El silbato estridente de un invisible inspector, anuncia la salida del próximo tren hacia el norte.
Los pasajeros se acomodan en sus asientos.
Algunos duermen, anunciando los cansancios que la ciudad les metió hasta el hueserío. Las miradas que aún dan vueltas, no se encuentran , no quieren encontrarse con otras. No quieren.
Llevan bolsas que hoy regresan llenas de manoseos, saturando los pasillos y los portaequipajes.
Cuerpos sin raíces, acorralados entre la fatiga y el desengaño, sinfonía de imágenes fuera de foco, apretando a sus sombras contra los respaldos.
Los pibes juegan entre los bultos. Andan como las hojas sueltas del otoño, que se les viene encima.
Todos sueñan. Y esos sueños los arrojan al precipicio del desaliento. La ciudad los hizo arder, en la gran pira de cemento que siempre tiene preparada para los ilusos.
Les queda volver a sus pueblos, que han perdido hasta la antigua estación desde donde partieron.
Ruegan encontrar a la estancia que los sometía. Allí, por lo menos había alguna galleta y un plato flaco de sopa. Y treinta monedas al final de la quincena.
Aún despellejan esperancitas de estar en la nueva cosecha, e intentar de nuevo. Les quedan en sus pieles, pocos pedazos sin arrugas.
Varios tienen en sus bolsillos sin migas, estampitas de colores, a las cuales se encomendarán pidiendo otra ocasión de volver. Estos, serán los únicos que bajen en la terminal con algo de ánimo y saludarán a los paisanos que los reciban. A quién quiera escuchar, le escupirán que ha sido la gran experiencia y que regresan para descansar y juntar fuerzas.
Todos saben que han fracasado. Pero las culpan a ellas, a las traicioneras piedras, que ciegas se ponen delante de sus alpargatas. Solo hay que aprender a pegarles con fuerza. Si fuera posible, más de dos veces.
El sol del naciente, los golpeará sin prisa y bajarán sus cabezas sobre los campos ajenos.
En los galpones se entibiará el caracú. En sus corazones se arremolinarán los despojos.
El agua helada de la bomba, escarchará las caritas del piberío que caminará como antes, los cinco kilómetros hasta la escuela con sus tripas secas a buscar el mate cocido, “que de enseguro tendrá el maistro para todos”, dirá la abuela.
No hay comentarios:
Publicar un comentario