viernes, 17 de septiembre de 2010

DESVELO /REVELADO/

Desvelo
/Revelado/


Ella prodiga sus poros,
/En el remanso de su mar bravío/
El la perfila, la transita,
/Recalando en los puertos de su alma/
Ella en su cercana lejanía,
/Adultera sus verdades/
El aviva sus prudencias,
/En el oleaje de sus quiebres/
Ella con ojos desgajados,
/Planea sobre el sol/
El enhebra tonos generosos,
/Traspapelado en las rondas/
Ella es plenitud,
/Entre líneas y arabescos/
El se desliza
/Sobornando a los enigmas de los planos/
Ella se revela en la proa, entre brumales
/Entre heraldos que vibran/
El timonea las sombras
/y vocifera en alta mar/
Ella se replica entre gélidos calores,
/Glamorosos y dantescos/
Ellos se entretejen
/Se Acompasan/
Los dos son el núcleo del secreto
/en la exaltación del sortilegio/
En los hechizos ocultos,
/Son el Amor Revelado/

miércoles, 21 de abril de 2010

Los gatos sobre el techo de cinc


Todos corean en aquel extraño pueblo, donde los inviernos juegan a congelar los techos de cinc, que suelen hacerlo. Que lo han hecho en todos los tiempos.
Las luciérnagas penden frígidas de sus colas. Perforan la noche con sus rayos oblicuos. Sus ardores dibujan las líneas que deja el gatón Abedul, en su viaje por el espacio.
Las cabriolas del blanco felino en la cruda noche, predicen el drama al horadar las huellas de la vieja ruta. Recorre la senda desde el borde del techo de cinc helado, hacia las hornallas de hierros incandescentes.
Sobre una mesada de madera, la abuela Aniceta prepara su receta de galletas caseras con chicharrones.
Mezcla sus escondidos ingredientes ocultándolos a miradas ajenas. Son adobos y colorantes secretos que le han llegado de sus ancestros. Va agregando los chicharrones haciendo cálculos invisibles
Amasa, amasa, amasa. Prepara sus galletas. Las pone con gran cuidado en las parrillas que están sobre las hornallas, mientras espía al gatón. Las volteretas de éste, las causan los intentos fallidos, tratando de regresar al techo. Los bramidos que espira en cada voltereta, no dejan dudas. Abedul, blanquísimo, con ojos amoratados, avizora como otras veces la alternativa de hacer un alto en el camino.
Aniceta da vueltas y vueltas las galletas caseras con chicharrones. Con esmero vigila el punto de cocción.
Regresa ahora a su tejido de croché. Desea hacer un abrigo para las noches de invierno.
Ni pestañea. Atisba de reojo la amenaza que significan sus gatos a la hora de cocinar.
Hambrientos, han fecundado la declaración de guerra de todos los vecinos, que responde a la permanente desaparición de todas las plumíferas del pueblo.
En diez cuadras a la redonda no quedó ni una rata. Ni gordas ni flacas, que terminen con la hambruna de todos aquellos sesenta y seis gatos, que son la propiedad más valiosa de Aniceta. Como una banda de predadores, sus viajes los llevan a nuevos horizontes.
Ésta noche, Aniceta ha decidido con firmeza defender sus galletas caseras con chicharrones.
El olor de la harina, humedecida con algunas extrañas grasas que usa para darle “aromas”, los tiene a todos ahí. Sobre el techo de cinc helado. A lo largo de todo el borde. Apoyando sus patas delanteras sobre la canaleta. Apretados. Sin intersticios, a punto de congelarse, en la última porción de las chapas.
Los ojos amoratados, de todo el resto de los gatos muy blancos, apuntan hacia el centro de la hornalla.
Abedul está a medio camino, ante el estupor de los que han quedado sobre la techumbre. Sorprendiendo a sus propios congéneres, ya está en la ruta hacia su objetivo. Es el jefe gato.
Se levanta la abuela de su sillón Tiene éste un asiento de paja amarillenta y lo ha tapado con un trapo oxidado. Abandona por el momento el adelantado tejido.
Mascullando, marcha hacia las hornallas. Estos imbéciles gatos- piensa- creerán que van a hacer lo mismo de siempre. Esta vez los amenaza. Hará lo que sea, para que algunos se transformen en galletas caseras de gatitos con chicharrones.
Remueve las encendidas brazas. Las alienta.
Descubre el nuevo intento de Abedul. Lo conoce muy bien. Sabe Aniceta, que es el adelantado de la horda. . Que es también quién anticipa la actividad de todos ellos. Que nunca actúa si no está convencido de que es el momento. También sabe que es imposible atajar al resto, en cuanto aquel dé la orden.
