Jimeno Juárez
A Jimeno Juárez, el Marcado, la cicatriz le cubre desde la oreja derecha hasta el mentón. Imborrable, la señal es el recuerdo de aquella riña. La tarde del desencuentro, olvidó todos los consejos y se atrevió a desafiar a los Zabaleta. Éstos orilleros del Alto Verde santafesino eran conocidos como sanguinarios pendencieros y siempre lo toleraron.
Todos sabían que estaban enredados en amoríos con las hermanas del Marcado.
En el cruce de cuatro copas, el Jimeno se había envalentonado. No alcanzó a sospechar en su enajenación, las consecuencias. Éstas lo acosarían toda la vida.
El Marcado iba aquella tarde a los tumbos, agraviándolos. Los Zabaleta lo atajaron en el recodo del arroyo Claro. Sin darse cuenta, se llevó del lugar la agraviante filigrana en su cara y algún perdón. Éste le dolió más que los machetazos sedientos de rojos.
Pasaron varios años. La señal permanece allí. Recorriendo la mejilla del Marcado, alimenta el viejo encono. El espejo le devuelve la imagen de lo que siente ser: la de un cobarde irredento. Decidido a vengarse, calza el puñal más penetrante que sus manos han adulado. Un pequeño revólver se acomoda en su bota, con todas sus cargas de odio escarlata. Se oculta detrás de un viejo pino, en el mismo rincón de aquel arroyo. Los hermanos Zabaleta, llegan montando sus huesudos overos. Recorren el último tramo. Alrededor del árbol testigo, las parcas retozan zumbantes preparándose para acomodar sus cargas. El Marcado acaricia el cosido de su cara, repasándolo con la furia de lo irresuelto. Está esperando
martes, 22 de septiembre de 2009
EL ENCUENTRO
“Mi único heredero es el pueblo”
Perón
Esa mañana de invierno de mil novecientos cuarenta y tantos, no predisponía a transitar por las calles de Buenos Aires. El barrio del Abasto, algunos mates y la cercanía de una estufa de kerosén era preferible a caminar por la Plaza.
La invitación había viajado entre sus manos y la releyó una y otra vez, una y otra vez. Al fin se dijo: “Y bueno ché, si él quiere verme, será para algo importante. Y como andan los tiempos no es cuestión de negarse ante un par de botas”.
–Vení, Lepera, y prepará tus orejas que tengo que batirte algo.
...ciudad porteña de mi único querer...(1)
...
Las dos presencias y la solemne compostura, eran la imagen de la seriedad del lugar. A las puertas de la casa Rosada, cuidaban la entrada de curiosos sin misión.
Cuando vieron llegar a la figura, sus corazones latieron al ritmo del dos por cuatro.
Nunca supieron, cómo se mantuvieron firmes y no intentaron abrazarla.
Se quedaron para siempre con la ilusión de algún autógrafo. Cuando pasó entre ellos, el saludo que creyeron escuchar, los emocionó. “ Adiós... muchachos”....mi Buenos Aires querido
cuando yo te vuelva a ver...(2)
Luego desapareció entre los pasillos y ampulosos cortinados de la casa.
Su presencia allí, no había sido fácil de resolver para él. Sus relaciones con los caudillos conservadores de la época y sus canciones desgranadas en muchos de los comités de Balvanera, el bajo Flores, en los cafetines de la Recova o en los prostíbulos del Riachuelo, lo ubicaban en la vereda de enfrente.
...el farolito de la calle en que nací
fue centinela de mis noches de
amor...(3)
Ya estaba ante la puerta del despacho de quién lo había invitado. Lo atendió un secretario, quién sin preámbulos lo condujo ante su jefe.
-Perdón- dijo el Morocho- usted me invitó...
-Qué perdón ni perdón. Vení acá... dame un abrazo. En ésta década del cuarenta no es fácil abrazarme con alguien que está en el alma del pueblo. Vos sabés, Morocho, que por mi formación a veces me resulta un poco difícil... Y de los que me rodean...mejor ni hablar. Creo que el futuro de la Patria está en la sangre de los que andan por las calles, trabajando de sol a sol, y a quienes nadie atiende.
