Sus huellas impregnan vías ferroviarias oxidadas. Van a ninguna parte. Tienen un pasado. O varios pasados. Ellos son claramente invisibles, inexistentes.
Sus cabellos se ensortijan, no por su naturaleza, sino por su abandono. No recuerda la última vez que vistió algo decente.
Fue hace varios años cuando al pasar por Zárate en un camión, el chofer se detuvo en una estación de servicio a comer algo.
La dueña del bar la miró con curiosidad. Conocía desde hacía mucho al conductor y le hizo algunas señas sobre la compañía del día. –La encontré en la curva de Gómez. Me pidió que la alcanzara hasta el otro lado del puente de Brazo Largo y me apenó su estado. Mirá que la traje hasta aquí en la parte de atrás del camión entre los fardos de lino. Ni me la imaginaba sentada al lado mío. Y menos viniendo con el Gordo, que tiene el lema “no hay pan duro bajo una sábana”, y que no se atrevió a viajar con ella.
La dueña la llevó al baño. La ayudó en la higiene y a peinarse. Después la hizo entrar a un depósito que tenía en el fondo. Al rato volvió con ropas usadas en buen estado. El talle parecido de las mujeres facilitó el asunto. Cuando quiso darle las gracias a la mujer, ésta no se lo permitió.
–Yo sé lo que es pasar por tu situación y no poder comprar ningún trapo.
Y agregó:- Yo también pasé por lo mismo y lloré mucho tiempo hasta que me decidí a cortar mangas, achicar talles y aceptar de regalo lo que a otros les sobraba. Si querés quedarte algunos días, no hay problema.
Al mirarse al espejo, recuperó una pequeña parte de su dignidad. Comió lo que le trajeron, sola, allí en el depósito. Sin preguntas la dueña dejó a Marisol, la viajera desconocida para todos y fue atendiendo a los clientes del bar.
Cuando decidieron seguir con el viaje le avisaron. Se despidió de la dueña y le agradeció la oferta, pero su camino estaba más allá del puente.
Al aparecer en el salón, el Gordo se convenció de que había subestimado a la mujer y pensó que bien valía la pena viajar atrás con ella hasta cruzar el puente. Después de cambiar algunas frases, así viajaron hasta concluir el viaje.
La mujer bajó en Montecito. Les agradeció que la hayan alcanzado hasta ahí y el Gordo, lo que nunca, le pegó un beso de despedida.
Al otro hombre, el abrazo que le dio Marisol, tenía una calidez de adiós eterno.
Ahora Marisol, deambula pisando los durmientes del olvidado Urquiza, que como ella también van a ninguna parte.
Tratando a cada paso de hundir aún más dentro de los maderos uno a uno cada recuerdo, cada momento, cada una de sus vidas invisibles.
Nada espera más allá del fin de los tiempos, en dirección al Norte.
Sin norte.
Sus cabellos se ensortijan, no por su naturaleza, sino por su abandono. No recuerda la última vez que vistió algo decente.
Fue hace varios años cuando al pasar por Zárate en un camión, el chofer se detuvo en una estación de servicio a comer algo.
La dueña del bar la miró con curiosidad. Conocía desde hacía mucho al conductor y le hizo algunas señas sobre la compañía del día. –La encontré en la curva de Gómez. Me pidió que la alcanzara hasta el otro lado del puente de Brazo Largo y me apenó su estado. Mirá que la traje hasta aquí en la parte de atrás del camión entre los fardos de lino. Ni me la imaginaba sentada al lado mío. Y menos viniendo con el Gordo, que tiene el lema “no hay pan duro bajo una sábana”, y que no se atrevió a viajar con ella.
La dueña la llevó al baño. La ayudó en la higiene y a peinarse. Después la hizo entrar a un depósito que tenía en el fondo. Al rato volvió con ropas usadas en buen estado. El talle parecido de las mujeres facilitó el asunto. Cuando quiso darle las gracias a la mujer, ésta no se lo permitió.
–Yo sé lo que es pasar por tu situación y no poder comprar ningún trapo.
Y agregó:- Yo también pasé por lo mismo y lloré mucho tiempo hasta que me decidí a cortar mangas, achicar talles y aceptar de regalo lo que a otros les sobraba. Si querés quedarte algunos días, no hay problema.
Al mirarse al espejo, recuperó una pequeña parte de su dignidad. Comió lo que le trajeron, sola, allí en el depósito. Sin preguntas la dueña dejó a Marisol, la viajera desconocida para todos y fue atendiendo a los clientes del bar.
Cuando decidieron seguir con el viaje le avisaron. Se despidió de la dueña y le agradeció la oferta, pero su camino estaba más allá del puente.
Al aparecer en el salón, el Gordo se convenció de que había subestimado a la mujer y pensó que bien valía la pena viajar atrás con ella hasta cruzar el puente. Después de cambiar algunas frases, así viajaron hasta concluir el viaje.
La mujer bajó en Montecito. Les agradeció que la hayan alcanzado hasta ahí y el Gordo, lo que nunca, le pegó un beso de despedida.
Al otro hombre, el abrazo que le dio Marisol, tenía una calidez de adiós eterno.
Ahora Marisol, deambula pisando los durmientes del olvidado Urquiza, que como ella también van a ninguna parte.
Tratando a cada paso de hundir aún más dentro de los maderos uno a uno cada recuerdo, cada momento, cada una de sus vidas invisibles.
Nada espera más allá del fin de los tiempos, en dirección al Norte.
Sin norte.
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