraldos que vibran/
El timonea las sombras
/y vocifera en alta mar/
Ella se replica entre gélidos calores,
/Glamorosos y dantescos/
Ellos se entretejen
/Se Acompasan/
Los dos son el núcleo del secreto
/en la exaltación del sortilegio/
En los hechizos ocultos,
/Son el Amor Revelado/

miércoles, 21 de abril de 2010

Los gatos sobre el techo de cinc


Todos corean en aquel extraño pueblo, donde los inviernos juegan a congelar los techos de cinc, que suelen hacerlo. Que lo han hecho en todos los tiempos.
Las luciérnagas penden frígidas de sus colas. Perforan la noche con sus rayos oblicuos. Sus ardores dibujan las líneas que deja el gatón Abedul, en su viaje por el espacio.
Las cabriolas del blanco felino en la cruda noche, predicen el drama al horadar las huellas de la vieja ruta. Recorre la senda desde el borde del techo de cinc helado, hacia las hornallas de hierros incandescentes.
Sobre una mesada de madera, la abuela Aniceta prepara su receta de galletas caseras con chicharrones.
Mezcla sus escondidos ingredientes ocultándolos a miradas ajenas. Son adobos y colorantes secretos que le han llegado de sus ancestros. Va agregando los chicharrones haciendo cálculos invisibles
Amasa, amasa, amasa. Prepara sus galletas. Las pone con gran cuidado en las parrillas que están sobre las hornallas, mientras espía al gatón. Las volteretas de éste, las causan los intentos fallidos, tratando de regresar al techo. Los bramidos que espira en cada voltereta, no dejan dudas. Abedul, blanquísimo, con ojos amoratados, avizora como otras veces la alternativa de hacer un alto en el camino.
Aniceta da vueltas y vueltas las galletas caseras con chicharrones. Con esmero vigila el punto de cocción.
Regresa ahora a su tejido de croché. Desea hacer un abrigo para las noches de invierno.
Ni pestañea. Atisba de reojo la amenaza que significan sus gatos a la hora de cocinar.
Hambrientos, han fecundado la declaración de guerra de todos los vecinos, que responde a la permanente desaparición de todas las plumíferas del pueblo.
En diez cuadras a la redonda no quedó ni una rata. Ni gordas ni flacas, que terminen con la hambruna de todos aquellos sesenta y seis gatos, que son la propiedad más valiosa de Aniceta. Como una banda de predadores, sus viajes los llevan a nuevos horizontes.
Ésta noche, Aniceta ha decidido con firmeza defender sus galletas caseras con chicharrones.
El olor de la harina, humedecida con algunas extrañas grasas que usa para darle “aromas”, los tiene a todos ahí. Sobre el techo de cinc helado. A lo largo de todo el borde. Apoyando sus patas delanteras sobre la canaleta. Apretados. Sin intersticios, a punto de congelarse, en la última porción de las chapas.
Los ojos amoratados, de todo el resto de los gatos muy blancos, apuntan hacia el centro de la hornalla.
Abedul está a medio camino, ante el estupor de los que han quedado sobre la techumbre. Sorprendiendo a sus propios congéneres, ya está en la ruta hacia su objetivo. Es el jefe gato.
Se levanta la abuela de su sillón Tiene éste un asiento de paja amarillenta y lo ha tapado con un trapo oxidado. Abandona por el momento el adelantado tejido.
Mascullando, marcha hacia las hornallas. Estos imbéciles gatos- piensa- creerán que van a hacer lo mismo de siempre. Esta vez los amenaza. Hará lo que sea, para que algunos se transformen en galletas caseras de gatitos con chicharrones.
Remueve las encendidas brazas. Las alienta.
Descubre el nuevo intento de Abedul. Lo conoce muy bien. Sabe Aniceta, que es el adelantado de la horda. . Que es también quién anticipa la actividad de todos ellos. Que nunca actúa si no está convencido de que es el momento. También sabe que es imposible atajar al resto, en cuanto aquel dé la orden.
Distingue Aniceta, con sus ennegrecidos ojos remarcados por la aureola que le dibuja el humo de las hornallas, que la cocción está lista.
Intuye que ha llegado el momento definitivo. Trata de adivinar en qué lugar del espacio se encuentra el gato.