...mi Buenos Aires querida
tierra florida
donde mi vida, terminaré...(4)
-Pienso... como usted, mi Coronel.- alcanzó a balbucear el Morocho pensando que la cosa no estaba para contradecirlo.
-Aquí estoy jefe, usted dirá-
-Te convoqué porque creo que sos un artista en quién puedo confiar, por ahora. Necesito grabar una marchita que tengo dando vueltas por mi cabeza, que va a pasar de padres a hijos y de estos hijos a los suyos. Y ahí sí te veo, Carlitos, eternamente presente en el corazón del pueblo. No sé si vos podés, o querés....
-Sí, quiero mi Coronel. Pero le bato sinceramente, no puedo ni le conviene. Lo veo convencido de sus ideas, pero comprenda, yo tengo las mías y ando de aquí para allá entre los comités, entre los caudillos que quizás con usted....comprenderá y sabrá disculparme.
-Está bien. De ellos me ocuparé después. Pero por lo menos dame una mano, Morocho. Recomendame a alguien, del ambiente, de compañero a compañero...
-Está bien, mi compañero, digo... mi Coronel. Hay un cantante amigo, Hugo, que también es parte del ser popular y lo voy a chamuyar.
Sé como piensa él y le va a gustar la idea.
...en la cortada más maleva una canción
dice su ruego de coraje y de pasión...(5)
-Bueno, Zorzal, te lo acepto, no muy conforme , pero cada uno tiene que sostener sus convicciones y proceder de acuerdo a sus principios. Te agradezco la recomendación y mandame al muchacho.
una promesa
y un suspirar..(6)
-Algo más te voy a pedir, Morocho. Quiero que vengas más seguido a verme. No tengo muchas oportunidades de abrazar a gente del pueblo. Sabés cómo son las cosas de la política. Los gomías, como decís vos, no tienen memoria y así como te ponen arriba de un caballo en algún monumento, de la misma forma te tiran abajo y te escupen. Y no sabés en quién confiar, y menos en ningún compañero desviado que cree ser más que otro y se transforma en un oligarca.
Podés ir Carlitos. Que tengas suerte con tus caudillos.-
Al salir el Morocho de la casa, acomoda con una mano el ala de su sombrero, hace un firulete y promete frente a los granaderos:
...mi Buenos Aires
querido
cuando yo te vuelva a ver
no habrá mas penas
ni olvidos...(7)
...
Un ayudante se planta ante su jefe:-Mi Coronel, hay una Señora que quiere verlo por el asunto del terremoto. Dice llamarse María Eva. Es artista, de las populares, y usted andaba buscando...
...bajo su quieta lucecita yo la vi
a mi pebeta, luminosa como un
sol...(8)
...
El avión ha cruzado el Atlántico y a lo lejos, las candilejas dibujan a Buenos Aires.
El General, en su postrer regreso, rememora aquel encuentro con el Morocho. “Tenía razón cuando me recomendó a Hugo. Qué pena me causó lo del accidente en Medellín. Pronto nos vamos a reencontrar. Estoy regresando, muy cansado. Me siento morir. Deseo escuchar, aunque sea por última vez, la voz del pueblo”.
...mi Buenos Aires querido
cuando yo te vuelva a ver
no habrá más penas ni olvido...(9)
(1 al 9)
“Mi Buenos Aires Querido”
“Letra: Alfredo Lepera
“Música: Carlos Gardel
“Mi único heredero es el pueblo”
Perón
Esa mañana de invierno de mil novecientos cuarenta y tantos, no predisponía a transitar por las calles de Buenos Aires. El barrio del Abasto, algunos mates y la cercanía de una estufa de kerosén era preferible a caminar por la Plaza.
La invitación había viajado entre sus manos y la releyó una y otra vez, una y otra vez. Al fin se dijo: “Y bueno ché, si él quiere verme, será para algo importante. Y como andan los tiempos no es cuestión de negarse ante un par de botas”.
–Vení, Lepera, y prepará tus orejas que tengo que batirte algo.
...ciudad porteña de mi único querer...(1)
...
Las dos presencias y la solemne compostura, eran la imagen de la seriedad del lugar. A las puertas de la casa Rosada, cuidaban la entrada de curiosos sin misión.
