Compré una casa para mis ancianos padres, cercana a la ruta tres, por González Catán
Los fines de semana los visitaba, llegando por las noches y nunca a la misma hora, por seguridad.
Me ocurrió que al bajar del micro el último sábado, vi sombras furtivas que se escabullían por los costados de la calle del otro lado de la ruta y pensé lo peor.
No llevaba mucho dinero y esto a veces, enfurece a los maleantes.
Crucé con lentitud y muchas dudas. Al llegar al otro lado, salió a mi encuentro un muchacho vestido como el Zorro de las historietas, incluso con un sable en la mano.
Algo gritó el asaltante que no entendí, a causa del enorme antifaz que usaba el aspirante a ladrón.
De improviso, inicié una rauda huida de doscientos cincuenta metros por la ruta hacia la parada anterior, sin dejar de escuchar que alguien desde las sombras percutía tres veces un arma, que para mi felicidad, nunca disparó.
Batí un récord para llegar hasta la estación de servicio del kilómetro treinta y dos. Muy agitado arribé al lugar y comenté sobre lo sucedido, con un conocido que trabaja por las noches.
-No te preocupes, esto sucede muy seguido por acá. Aquí están mis amigos de la policía que te alcanzarán en su jeep hasta tu casa. La próxima vez, tendrás que tener más cuidado. Hay banditas sueltas por aquí...
Se acercó rápidamente un agente y al conocer los detalles del caso, me pidió que les permitiera acercarme hasta mi domicilio.
Me indicó que me ubicara en el asiento trasero. Lo hice y esperé.
Llegaron luego el mismo agente y un oficial. Por la ventanilla recibí la orden:-Negrito-me dijo sonriendo el agente-pagá el combustible que ya te llevamos. A estos nuevos ladroncitos los vamos a ir a buscar.-
Luego, encendieron con gran barullo la sirena del jeep.
Tuve que pagar con resignación la nafta y así, pude llegar sano y salvo a mi casa sin correr riesgos de “nuevos asaltos Express”.
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