Prepara su vieja escopeta de un tiro. La cerrazón de la noche no la ayuda. Piensa intentarlo, porque cree que destripándolo, el resto estará controlado.
Al fin podría tomar su sopa de caracú con menta, acompañada de galletas caseras con chicharrones.
No puede fallar. Pero la musaraña invade sus ojos. Le impide distinguir.
Sabe qué hará el gato, al llegar a cierto lugar de su ruta. Hoy no será diferente. Al estacionarse, casi sobre las hornallas, quedará suspendido de las telarañas que bajan desde Orión.
Orión es la única constelación que provocó la admiración de Aniceta en todos los tiempos de su vida. Por lo menos desde que la descubrió la noche en que cumplió sus primeros cien años.
Los vecinos la habían dejado sentada en el viejo sillón. Al sereno de un invierno como éste, sin su negro pañuelo. No recuerda cuantos calendarios han pasado mientras evoca, cómo los invitados se comían las galletas caseras con chicharrones que había preparado para aquella fiesta. Ellos la habían abandonado en aquel patio, con todos sus gatos. Con la música que sonaba para ensordecer a cualquiera.
En el Ecuador celeste, esa noche había descubierto la constelación.
Ahora, que tenía su negro pañuelo sobre su blanquísima cabeza, Orión le juega en contra. Favorece a la pandilla de gatos. Lo comprende con claridad.
En aquella red, está Abedul esperando el momento justo. Sujetado con sus cuatro patas, sus garras aprisionan las telarañas de Orión.
Aniceta descubre entre las sombras al animal que se hamaca sin apuro. Hace éste una especie de caída libre. Despliega las telarañas para calcular la distancia hasta las hornallas. A pesar del esfuerzo que hace, el jefe gato no logra acercarse a los hierros.
No estaba Aniceta segura de acertar el único tiro que tenía. Debía tomar todas las precauciones.
Apunta hacia lo alto. Aprieta con fuerza el gatillo. Este no responde. El no haber usado el arma desde el anterior cumpleaños, del que no recuerda si disparó o no, le juega una mala pasada.
Vislumbra que todo el resto del gaterío comprenderá que el gran peligro ha pasado. Sospecha que decididos, tomarán impulso cayendo al lado de Abedul, como siempre lo han hecho. Sujetándose de las telarañas, lograrán con el peso acumulado, acercarse a las galletas caseras con chicharrones. Ésta vez, Aniceta no cede. Se arroja sobre éstas, dispuesta a luchar hasta el final. Intenta salvarlas.
Choca en el camino con la cabeza de Abedul. Comienzan a caer los otros gatos que ayudan, sobre su huesudo cuerpo.
Observa entre brumas, que algunas de sus galletas, toman distintas direcciones hacia el congelado cañaveral que rodea su casa.
Calores intensos calcinan distintas partes del cuerpo de la anciana.
Los felinos la remolcan fuera de las hornallas, Tratan de aspirar los últimos resuellos de Aniceta. Le reclaman sus postreros hálitos de vida. Preparan el festín. Cada uno intenta escapar con su porción.
Protegiendo lo que queda de Aniceta, las suaves telarañas descienden envolviendo a la mujer. Por ellas baja Petro, su único compañero de toda la vida, a quién mucho extraña desde su anterior cumpleaños. Cuando descubrió aquella constelación.
Petro la toma entre sus fornidos brazos transparentes. La abriga con el pedazo de trapo oxidado que cubría la silla. Sujetados con firmeza a las telarañas, ambos ascienden hacia Orión.
A finalizar aquella fiesta inconclusa, de los primeros cien años de la Aniceta. Cuando ella amenazaba a todos sus gatos con la vieja escopeta de un solo tiro. Un disparo perdido en la noche impidió a Petro, cantarle en aquel cumpleaños la querida canción que tanto les gustaba. Ahora la entonarán juntos. Unidos esta vez en Orión.
El último que huye es Abedul, aprisionando entre sus fauces los ojos de Aniceta. Todos en aquel inhallable pueblo donde los inviernos suelen congelar los techos de cinc, que el jefe de los gatos blancos y los ojos amoratados, roba los ojos de su ama, cuando ésta se transforma en galleta casera con chicharrones.
Que lo han hecho siempre; que lo volverán a hacer eternamente.
En todos los tiempos.