Cuando vieron llegar a la figura, sus corazones latieron al ritmo del dos por cuatro.
Nunca supieron, cómo se mantuvieron firmes y no intentaron abrazarla.
Se quedaron para siempre con la ilusión de algún autógrafo. Cuando pasó entre ellos, el saludo que creyeron escuchar, los emocionó. “ Adiós... muchachos”....mi Buenos Aires querido
cuando yo te vuelva a ver...(2)
Luego desapareció entre los pasillos y ampulosos cortinados de la casa.
Su presencia allí, no había sido fácil de resolver para él. Sus relaciones con los caudillos conservadores de la época y sus canciones desgranadas en muchos de los comités de Balvanera, el bajo Flores, en los cafetines de la Recova o en los prostíbulos del Riachuelo, lo ubicaban en la vereda de enfrente.
...el farolito de la calle en que nací
fue centinela de mis noches de
amor...(3)
Ya estaba ante la puerta del despacho de quién lo había invitado. Lo atendió un secretario, quién sin preámbulos lo condujo ante su jefe.
-Perdón- dijo el Morocho- usted me invitó...
-Qué perdón ni perdón. Vení acá... dame un abrazo. En ésta década del cuarenta no es fácil abrazarme con alguien que está en el alma del pueblo. Vos sabés, Morocho, que por mi formación a veces me resulta un poco difícil... Y de los que me rodean...mejor ni hablar. Creo que el futuro de la Patria está en la sangre de los que andan por las calles, trabajando de sol a sol, y a quienes nadie atiende.
...mi Buenos Aires querida
tierra florida
donde mi vida, terminaré...(4)
-Pienso... como usted, mi Coronel.- alcanzó a balbucear el Morocho pensando que la cosa no estaba para contradecirlo.
-Aquí estoy jefe, usted dirá-
-Te convoqué porque creo que sos un artista en quién puedo confiar, por ahora. Necesito grabar una marchita que tengo dando vueltas por mi cabeza, que va a pasar de padres a hijos y de estos hijos a los suyos. Y ahí sí te veo, Carlitos, eternamente presente en el corazón del pueblo. No sé si vos podés, o querés....
-Sí, quiero mi Coronel. Pero le bato sinceramente, no puedo ni le conviene. Lo veo convencido de sus ideas, pero comprenda, yo tengo las mías y ando de aquí para allá entre los comités, entre los caudillos que quizás con usted....comprenderá y sabrá disculparme.
-Está bien. De ellos me ocuparé después. Pero por lo menos dame una mano, Morocho. Recomendame a alguien, del ambiente, de compañero a compañero...
-Está bien, mi compañero, digo... mi Coronel. Hay un cantante amigo, Hugo, que también es parte del ser popular y lo voy a chamuyar.
Sé como piensa él y le va a gustar la idea.
...en la cortada más maleva una canción
dice su ruego de coraje y de pasión...(5)
-Bueno, Zorzal, te lo acepto, no muy conforme , pero cada uno tiene que sostener sus convicciones y proceder de acuerdo a sus principios. Te agradezco la recomendación y mandame al muchacho.
una promesa
y un suspirar..(6)
-Algo más te voy a pedir, Morocho. Quiero que vengas más seguido a verme. No tengo muchas oportunidades de abrazar a gente del pueblo. Sabés cómo son las cosas de la política. Los gomías, como decís vos, no tienen memoria y así como te ponen arriba de un caballo en algún monumento, de la misma forma te tiran abajo y te escupen. Y no sabés en quién confiar, y menos en ningún compañero desviado que cree ser más que otro y se transforma en un oligarca.
Podés ir Carlitos. Que tengas suerte con tus caudillos.-
Al salir el Morocho de la casa, acomoda con una mano el ala de su sombrero, hace un firulete y promete frente a los granaderos:
...mi Buenos Aires
querido
cuando yo te vuelva a ver
no habrá mas penas
ni olvidos...(7)
...
Un ayudante se planta ante su jefe:-Mi Coronel, hay una Señora que quiere verlo por el asunto del terremoto. Dice llamarse María Eva. Es artista, de las populares, y usted andaba buscando...
...bajo su quieta lucecita yo la vi
a mi pebeta, luminosa como un
sol...(8)
...