Distingue Aniceta, con sus ennegrecidos ojos remarcados por la aureola que le dibuja el humo de las hornallas, que la cocción está lista.
Intuye que ha llegado el momento definitivo. Trata de adivinar en qué lugar del espacio se encuentra el gato.
Prepara su vieja escopeta de un tiro. La cerrazón de la noche no la ayuda. Piensa intentarlo, porque cree que destripándolo, el resto estará controlado.
Al fin podría tomar su sopa de caracú con menta, acompañada de galletas caseras con chicharrones.
No puede fallar. Pero la musaraña invade sus ojos. Le impide distinguir.
Sabe qué hará el gato, al llegar a cierto lugar de su ruta. Hoy no será diferente. Al estacionarse, casi sobre las hornallas, quedará suspendido de las telarañas que bajan desde Orión.
Orión es la única constelación que provocó la admiración de Aniceta en todos los tiempos de su vida. Por lo menos desde que la descubrió la noche en que cumplió sus primeros cien años.
Los vecinos la habían dejado sentada en el viejo sillón. Al sereno de un invierno como éste, sin su negro pañuelo. No recuerda cuantos calendarios han pasado mientras evoca, cómo los invitados se comían las galletas caseras con chicharrones que había preparado para aquella fiesta. Ellos la habían abandonado en aquel patio, con todos sus gatos. Con la música que sonaba para ensordecer a cualquiera.
En el Ecuador celeste, esa noche había descubierto la constelación.
Ahora, que tenía su negro pañuelo sobre su blanquísima cabeza, Orión le juega en contra. Favorece a la pandilla de gatos. Lo comprende con claridad.
En aquella red, está Abedul esperando el momento justo. Sujetado con sus cuatro patas, sus garras aprisionan las telarañas de Orión.
Aniceta descubre entre las sombras al animal que se hamaca sin apuro. Hace éste una especie de caída libre. Despliega las telarañas para calcular la distancia hasta las hornallas. A pesar del esfuerzo que hace, el jefe gato no logra acercarse a los hierros.
No estaba Aniceta segura de acertar el único tiro que tenía. Debía tomar todas las precauciones.
Apunta hacia lo alto. Aprieta con fuerza el gatillo. Este no responde. El no haber usado el arma desde el anterior cumpleaños, del que no recuerda si disparó o no, le juega una mala pasada.
Vislumbra que todo el resto del gaterío comprenderá que el gran peligro ha pasado. Sospecha que decididos, tomarán impulso cayendo al lado de Abedul, como siempre lo han hecho. Sujetándose de las telarañas, lograrán con el peso acumulado, acercarse a las galletas caseras con chicharrones. Ésta vez, Aniceta no cede. Se arroja sobre éstas, dispuesta a luchar hasta el final. Intenta salvarlas.
Choca en el camino con la cabeza de Abedul. Comienzan a caer los otros gatos que ayudan, sobre su huesudo cuerpo.
Observa entre brumas, que algunas de sus galletas, toman distintas direcciones hacia el congelado cañaveral que rodea su casa.
Calores intensos calcinan distintas partes del cuerpo de la anciana.
Los felinos la remolcan fuera de las hornallas, Tratan de aspirar los últimos resuellos de Aniceta. Le reclaman sus postreros hálitos de vida. Preparan el festín. Cada uno intenta escapar con su porción.
Protegiendo lo que queda de Aniceta, las suaves telarañas descienden envolviendo a la mujer. Por ellas baja Petro, su único compañero de toda la vida, a quién mucho extraña desde su anterior cumpleaños. Cuando descubrió aquella constelación.
Petro la toma entre sus fornidos brazos transparentes. La abriga con el pedazo de trapo oxidado que cubría la silla. Sujetados con firmeza a las telarañas, ambos ascienden hacia Orión.
A finalizar aquella fiesta inconclusa, de los primeros cien años de la Aniceta. Cuando ella amenazaba a todos sus gatos con la vieja escopeta de un solo tiro. Un disparo perdido en la noche impidió a Petro, cantarle en aquel cumpleaños la querida canción que tanto les gustaba. Ahora la entonarán juntos. Unidos esta vez en Orión.
El último que huye es Abedul, aprisionando entre sus fauces los ojos de Aniceta. Todos en aquel inhallable pueblo donde los inviernos suelen congelar los techos de cinc, que el jefe de los gatos blancos y los ojos amoratados, roba los ojos de su ama, cuando ésta se transforma en galleta casera con chicharrones.
Que lo han hecho siempre; que lo volverán a hacer eternamente.
En todos los tiempos.

martes, 20 de abril de 2010

PORTALES


Plaza, marzo de 1976.