martes, 20 de abril de 2010

PORTALES


Plaza, marzo de 1976.

La magia se oculta detrás de los portales de los tiempos por venir.
Ocultarse, envuelto en lo mágico, no asegura el resultado en el intento de torcer los tiempos.
Estamos de paso.
El ya está dispuesto. Ávida viene la res.
Los dos están dispuestos. El gladiador con sus banderillas al aire. El agónico Miura, raspilla la tierra con fuerza, hacia atrás, hacia atrás, hacia atrás. Tiene llagas irreparables. Fragua surcos con sus patas que recogerán su sangre y algo más. Simula estar entregado.
Prevenida para dar la cruzada final, la bestia asediada presiente que su enemigo está allí. Lo mira con firmeza, lo ve arrogante.
Están alertas adecuando sus armas para el asalto final, .
Los tres están alistados. También está el extravío de millares de cabezas, que vislumbra el tiempo final. Es un monstruo sediento, saliéndose de sus cuerpos acoplados, que se zarandean al compás de los estertores del toro. Desgañita desde las gradas sus profundidades para enervarlo. Las birretas al viento y muchas banderolas manchándose de sudor. Algunas pañoletas comienzan a cubrir faltantes. El aire es mezquino para las mil cabezas. Tratan de saquear a la vecina, que intenta hacer lo mismo. Sus miradas se topan y sus muecas recíprocas las reaniman.
Los cuatro están dispuestos. También está el Destino.
Serán esclavos sus tiempos a partir de este relámpago, de la señal grabada en los pergaminos de los arcanos de Troya.
Los cinco están dispuestos. También están las Moiras, alertando que sus designios se ejecuten. A todos han vigilado anhelantes, conociendo todos los instantes, y controlan que se desenvuelvan según lo establecido. Nada interferirá entre ellas y los hilos de la vida.
Los seis están preparados. También está la Magia.
Tapizada de banderillas y picas. Tratando de aprehender hasta el último rayo de sol que escapa del poniente.
Su estampa angustia a todos. Se ignora cuándo la Magia puede torcer el eje de una evidencia. La puesta en escena se descifra.
Los siete están prevenidos. Estoy ahí.
Saltando las cercas protectoras me acerco al Miura. Me repudia; quiero advertirle. Su visión, está enfocada en mis ropas llenas de sudores; me amenaza con avances que no serán flirteos y salto hacia atrás en una voltereta vertical
Voy en busca del torero que aparenta no verme. Mira hacia el frente y destina de reojo alguna pasada por el engendro de mil fauces que lo anima. No distingue contrastes ni tonalidades entre el toro y aquélla aberración que agita sus cuerpos. Estallan al unísono los aullidos que intentan hacer impostergable, el plasmar la orden imposible de evadir: ¡muerte, muerte, muerte!
Brinco al lado del monstruo facetado en mil gargantas tenebrosas. Nausean desde sus vísceras los retumbos que animan la feria. Trato de franquearlo; parecen muchos, es solo uno. Indivisible, fatal, y piso su cabeza.
Las Moiras divisan el lugar que invado en la trama. Sus atisbos me rebasan.
Soy incorpóreo, un ente en el espacio. Las veo menearse al compás de las cadencias que llegan de las gradas. Sujetas del arco iris que brota en las orillas del Río Plato, dan sueltas cárneas como las que daban, en las festividades, los Lacedemonios en honor de Apolo. Se alumbran y pulen las danzas tratando de alcanzar las cintas huidizas. Desmontan, derramando fluidos asfixiantes. Las vestiduras que las acicalan ruedan en reversa, y parecen darles mayor destreza. Converso en un dialecto que no comprendo. Ellas tampoco. Trato de eludirlas, sin concebir, cómo las tres repartidoras que son una, que han timado desde Esparta en muchas jergas extrañas, no se codeen con la que les hablo.
Cruel Destino. Sé que es inadmisible encorvar sus designios. Son aquellos que le hemos sentenciado durante nuestra vida en todos nuestros tiempos.
Él, sólo acata haciéndolos plasmar. Su camino peregrina milenarias huellas ocultas.
Deseo que difiera el epílogo. No responde a mi ebrio reclamo. Vuelve su vistazo hacia las gradas, examinando a la quimera cada vez más envenenada. Quizás se aventure a repasar lo establecido. A soportarme.
El Destino marca hacia las cercas del campo y me veo… ¡me veo brincándolas! Corro hacia el Miura; rodeo al torero. El matador trata de apartarse de mí. Se aísla.
Acomoda el toro su embestida postrera. Demando al Destino; sin respuesta corro por la arena, salto las cercas hacia las gradas. Me aventuro por entre el monstruo que me sofoca en sus pliegues, aullando que estoy de paso. ¡Estoy de paso! ¡Estoy de paso!
Su carcajeo por la intrusión del otro en la arena, lo han rebosado. Interpelo a las Moiras por el otro.
¡Y yo soy el otro¡

Los seis están listos. Me espolean apretándome cada uno con sus escudos contra las barreras. Me aherrojan y retoman su tarea inconclusa. Me revelo en el foco de la arena entre las amenazas de la bestia y las banderillas y las picas decididas, solo aullando.
Los seis me rodean. El Destino habla por todos – Has llegado a tiempo. Te esperábamos. Lo irrevocable se producirá.
El otro que era yo, y yo que era él, estábamos ahí. Desgarrados, torturados. Los punzones comienzan a penetrarme, cruzándose con las banderillas. La sangre del novillero, la del Miura, la mía, la del otro, las de todos los entes invisibles, fertiliza las trazas bosquejadas por el toro en la arena. Sólo atino a vociferar ¡Estoy de paso, estamos de paso!
El bufido del monstruo que habita en las gradas todo lo sosiega. El engendro se calcará acallando toda voz atormentada.
En ésta encrucijada del Destino habito al lado de la Magia.
Me oculto entre los pliegues de su cuerpo transparente. Flaqueamos ante el recelo de transitar hacia un laberinto irresuelto.
Su aureola me envuelve y atravesamos los portales de los tiempos por venir.