El avión ha cruzado el Atlántico y a lo lejos, las candilejas dibujan a Buenos Aires.
El General, en su postrer regreso, rememora aquel encuentro con el Morocho. “Tenía razón cuando me recomendó a Hugo. Qué pena me causó lo del accidente en Medellín. Pronto nos vamos a reencontrar. Estoy regresando, muy cansado. Me siento morir. Deseo escuchar, aunque sea por última vez, la voz del pueblo”.
...mi Buenos Aires querido
cuando yo te vuelva a ver
no habrá más penas ni olvido...(9)
(1 al 9)
“Mi Buenos Aires Querido”
“Letra: Alfredo Lepera
“Música: Carlos Gardel
lunes, 21 de septiembre de 2009
EL AVISO
El atardecer nace anunciando ocasos. Ambos niños han visto la luz hace siete meses. Están en distintos brazos. Distintas cunas, destinos inciertos.
Las madres, de aspecto humilde, de prolijo aseo, esperan la llegada del tren que las llevará lejos de éste infierno.
Cuando surgen las penumbras, un resplandor ilumina con suavidad el centro del pueblo. Comienzan los festejos con los cuales recuerdan los lugareños un nuevo aniversario de la fundación.
Las mujeres se encuentran casi solas con sus bebés en la estación.
Un desprevenido viajante de comercio apresura el regreso. Está también el jefe de la aherrumbrada estación del ferrocarril Norte.
Las mujeres se han sentado separadas en el único asiento que tiene el andén. Ambos bebés están inquietos. Es la hora del alimento. Satisfechos, recorren en los brazos que los acunan, en sentido contrario, el pequeño andén. Van y vienen varias veces. Van y vienen. Varias veces.
Al cruzarse, las madres apenas cambian algunas miradas. Acompañan el inminente sueño de sus hijos.
El resplandor en las cercanías de la estación se hace intenso. Se apresuran los actos festivos. El cielo enrojece. Luces de mil colores viborean.
Los recuerdos de ambas mujeres, como aquellas bengalas extraviadas, iluminan por momentos sus oscuras realidades.
Se cruzan otra vez. Cada una, ocupada en lo suyo. Apenas se rozan. Se acomodan en el banco de madera. La tensión dibuja surcos en sus entrecejos.
La luz que anticipa la llegada del tren, se distingue en el horizonte anochecido.
Acomodan sus bolsos y a sus bebés. Ansiosas se ponen de pié. Desean partir e intentar el olvido.
Entra corriendo Belisario al andén. Es el joven peón de la estancia de los Almada Gonza, los dueños de casi todo el pueblo. Les avisa a las dos mujeres que su patroncito estará por aquí, apenas terminen los actos y las bengalas. Quiere que lo esperen aquí. -Yo también se los pido- ruega el peón.
La llegada de los vagones iluminan la estación. Las sombras de los parantes del techo de tejas huyen por las paredes, fugando hasta quedar inquietas, con la última frenada de la máquina anhelante.
Con sus cargas, las dos madres suben con rapidez. Se sientan juntas. Compartirán el viaje, los pensamientos, la incertidumbre de sus destinos, pero ninguna palabra saldrá de sus labios durante el largo viaje. El tedio del repetido traque trac las adormece.
Lloran sus bebés. Ellas, se sobresaltan. Se acomodan. Los calman y preparan sus cosas. El traslado llega a su fin.
La terminal de la gran ciudad es una incierta promesa. Será “las narices” de un gran dragón calcinando esperanzas.
Bajan con pesadez del vagón.
En el anular de una de ellas refulge algún juramento olvidado. En el de la otra la descarnada realidad.
Recorren entre viajeros recién llegados el andén principal. Para otros, abrazos y reencuentros. Para ellas, la anticipada soledad.
Salen de la estación. La gran ciudad las tragará sin vómitos.
Tomarán distintas direcciones.
Están de espaldas. Son hermanas; jamás se han separado hasta ahora. Se alejan un paso. Se detienen. Giran. Se miran con tibieza y con gran congoja. Se abrazan. Por primera vez sienten la calidez del otro bebé. Y la frialdad del desencuentro definitivo.
Cada una por su camino, en la búsqueda de su propio destino.