La magia se oculta detrás de los portales de los tiempos por venir.
Ocultarse, envuelto en lo mágico, no asegura el resultado en el intento de torcer los tiempos.
Estamos de paso.
El ya está dispuesto. Ávida viene la res.
Los dos están dispuestos. El gladiador con sus banderillas al aire. El agónico Miura, raspilla la tierra con fuerza, hacia atrás, hacia atrás, hacia atrás. Tiene llagas irreparables. Fragua surcos con sus patas que recogerán su sangre y algo más. Simula estar entregado.
Prevenida para dar la cruzada final, la bestia asediada presiente que su enemigo está allí. Lo mira con firmeza, lo ve arrogante.
Están alertas adecuando sus armas para el asalto final, .
Los tres están alistados. También está el extravío de millares de cabezas, que vislumbra el tiempo final. Es un monstruo sediento, saliéndose de sus cuerpos acoplados, que se zarandean al compás de los estertores del toro. Desgañita desde las gradas sus profundidades para enervarlo. Las birretas al viento y muchas banderolas manchándose de sudor. Algunas pañoletas comienzan a cubrir faltantes. El aire es mezquino para las mil cabezas. Tratan de saquear a la vecina, que intenta hacer lo mismo. Sus miradas se topan y sus muecas recíprocas las reaniman.
Los cuatro están dispuestos. También está el Destino.
Serán esclavos sus tiempos a partir de este relámpago, de la señal grabada en los pergaminos de los arcanos de Troya.
Los cinco están dispuestos. También están las Moiras, alertando que sus designios se ejecuten. A todos han vigilado anhelantes, conociendo todos los instantes, y controlan que se desenvuelvan según lo establecido. Nada interferirá entre ellas y los hilos de la vida.
Los seis están preparados. También está la Magia.
Tapizada de banderillas y picas. Tratando de aprehender hasta el último rayo de sol que escapa del poniente.
Su estampa angustia a todos. Se ignora cuándo la Magia puede torcer el eje de una evidencia. La puesta en escena se descifra.
Los siete están prevenidos. Estoy ahí.
Saltando las cercas protectoras me acerco al Miura. Me repudia; quiero advertirle. Su visión, está enfocada en mis ropas llenas de sudores; me amenaza con avances que no serán flirteos y salto hacia atrás en una voltereta vertical
Voy en busca del torero que aparenta no verme. Mira hacia el frente y destina de reojo alguna pasada por el engendro de mil fauces que lo anima. No distingue contrastes ni tonalidades entre el toro y aquélla aberración que agita sus cuerpos. Estallan al unísono los aullidos que intentan hacer impostergable, el plasmar la orden imposible de evadir: ¡muerte, muerte, muerte!
Brinco al lado del monstruo facetado en mil gargantas tenebrosas. Nausean desde sus vísceras los retumbos que animan la feria. Trato de franquearlo; parecen muchos, es solo uno. Indivisible, fatal, y piso su cabeza.
Las Moiras divisan el lugar que invado en la trama. Sus atisbos me rebasan.
Soy incorpóreo, un ente en el espacio. Las veo menearse al compás de las cadencias que llegan de las gradas. Sujetas del arco iris que brota en las orillas del Río Plato, dan sueltas cárneas como las que daban, en las festividades, los Lacedemonios en honor de Apolo. Se alumbran y pulen las danzas tratando de alcanzar las cintas huidizas. Desmontan, derramando fluidos asfixiantes. Las vestiduras que las acicalan ruedan en reversa, y parecen darles mayor destreza. Converso en un dialecto que no comprendo. Ellas tampoco. Trato de eludirlas, sin concebir, cómo las tres repartidoras que son una, que han timado desde Esparta en muchas jergas extrañas, no se codeen con la que les hablo.
Cruel Destino. Sé que es inadmisible encorvar sus designios. Son aquellos que le hemos sentenciado durante nuestra vida en todos nuestros tiempos.
Él, sólo acata haciéndolos plasmar. Su camino peregrina milenarias huellas ocultas.
Deseo que difiera el epílogo. No responde a mi ebrio reclamo. Vuelve su vistazo hacia las gradas, examinando a la quimera cada vez más envenenada. Quizás se aventure a repasar lo establecido. A soportarme.
El Destino marca hacia las cercas del campo y me veo… ¡me veo brincándolas! Corro hacia el Miura; rodeo al torero. El matador trata de apartarse de mí. Se aísla.
Acomoda el toro su embestida postrera. Demando al Destino; sin respuesta corro por la arena, salto las cercas hacia las gradas. Me aventuro por entre el monstruo que me sofoca en sus pliegues, aullando que estoy de paso. ¡Estoy de paso! ¡Estoy de paso!
Su carcajeo por la intrusión del otro en la arena, lo han rebosado. Interpelo a las Moiras por el otro.
¡Y yo soy el otro¡

Los seis están listos. Me espolean apretándome cada uno con sus escudos contra las barreras. Me aherrojan y retoman su tarea inconclusa. Me revelo en el foco de la arena entre las amenazas de la bestia y las banderillas y las picas decididas, solo aullando.
Los seis me rodean. El Destino habla por todos – Has llegado a tiempo. Te esperábamos. Lo irrevocable se producirá.
El otro que era yo, y yo que era él, estábamos ahí. Desgarrados, torturados. Los punzones comienzan a penetrarme, cruzándose con las banderillas. La sangre del novillero, la del Miura, la mía, la del otro, las de todos los entes invisibles, fertiliza las trazas bosquejadas por el toro en la arena. Sólo atino a vociferar ¡Estoy de paso, estamos de paso!
El bufido del monstruo que habita en las gradas todo lo sosiega. El engendro se calcará acallando toda voz atormentada.
En ésta encrucijada del Destino habito al lado de la Magia.
Me oculto entre los pliegues de su cuerpo transparente. Flaqueamos ante el recelo de transitar hacia un laberinto irresuelto.
Su aureola me envuelve y atravesamos los portales de los tiempos por venir.