martes, 22 de septiembre de 2009

Jimeno Juárez


A Jimeno Juárez, el Marcado, la cicatriz le cubre desde la oreja derecha hasta el mentón. Imborrable, la señal es el recuerdo de aquella riña. La tarde del desencuentro, olvidó todos los consejos y se atrevió a desafiar a los Zabaleta. Éstos orilleros del Alto Verde santafesino eran conocidos como sanguinarios pendencieros y siempre lo toleraron.
Todos sabían que estaban enredados en amoríos con las hermanas del Marcado.
En el cruce de cuatro copas, el Jimeno se había envalentonado. No alcanzó a sospechar en su enajenación, las consecuencias. Éstas lo acosarían toda la vida.
El Marcado iba aquella tarde a los tumbos, agraviándolos. Los Zabaleta lo atajaron en el recodo del arroyo Claro. Sin darse cuenta, se llevó del lugar la agraviante filigrana en su cara y algún perdón. Éste le dolió más que los machetazos sedientos de rojos.
Pasaron varios años. La señal permanece allí. Recorriendo la mejilla del Marcado, alimenta el viejo encono. El espejo le devuelve la imagen de lo que siente ser: la de un cobarde irredento. Decidido a vengarse, calza el puñal más penetrante que sus manos han adulado. Un pequeño revólver se acomoda en su bota, con todas sus cargas de odio escarlata. Se oculta detrás de un viejo pino, en el mismo rincón de aquel arroyo. Los hermanos Zabaleta, llegan montando sus huesudos overos. Recorren el último tramo. Alrededor del árbol testigo, las parcas retozan zumbantes preparándose para acomodar sus cargas. El Marcado acaricia el cosido de su cara, repasándolo con la furia de lo irresuelto. Está esperando
EL ENCUENTRO

Mi único heredero es el pueblo”
Perón


Esa mañana de invierno de mil novecientos cuarenta y tantos, no predisponía a transitar por las calles de Buenos Aires. El barrio del Abasto, algunos mates y la cercanía de una estufa de kerosén era preferible a caminar por la Plaza.
La invitación había viajado entre sus manos y la releyó una y otra vez, una y otra vez. Al fin se dijo: “Y bueno ché, si él quiere verme, será para algo importante. Y como andan los tiempos no es cuestión de negarse ante un par de botas”.
–Vení, Lepera, y prepará tus orejas que tengo que batirte algo.
...ciudad porteña de mi único querer...(1)
...
Las dos presencias y la solemne compostura, eran la imagen de la seriedad del lugar. A las puertas de la casa Rosada, cuidaban la entrada de curiosos sin misión.
Cuando vieron llegar a la figura, sus corazones latieron al ritmo del dos por cuatro.
Nunca supieron, cómo se mantuvieron firmes y no intentaron abrazarla.
Se quedaron para siempre con la ilusión de algún autógrafo. Cuando pasó entre ellos, el saludo que creyeron escuchar, los emocionó. “ Adiós... muchachos”....mi Buenos Aires querido
cuando yo te vuelva a ver...(2)

Luego desapareció entre los pasillos y ampulosos cortinados de la casa.
Su presencia allí, no había sido fácil de resolver para él. Sus relaciones con los caudillos conservadores de la época y sus canciones desgranadas en muchos de los comités de Balvanera, el bajo Flores, en los cafetines de la Recova o en los prostíbulos del Riachuelo, lo ubicaban en la vereda de enfrente.

...el farolito de la calle en que nací
fue centinela de mis noches de
amor...(3)

Ya estaba ante la puerta del despacho de quién lo había invitado. Lo atendió un secretario, quién sin preámbulos lo condujo ante su jefe.
-Perdón- dijo el Morocho- usted me invitó...
-Qué perdón ni perdón. Vení acá... dame un abrazo. En ésta década del cuarenta no es fácil abrazarme con alguien que está en el alma del pueblo. Vos sabés, Morocho, que por mi formación a veces me resulta un poco difícil... Y de los que me rodean...mejor ni hablar. Creo que el futuro de la Patria está en la sangre de los que andan por las calles, trabajando de sol a sol, y a quienes nadie atiende.