Con decisión se apartan. Seguirán sus propias huellas. Dos madres; son hermanas y cada una con su bebé. Un solo padre y algún enamorado…
El amanecer sacude las últimas brillantinas de los festejos pueblerinos.
Al desierto andén del pueblo llega el patroncito con el peón Belisario. Revisan el lugar, gritando y a los tumbos.
Le pregunta al peón: -¿Les avisaste, como te dije...?- Sí, responde éste, bajando avergonzado la vista. -¿Y donde están, esas mierdas, que no cumplieron mis órdenes?- agrega en son de burla.
Belisario enmudece. La ira lo descubre en el recuerdo de lo que podría haber sido y ya no será. Rojas visiones danzan a su alrededor.
Los vapores de la noche los esclavizan.
Flamea con fuerza entre las rudas manos del peón un aguzado facón, dejando clavado un odio interminable en el pecho del patroncito.
Cae éste en el único asiento del andén, salpicado con su vida.
En el último jadeo, alcanza a reclamarle a Belisario: -”Te mandé...te ordené…que no te enamoraras.
¿Les avisaste…como te dije...carajo?
El atardecer nace anunciando ocasos. Ambos niños han visto la luz hace siete meses. Están en distintos brazos. Distintas cunas, destinos inciertos.
Las madres, de aspecto humilde, de prolijo aseo, esperan la llegada del tren que las llevará lejos de éste infierno.
Cuando surgen las penumbras, un resplandor ilumina con suavidad el centro del pueblo. Comienzan los festejos con los cuales recuerdan los lugareños un nuevo aniversario de la fundación.
Las mujeres se encuentran casi solas con sus bebés en la estación.
Un desprevenido viajante de comercio apresura el regreso. Está también el jefe de la aherrumbrada estación del ferrocarril Norte.
Las mujeres se han sentado separadas en el único asiento que tiene el andén. Ambos bebés están inquietos. Es la hora del alimento. Satisfechos, recorren en los brazos que los acunan, en sentido contrario, el pequeño andén. Van y vienen varias veces. Van y vienen. Varias veces.
Al cruzarse, las madres apenas cambian algunas miradas. Acompañan el inminente sueño de sus hijos.
El resplandor en las cercanías de la estación se hace intenso. Se apresuran los actos festivos. El cielo enrojece. Luces de mil colores viborean.
Los recuerdos de ambas mujeres, como aquellas bengalas extraviadas, iluminan por momentos sus oscuras realidades.
Se cruzan otra vez. Cada una, ocupada en lo suyo. Apenas se rozan. Se acomodan en el banco de madera. La tensión dibuja surcos en sus entrecejos.
La luz que anticipa la llegada del tren, se distingue en el horizonte anochecido.
Acomodan sus bolsos y a sus bebés. Ansiosas se ponen de pié. Desean partir e intentar el olvido.
Entra corriendo Belisario al andén. Es el joven peón de la estancia de los Almada Gonza, los dueños de casi todo el pueblo. Les avisa a las dos mujeres que su patroncito estará por aquí, apenas terminen los actos y las bengalas. Quiere que lo esperen aquí. -Yo también se los pido- ruega el peón.
La llegada de los vagones iluminan la estación. Las sombras de los parantes del techo de tejas huyen por las paredes, fugando hasta quedar inquietas, con la última frenada de la máquina anhelante.
Con sus cargas, las dos madres suben con rapidez. Se sientan juntas. Compartirán el viaje, los pensamientos, la incertidumbre de sus destinos, pero ninguna palabra saldrá de sus labios durante el largo viaje. El tedio del repetido traque trac las adormece.
Lloran sus bebés. Ellas, se sobresaltan. Se acomodan. Los calman y preparan sus cosas. El traslado llega a su fin.
La terminal de la gran ciudad es una incierta promesa. Será “las narices” de un gran dragón calcinando esperanzas.
Bajan con pesadez del vagón.
En el anular de una de ellas refulge algún juramento olvidado. En el de la otra la descarnada realidad.
Recorren entre viajeros recién llegados el andén principal. Para otros, abrazos y reencuentros. Para ellas, la anticipada soledad.
Salen de la estación. La gran ciudad las tragará sin vómitos.
