A Jimeno Juárez, el Marcado, la cicatriz le cubre desde la oreja derecha hasta el mentón. Imborrable, la señal es el brutal recuerdo de la antigua riña. La tarde del desencuentro, olvidó todos los consejos y se atrevió con desparpajo, a desafiar a los Zabaleta. Éstos orilleros del Alto Verde santafesino, que eran conocidos como sanguinarios pendencieros, siempre lo toleraron; todos sabían que estaban enredados en amoríos con las hermanas del Marcado
En el cruce de cuatro copas, el Jimeno se había envalentonado. No alcanzó a sospechar, en su enajenación, las consecuencias. Éstas lo acosarían toda la vida.
El Marcado iba aquella tarde a los tumbos, agraviándolos. Los Zabaleta lo atajaron en el recodo del arroyo Claro. Sin darse cuenta, se llevó del lugar la agraviante filigrana en su cara y algún perdón. Éste le dolió más que los machetazos sedientos de rojos.
Pasaron varios años. La señal permanece allí. Recorriendo la mejilla del Marcado, alimenta el viejo encono. El espejo le devuelve la imagen de lo que siente ser: la de un cobarde irredento. Decidido a vengarse, calza el puñal más penetrante que sus manos han adulado. Un pequeño revólver se acomoda en su bota, con todas sus cargas de odio escarlata. Se oculta detrás de un viejo pino, en el mismo rincón de aquel arroyo. Los hermanos Zabaleta, llegan montando sus huesudos overos. Recorren el último tramo. Alrededor del árbol testigo, las parcas retozan zumbantes preparándose para acomodar sus cargas. El Marcado acaricia el cosido de su cara, repasándolo con la furia de lo irresuelto.
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Mijael Ben Arieh
Mijael Ben Arieh
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