...mi Buenos Aires querida
tierra florida
donde mi vida, terminaré...(4)

-Pienso... como usted, mi Coronel.- alcanzó a balbucear el Morocho pensando que la cosa no estaba para contradecirlo.
-Aquí estoy jefe, usted dirá-
-Te convoqué porque creo que sos un artista en quién puedo confiar, por ahora. Necesito grabar una marchita que tengo dando vueltas por mi cabeza, que va a pasar de padres a hijos y de estos hijos a los suyos. Y ahí sí te veo, Carlitos, eternamente presente en el corazón del pueblo. No sé si vos podés, o querés....
-Sí, quiero mi Coronel. Pero le bato sinceramente, no puedo ni le conviene. Lo veo convencido de sus ideas, pero comprenda, yo tengo las mías y ando de aquí para allá entre los comités, entre los caudillos que quizás con usted....comprenderá y sabrá disculparme.
-Está bien. De ellos me ocuparé después. Pero por lo menos dame una mano, Morocho. Recomendame a alguien, del ambiente, de compañero a compañero...
-Está bien, mi compañero, digo... mi Coronel. Hay un cantante amigo, Hugo, que también es parte del ser popular y lo voy a chamuyar.
Sé como piensa él y le va a gustar la idea.
...en la cortada más maleva una canción
dice su ruego de coraje y de pasión...(5)

-Bueno, Zorzal, te lo acepto, no muy conforme , pero cada uno tiene que sostener sus convicciones y proceder de acuerdo a sus principios. Te agradezco la recomendación y mandame al muchacho.

una promesa
y un suspirar..(6)

-Algo más te voy a pedir, Morocho. Quiero que vengas más seguido a verme. No tengo muchas oportunidades de abrazar a gente del pueblo. Sabés cómo son las cosas de la política. Los gomías, como decís vos, no tienen memoria y así como te ponen arriba de un caballo en algún monumento, de la misma forma te tiran abajo y te escupen. Y no sabés en quién confiar, y menos en ningún compañero desviado que cree ser más que otro y se transforma en un oligarca.
Podés ir Carlitos. Que tengas suerte con tus caudillos.-
Al salir el Morocho de la casa, acomoda con una mano el ala de su sombrero, hace un firulete y promete frente a los granaderos:

...mi Buenos Aires
querido
cuando yo te vuelva a ver
no habrá mas penas
ni olvidos...(7)
...

Un ayudante se planta ante su jefe:-Mi Coronel, hay una Señora que quiere verlo por el asunto del terremoto. Dice llamarse María Eva. Es artista, de las populares, y usted andaba buscando...

...bajo su quieta lucecita yo la vi
a mi pebeta, luminosa como un
sol...(8)
...

El avión ha cruzado el Atlántico y a lo lejos, las candilejas dibujan a Buenos Aires.
El General, en su postrer regreso, rememora aquel encuentro con el Morocho. “Tenía razón cuando me recomendó a Hugo. Qué pena me causó lo del accidente en Medellín. Pronto nos vamos a reencontrar. Estoy regresando, muy cansado. Me siento morir. Deseo escuchar, aunque sea por última vez, la voz del pueblo”.

...mi Buenos Aires querido
cuando yo te vuelva a ver
no habrá más penas ni olvido...(9)