Tomarán distintas direcciones.
Están de espaldas. Son hermanas; jamás se han separado hasta ahora. Se alejan un paso. Se detienen. Giran. Se miran con tibieza y con gran congoja. Se abrazan. Por primera vez sienten la calidez del otro bebé. Y la frialdad del desencuentro definitivo.
Cada una por su camino, en la búsqueda de su propio destino.
Con decisión se apartan. Seguirán sus propias huellas. Dos madres; son hermanas y cada una con su bebé. Un solo padre y algún enamorado…
El amanecer sacude las últimas brillantinas de los festejos pueblerinos.
Al desierto andén del pueblo llega el patroncito con el peón Belisario. Revisan el lugar, gritando y a los tumbos.
Le pregunta al peón: -¿Les avisaste, como te dije...?- Sí, responde éste, bajando avergonzado la vista. -¿Y donde están, esas mierdas, que no cumplieron mis órdenes?- agrega en son de burla.
Belisario enmudece. La ira lo descubre en el recuerdo de lo que podría haber sido y ya no será. Rojas visiones danzan a su alrededor.
Los vapores de la noche los esclavizan.
Flamea con fuerza entre las rudas manos del peón un aguzado facón, dejando clavado un odio interminable en el pecho del patroncito.
Cae éste en el único asiento del andén, salpicado con su vida.
En el último jadeo, alcanza a reclamarle a Belisario: -”Te mandé...te ordené…que no te enamoraras.
¿Les avisaste…como te dije...carajo?
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El cuento "EL AVISO" , obtuvo el Primer Premio en el certámen realizado por la ONG APAD, Asociación de Ayuda al Discapacitado de San Miguel, con motivo de su Trigésimo Aniversario durante el año 2007.
La traición
En la quietud del reverberar de la llanura pampeana, se adelantan al ocaso los peones de la estancia Tres Lunas.
Traen sudor y la mirada larga avizora la rancheada. Los caballos revolean sin compás los largos pelajes de sus colas. Al presentir la tierra conocida, parecen relámpagos queriendo besarla.
Las mujeres están a la espera de sus hombres, que regresan después de largas jornadas de aperos y dormitadas al sereno. Los pibes, se ocultan impacientes detrás de las polleras.
Los perros han salido al camino a recibir a sus amos.
La brisa de la primavera entibia la sangre. Ya se han alargado los brotes de trigales y ciruelos.
El patrón abandona el casco y revisa el látigo que siempre lo acompaña. Acomoda su ropa y sacude el polvo de sus botas. Divisa a su tropilla y un rictus de dudas lo domina.
Hacia el profundo oeste, los últimos vestigios dorados se pierden con lentitud; invaden otras llanuras y hacen crecer otros ocasos. Los jinetes se agigantan.
Todos esperan.
La expectativa se desvanece. El capataz se adelanta y desmonta. Su alazán está a las puertas de la fatiga total. Lo acerca a la aguada para refrescarlo. El camino ha sido extenso y lleno de incertidumbres. El cumplimiento de la orden recibida del patrón, los ha llevado a largas noches de insomnio, atentos a la menor noticia buscada.
En la curva del Saladillo, cercana a Coronel Suárez, los encontraron en una tapera.
El patrón recibe del capataz Ramírez un pequeño bolso; los dos se saludan con un fuerte apretón de manos. Éste, lo mira con fijeza; los surcos polvorientos de su frente, muestran trazas de haber cumplido. El patrón alarga el apretón al entender, que todo estaba resuelto. Le pasa la mano por el hombro y susurra un gracias, profundo, que paga con creces cualquier esfuerzo realizado por Ramírez y los otros hombres. Pero el costo ha sido grande y se refleja en el capataz.
Ambos entran a la sala principal del casco. Se sientan enfrentados.
Con torpe rapidez, el patrón desata las correas del bolso. Saca con cuidada angustia un par de negras trenzas con manchas rojizas. Las aprieta sobre su pecho. Surge desde su alma un grito pasional, que lo desfallece. Los recuerdos lo asedian y su mirada refleja la intensidad del odio contenido y la revancha.
-¿Y a él?
-Lo dejé bien guardado detrás del monte de Las Ánimas. Nadie encontrará lo que dejé. Jamás se sabrá.