(1 al 9)
“Mi Buenos Aires Querido”
“Letra: Alfredo Lepera
“Música: Carlos Gardel

lunes, 21 de septiembre de 2009

EL AVISO



El atardecer nace anunciando ocasos. Ambos niños han visto la luz hace siete meses. Están en distintos brazos. Distintas cunas, destinos inciertos.
Las madres, de aspecto humilde, de prolijo aseo, esperan la llegada del tren que las llevará lejos de éste infierno.
Cuando surgen las penumbras, un resplandor ilumina con suavidad el centro del pueblo. Comienzan los festejos con los cuales recuerdan los lugareños un nuevo aniversario de la fundación.
Las mujeres se encuentran casi solas con sus bebés en la estación.
Un desprevenido viajante de comercio apresura el regreso. Está también el jefe de la aherrumbrada estación del ferrocarril Norte.
Las mujeres se han sentado separadas en el único asiento que tiene el andén. Ambos bebés están inquietos. Es la hora del alimento. Satisfechos, recorren en los brazos que los acunan, en sentido contrario, el pequeño andén. Van y vienen varias veces. Van y vienen. Varias veces.
Al cruzarse, las madres apenas cambian algunas miradas. Acompañan el inminente sueño de sus hijos.
El resplandor en las cercanías de la estación se hace intenso. Se apresuran los actos festivos. El cielo enrojece. Luces de mil colores viborean.
Los recuerdos de ambas mujeres, como aquellas bengalas extraviadas, iluminan por momentos sus oscuras realidades.
Se cruzan otra vez. Cada una, ocupada en lo suyo. Apenas se rozan. Se acomodan en el banco de madera. La tensión dibuja surcos en sus entrecejos.
La luz que anticipa la llegada del tren, se distingue en el horizonte anochecido.
Acomodan sus bolsos y a sus bebés. Ansiosas se ponen de pié. Desean partir e intentar el olvido.
Entra corriendo Belisario al andén. Es el joven peón de la estancia de los Almada Gonza, los dueños de casi todo el pueblo. Les avisa a las dos mujeres que su patroncito estará por aquí, apenas terminen los actos y las bengalas. Quiere que lo esperen aquí. -Yo también se los pido- ruega el peón.
La llegada de los vagones iluminan la estación. Las sombras de los parantes del techo de tejas huyen por las paredes, fugando hasta quedar inquietas, con la última frenada de la máquina anhelante.
Con sus cargas, las dos madres suben con rapidez. Se sientan juntas. Compartirán el viaje, los pensamientos, la incertidumbre de sus destinos, pero ninguna palabra saldrá de sus labios durante el largo viaje. El tedio del repetido traque trac las adormece.
Lloran sus bebés. Ellas, se sobresaltan. Se acomodan. Los calman y preparan sus cosas. El traslado llega a su fin.
La terminal de la gran ciudad es una incierta promesa. Será “las narices” de un gran dragón calcinando esperanzas.
Bajan con pesadez del vagón.
En el anular de una de ellas refulge algún juramento olvidado. En el de la otra la descarnada realidad.
Recorren entre viajeros recién llegados el andén principal. Para otros, abrazos y reencuentros. Para ellas, la anticipada soledad.
Salen de la estación. La gran ciudad las tragará sin vómitos.
Tomarán distintas direcciones.
Están de espaldas. Son hermanas; jamás se han separado hasta ahora. Se alejan un paso. Se detienen. Giran. Se miran con tibieza y con gran congoja. Se abrazan. Por primera vez sienten la calidez del otro bebé. Y la frialdad del desencuentro definitivo.
Cada una por su camino, en la búsqueda de su propio destino.
Con decisión se apartan. Seguirán sus propias huellas. Dos madres; son hermanas y cada una con su bebé. Un solo padre y algún enamorado…
El amanecer sacude las últimas brillantinas de los festejos pueblerinos.
Al desierto andén del pueblo llega el patroncito con el peón Belisario. Revisan el lugar, gritando y a los tumbos.
Le pregunta al peón: -¿Les avisaste, como te dije...?- Sí, responde éste, bajando avergonzado la vista. -¿Y donde están, esas mierdas, que no cumplieron mis órdenes?- agrega en son de burla.
Belisario enmudece. La ira lo descubre en el recuerdo de lo que podría haber sido y ya no será. Rojas visiones danzan a su alrededor.
Los vapores de la noche los esclavizan.
Flamea con fuerza entre las rudas manos del peón un aguzado facón, dejando clavado un odio interminable en el pecho del patroncito.
Cae éste en el único asiento del andén, salpicado con su vida.
En el último jadeo, alcanza a reclamarle a Belisario: -”Te mandé...te ordené…que no te enamoraras.
¿Les avisaste…como te dije...carajo?

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El cuento "EL AVISO" , obtuvo el Primer Premio en el certámen realizado por la ONG APAD, Asociación de Ayuda al Discapacitado de San Miguel, con motivo de su Trigésimo Aniversario durante el año 2007.
La traición


En la quietud del reverberar de la llanura pampeana, se adelantan al ocaso los peones de la estancia Tres Lunas.
Traen sudor y la mirada larga avizora la rancheada. Los caballos revolean sin compás los largos pelajes de sus colas. Al presentir la tierra conocida, parecen relámpagos queriendo besarla.
Las mujeres están a la espera de sus hombres, que regresan después de largas jornadas de aperos y dormitadas al sereno. Los pibes, se ocultan impacientes detrás de las polleras.
Los perros han salido al camino a recibir a sus amos.
La brisa de la primavera entibia la sangre. Ya se han alargado los brotes de trigales y ciruelos.
El patrón abandona el casco y revisa el látigo que siempre lo acompaña. Acomoda su ropa y sacude el polvo de sus botas. Divisa a su tropilla y un rictus de dudas lo domina.
Hacia el profundo oeste, los últimos vestigios dorados se pierden con lentitud; invaden otras llanuras y hacen crecer otros ocasos. Los jinetes se agigantan.
Todos esperan.
La expectativa se desvanece. El capataz se adelanta y desmonta. Su alazán está a las puertas de la fatiga total. Lo acerca a la aguada para refrescarlo. El camino ha sido extenso y lleno de incertidumbres. El cumplimiento de la orden recibida del patrón, los ha llevado a largas noches de insomnio, atentos a la menor noticia buscada.
En la curva del Saladillo, cercana a Coronel Suárez, los encontraron en una tapera.
El patrón recibe del capataz Ramírez un pequeño bolso; los dos se saludan con un fuerte apretón de manos. Éste, lo mira con fijeza; los surcos polvorientos de su frente, muestran trazas de haber cumplido. El patrón alarga el apretón al entender, que todo estaba resuelto. Le pasa la mano por el hombro y susurra un gracias, profundo, que paga con creces cualquier esfuerzo realizado por Ramírez y los otros hombres. Pero el costo ha sido grande y se refleja en el capataz.
Ambos entran a la sala principal del casco. Se sientan enfrentados.
Con torpe rapidez, el patrón desata las correas del bolso. Saca con cuidada angustia un par de negras trenzas con manchas rojizas. Las aprieta sobre su pecho. Surge desde su alma un grito pasional, que lo desfallece. Los recuerdos lo asedian y su mirada refleja la intensidad del odio contenido y la revancha.
-¿Y a él?
-Lo dejé bien guardado detrás del monte de Las Ánimas. Nadie encontrará lo que dejé. Jamás se sabrá.
-¿Han vuelto todos? _No. Atado al tobiano traemos a mi hijo Romualdo. Se nos desangró por el camino- La respuesta, cargada de angustia, deambula en una sonora mudez. -No pudimos hacer nada. Fue un descuido; lo sorprendió el traidor; perdone patrón, él no le dio tiempo.
-Está bien, está bien, no hay nada para perdonar. Vení, acercate.
El abrazo profundo de los hombres electriza la escena. Huidizas lágrimas viajan empapando los surcos desandados y avisan de otras que habrá que contener.
-Vamos, Ramírez, te acompaño hasta tu casa. Habrá mucho que explicar a tu mujer y a tus otros hijos. Ambos hemos perdido uno y eran nuestra sangre, nuestra sangre.
En la casa del capataz, todos esperan.

El hombre flaco



Es la hora del informativo y los vecinos no salen de su asombro. En los corrillos de las calles del barrio, cada uno tiene su versión. Hay quiénes lo defienden y otros que lo acusan.

Ven por televisión sus propias caras junto a los sumideros de la esquina, analizando con algún desconocido periodista, sus conclusiones. Arreglan sus perfiles y sus peinados, por las dudas que las cámaras los enfoquen.
El locutor dramatiza: “Parte del cuerpo de la mujer fue encontrado sobre una mesa, con sus manos unidas y clavadas a la madera con un arma blanca de pequeñas dimensiones. El del hombre, a pocos pasos. Ambos sin vida La policía halló un sobre con dinero, una caja con una pequeña perrita y una carta para el hijo de ambos”.
-Siempre sospeché que eso iba a terminar mal. El hombre tuvo paciencia, pero al final...- arriesga una anciana arreglándose las ropas para la filmación.
Las otras vecinas acompañan el comentario y se intercambian detalles.
...
Hoy es día de visita. Su presencia precipita el ritmo de la casa.
El hombre, muy calvo, contenido en su flacura final, alarga su mano huesuda y casualmente la abandona sobre aquella mesa. La bruma que lo rodea se despeja con pereza y lo divisa.
Su hijo de diez años, se dibuja frente a él sin distraerse de la revisada que le hace al regalo recién recibido. Parece no atraerlo el obsequio pero no lo rechaza.
Presiente que cerca de ahí, la madre del pibe atiende otras cosas sin alejarse.
El hombre se escucha a sí mismo tratando de encausar alguna charla. -¿Cómo te va en el colegio?-pregunta al chico.
Éste descubre de reojo los gestos ásperos de su madre, y le contesta en voz baja:
-Todo bien-
-¿Tenés tareas?-indaga el padre.
-Pocas-
-Entonces... podríamos ir hasta la plaza y....
-No-grita la madre- y agrega con dureza: Nunca te lo permitiré, jamás irán.
-Deja que él decida si quiere... Lo tendré bien sujeto de su mano y no habrá peligro de...
-No. Se hace lo que yo digo y vos no tenés ningún derecho. Solo aprovechate de ésta hora que tenés para verlo y eso, no es lo que yo quisiese. Si no hubiese sido decisión de ese juez de mierda que cree que puede obligar a la gente a encontrarse , otra cosa sería. Así que esto se termina ahí. Si lo querés seguir viendo, aquí lo tenés.
¡Aquí lo tenés, aquí lo tenés! y todo le llega como una lejana econía sin voces ni luces. Unas manos muy blancas empapan sus labios con agua y se llevan el sudor de su frente.
Dos cuervos se posan en el quicio de la alta y blanca ventana; se picotean, mientras buscan el alimento que les ofrece la pared ojerosa.
El día se nubla. La mujer avisa que la hora ya termina, que pueden ir despidiéndose.
-No he visto a Luli, la perrita que te traje la semana pasada-
-Mamá la ató a la puerta de calle porque ensuciaba y alguien se la llevó-
El hombre mira con calidez al niño. Ve también a la mujer que parece distraída espiando por la ventana a otros que pasan. La mano flaca de él, está en el mismo lugar donde la había abandonado sobre la mesa. Un impalpable temblor lo estremece. Los dedos del niño rozan los suyos y sería la primera vez, en estos cinco años de visita, que pudiera sentirlos. El hombre ahora, solo ansía ese mínimo roce para escamotearle a esta muerte que sobrelleva, unos centavos de aliento.
Un lejano y postrero reproche le llega: -Y a vos te aviso, la próxima semana él no estará porque tiene una fiestita con sus amigos del colegio. Pero igual tendrás que traerme la mensualidad, sino, será difícil que puedas volver a verlo...
-Vamos nene-dice la madre- que la hora pasó y Robert nos espera para llevarnos al cine.