-¿Han vuelto todos? _No. Atado al tobiano traemos a mi hijo Romualdo. Se nos desangró por el camino- La respuesta, cargada de angustia, deambula en una sonora mudez. -No pudimos hacer nada. Fue un descuido; lo sorprendió el traidor; perdone patrón, él no le dio tiempo.
-Está bien, está bien, no hay nada para perdonar. Vení, acercate.
El abrazo profundo de los hombres electriza la escena. Huidizas lágrimas viajan empapando los surcos desandados y avisan de otras que habrá que contener.
-Vamos, Ramírez, te acompaño hasta tu casa. Habrá mucho que explicar a tu mujer y a tus otros hijos. Ambos hemos perdido uno y eran nuestra sangre, nuestra sangre.
En la casa del capataz, todos esperan.
En la quietud del reverberar de la llanura pampeana, se adelantan al ocaso los peones de la estancia Tres Lunas.
Traen sudor y la mirada larga avizora la rancheada. Los caballos revolean sin compás los largos pelajes de sus colas. Al presentir la tierra conocida, parecen relámpagos queriendo besarla.
Las mujeres están a la espera de sus hombres, que regresan después de largas jornadas de aperos y dormitadas al sereno. Los pibes, se ocultan impacientes detrás de las polleras.
Los perros han salido al camino a recibir a sus amos.
La brisa de la primavera entibia la sangre. Ya se han alargado los brotes de trigales y ciruelos.
El patrón abandona el casco y revisa el látigo que siempre lo acompaña. Acomoda su ropa y sacude el polvo de sus botas. Divisa a su tropilla y un rictus de dudas lo domina.
Hacia el profundo oeste, los últimos vestigios dorados se pierden con lentitud; invaden otras llanuras y hacen crecer otros ocasos. Los jinetes se agigantan.
Todos esperan.
La expectativa se desvanece. El capataz se adelanta y desmonta. Su alazán está a las puertas de la fatiga total. Lo acerca a la aguada para refrescarlo. El camino ha sido extenso y lleno de incertidumbres. El cumplimiento de la orden recibida del patrón, los ha llevado a largas noches de insomnio, atentos a la menor noticia buscada.
En la curva del Saladillo, cercana a Coronel Suárez, los encontraron en una tapera.
El patrón recibe del capataz Ramírez un pequeño bolso; los dos se saludan con un fuerte apretón de manos. Éste, lo mira con fijeza; los surcos polvorientos de su frente, muestran trazas de haber cumplido. El patrón alarga el apretón al entender, que todo estaba resuelto. Le pasa la mano por el hombro y susurra un gracias, profundo, que paga con creces cualquier esfuerzo realizado por Ramírez y los otros hombres. Pero el costo ha sido grande y se refleja en el capataz.
Ambos entran a la sala principal del casco. Se sientan enfrentados.
Con torpe rapidez, el patrón desata las correas del bolso. Saca con cuidada angustia un par de negras trenzas con manchas rojizas. Las aprieta sobre su pecho. Surge desde su alma un grito pasional, que lo desfallece. Los recuerdos lo asedian y su mirada refleja la intensidad del odio contenido y la revancha.
-¿Y a él?
-Lo dejé bien guardado detrás del monte de Las Ánimas. Nadie encontrará lo que dejé. Jamás se sabrá.
-¿Han vuelto todos? _No. Atado al tobiano traemos a mi hijo Romualdo. Se nos desangró por el camino- La respuesta, cargada de angustia, deambula en una sonora mudez. -No pudimos hacer nada. Fue un descuido; lo sorprendió el traidor; perdone patrón, él no le dio tiempo.
-Está bien, está bien, no hay nada para perdonar. Vení, acercate.
El abrazo profundo de los hombres electriza la escena. Huidizas lágrimas viajan empapando los surcos desandados y avisan de otras que habrá que contener.
-Vamos, Ramírez, te acompaño hasta tu casa. Habrá mucho que explicar a tu mujer y a tus otros hijos. Ambos hemos perdido uno y eran nuestra sangre, nuestra sangre.
En la casa del capataz, todos esperan.