Otra vez le empapan inútilmente sus labios y se llevan el sudor de su frente.
El hombre flaco, sin tonos, se ha ido sin regresos.
Descubre después de estos cinco años de visita, que detrás de un pequeño vidrio ovalado, su hijo apoya su cara humedecida y sus manos , que se acercarán y se alejarán para siempre.
Es la hora del informativo...

lunes, 8 de junio de 2009

MANU


“Ser mujer y callar, son cosas incompatibles”
Tirso de Molina.

“Se es más fuerte que una mujer cuando se es más mujer que ella”
Claude Larcher




-Está bien, Manu, me equivoqué. Pensé que podías echarlo al olvido con el tiempo…
-Si eso creíste, Alfredo, tu error ha sido muy grueso. Cualquier argumento que esgrimas, no servirá de ninguna manera para convencerme. Y no me detendrás en hacerte escuchar todos los detalles que tengo sobre “ese asuntito” que está perturbando nuestras relaciones y que además se agrava aún más, cuando quieres darme explicaciones que nunca te he pedido y que, cuando más quieres aclarar se enturbia mucho más y que…
-Pero, Manu, te he dicho que reconozco que estuve equivocado y que…solo fue una mirada que duró un segundo…
-“Un segundo, un segundo”. Para mí fue toda una eternidad, una eternidad, una eternidad… Nada de reconocer la equivocación después de todo lo ocurrido…al fin y al cabo yo he sido la parte más perjudicada de los dos, y te crees que así nomás, olvidaré todos los agravios…y me ofendes cuando dices “un segundo nada más”…
-Pero si nunca te he agraviado, Manu, mi amor…
-Nada de “mi amor”, nada de Manu. Ahora, no sé si ya es tarde para poder recomponer nuestros afectos. Lo nuestro, ha resultado una opereta de claudicaciones y ante lo inevitable…siento que tal vez... ya no me quieres…
-Pero, Manu, si aún te quiero… como siempre… como la primera vez…
-No quiero escuchar más tus historias con las cuales quieres convencerme de todo lo contrario que yo pienso y pensaré toda mi sacrificada vida que he tirado a la basura para solo atenderte y atenderte, y atenderte, y atenderte…
Alfredo enjuga las transparencias que asoman vertiginosas en los ojillos enrojecidos de su pareja y la atrae hacia sí, presintiendo el abandono cariñoso que terminará con la batahola.
Un profundo abrazo sella las paces. Y el beso ansiado por ambos afirma en definitiva las nuevas esperanzas y quizás… anticipa las disculpas y el olvido “transitorio”.
Alfredo desliza con suavidad en los amados oídos una promesa.
Jamás, en el futuro, ningún “asuntito” de tonalidad rubia perturbará lo de ambos. Y agrega por fin.
-“Si hay algo que me enloquece, es que cada vez que arrancas, cada vez, eres más mujer, mi Manuelito”…



LUCY Y EL ANICETO


Lucy corre detrás de su mascota.
Por lo inusual de la especie, llama la atención de todos sus amiguitos.
Ella sigue detrás del Aniceto, tratando de sujetarle la colita, por toda la casa.
Desde el patio, su papá la ha llamado.
-Ya cumpliste los siete años y te he enseñado muchas cosas en la crianza de los bichos de la granja- le dice el padre Ahora sabés defenderte y actuar bien cuando es necesario. Desde que tu madre se fue para siempre, he tratado de protegerte y ayudarte. Ya estás en condiciones de cumplir con otras tareas.
Hoy vendrá el carnicero del pueblo a buscar lo prometido y te encargarás de atenderlo. Prepará los dos chanchitos y ponelos en una bolsa.
La orden, imprevista, sacude a Lucy. No comprende porqué su padre le pide sacrificar al Aniceto, que ella ha criado desde chiquito, desde que nació y que ha elegido como su mascota.
No hay reclamos que sean atendidos por el padre de Lucy, quién ya decidió la venta y se comprometió en la entrega. Y ella nunca desobedeció.
La niña va en busca de su faconcito de carnear, que tantas veces ha sido afilado por su papá, y que ha aprendido a utilizar como experta en gallinas y patos.
Los dos chanchitos, entre el griterío propio de la especie, ya se revuelcan en el piso.
La sangre que brota del Aniceto corre por el piso y en el abrazo final de Lucy, su propia vida se mezcla con los últimos chillidos de su mascota, uniendo sus destinos hacia el desagüe.