El hombre flaco
Es la hora del informativo y los vecinos no salen de su asombro. En los corrillos de las calles del barrio, cada uno tiene su versión. Hay quiénes lo defienden y otros que lo acusan.
Ven por televisión sus propias caras junto a los sumideros de la esquina, analizando con algún desconocido periodista, sus conclusiones. Arreglan sus perfiles y sus peinados, por las dudas que las cámaras los enfoquen.
El locutor dramatiza: “Parte del cuerpo de la mujer fue encontrado sobre una mesa, con sus manos unidas y clavadas a la madera con un arma blanca de pequeñas dimensiones. El del hombre, a pocos pasos. Ambos sin vida La policía halló un sobre con dinero, una caja con una pequeña perrita y una carta para el hijo de ambos”.
-Siempre sospeché que eso iba a terminar mal. El hombre tuvo paciencia, pero al final...- arriesga una anciana arreglándose las ropas para la filmación.
Las otras vecinas acompañan el comentario y se intercambian detalles.
...
Hoy es día de visita. Su presencia precipita el ritmo de la casa.
El hombre, muy calvo, contenido en su flacura final, alarga su mano huesuda y casualmente la abandona sobre aquella mesa. La bruma que lo rodea se despeja con pereza y lo divisa.
Su hijo de diez años, se dibuja frente a él sin distraerse de la revisada que le hace al regalo recién recibido. Parece no atraerlo el obsequio pero no lo rechaza.
Presiente que cerca de ahí, la madre del pibe atiende otras cosas sin alejarse.
El hombre se escucha a sí mismo tratando de encausar alguna charla. -¿Cómo te va en el colegio?-pregunta al chico.
Éste descubre de reojo los gestos ásperos de su madre, y le contesta en voz baja:
-Todo bien-
-¿Tenés tareas?-indaga el padre.
-Pocas-
-Entonces... podríamos ir hasta la plaza y....
-No-grita la madre- y agrega con dureza: Nunca te lo permitiré, jamás irán.
-Deja que él decida si quiere... Lo tendré bien sujeto de su mano y no habrá peligro de...
-No. Se hace lo que yo digo y vos no tenés ningún derecho. Solo aprovechate de ésta hora que tenés para verlo y eso, no es lo que yo quisiese. Si no hubiese sido decisión de ese juez de mierda que cree que puede obligar a la gente a encontrarse , otra cosa sería. Así que esto se termina ahí. Si lo querés seguir viendo, aquí lo tenés.
¡Aquí lo tenés, aquí lo tenés! y todo le llega como una lejana econía sin voces ni luces. Unas manos muy blancas empapan sus labios con agua y se llevan el sudor de su frente.
Dos cuervos se posan en el quicio de la alta y blanca ventana; se picotean, mientras buscan el alimento que les ofrece la pared ojerosa.
El día se nubla. La mujer avisa que la hora ya termina, que pueden ir despidiéndose.
-No he visto a Luli, la perrita que te traje la semana pasada-
-Mamá la ató a la puerta de calle porque ensuciaba y alguien se la llevó-
El hombre mira con calidez al niño. Ve también a la mujer que parece distraída espiando por la ventana a otros que pasan. La mano flaca de él, está en el mismo lugar donde la había abandonado sobre la mesa. Un impalpable temblor lo estremece. Los dedos del niño rozan los suyos y sería la primera vez, en estos cinco años de visita, que pudiera sentirlos. El hombre ahora, solo ansía ese mínimo roce para escamotearle a esta muerte que sobrelleva, unos centavos de aliento.
Un lejano y postrero reproche le llega: -Y a vos te aviso, la próxima semana él no estará porque tiene una fiestita con sus amigos del colegio. Pero igual tendrás que traerme la mensualidad, sino, será difícil que puedas volver a verlo...
-Vamos nene-dice la madre- que la hora pasó y Robert nos espera para llevarnos al cine.
Otra vez le empapan inútilmente sus labios y se llevan el sudor de su frente.
El hombre flaco, sin tonos, se ha ido sin regresos.
Descubre después de estos cinco años de visita, que detrás de un pequeño vidrio ovalado, su hijo apoya su cara humedecida y sus manos , que se acercarán y se alejarán para siempre.
Es la hora del informativo...
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