domingo, 7 de junio de 2009

Era él, el Jacinto



Una noche de primavera del cincuenta y cuatro, me encontré con el Gordo Lucho. Le pregunté si hacía mucho que esperaba. Con su decir ocurrente me respondió:- Y... sí, un par de años.

El despertar de la luna llena visitaba los ventanales del barrio.
Jamás pensé que hubiese pasado tanto tiempo.
Estábamos anclados en la vieja esquina de Los Sordeaux, cercana a las oxidadas vías del tranway Lacroze de Bella Vista, en el desaparecido General Sarmiento.
Por momentos, Lucho y yo, miramos el ir y el venir de los vecinos, mientras salpicábamos nuestros recuerdos con las repetidas anécdotas del piberío de nuestra época.
¿Recordás al flaco Antonio? Trajo Lucho el recuerdo de aquel pibe que se nos fue para siempre en un accidente de tren. ¿Y de la “gatita” Flori? agregó... - No, no... mejor no la nombremos, dejemos eso para otro momento-
Vimos salir con su bolsita de residuos a la Maricarmen. Observó con temor ambos lados de la vereda arbolada. Miró hacia nosotros. Parecía no vernos. Fuimos compañeros de la primaria. La saludamos; no tuvimos respuesta.
Dejó ubicada la bolsa al pie del viejo árbol y encaró de nuevo para su zaguán apenas iluminado.
Flacucha, encorvada, la Maricarmen va para los ochenta. Muy pálida, cuida a su “viejito” que no se mueve de la cama. Los achaques los tienen a mal traer.
Antes de regresar a su casa, una sombra que se acercaba, la paralizó. Nos miró la Maricarmen sin vernos. Volvió a dirigir sus ojos hacia aquella sorpresiva e incorpórea presencia. Nos pusimos en guardia. Quizás necesite de nuestra ayuda.
La figura que está llegando es la de un hombre. Cuando estuvo junto a nuestra amiga, nos pareció oír con claridad, que la llamaba por su apodo y le deslizó un piropo. Las nuevas sombras nos impedían verlo bien. No supimos por qué, pero los detalles nos tranquilizaron.
Algo en su andar inmaterial y en su decir nos trajo viejas evocaciones. Lucho se sobresaltó.
-¿No es... el Jacinto? preguntó por lo bajo.
–Vos estás muy loco-le dije- si ya van para catorce años desde que...
No me dejó completar. Agregó exaltado: -Es él y no me retracto. No sé cómo, pero es él. Es él- concluyó en forma desafiante. -Nadie nos creerá-
Insiste Lucho -¿Te acordás de los amores del Jacinto y la Maricarmen, cuando éramos chicos? ¿Y cómo terminaron al descubrirlos el padre de ella, corriéndolo a los tiros por la Ricchieri?
La piba nunca dejó de amarlo.
Nuestras miradas se depositaron en la pareja. Los vimos cuando se abrazaron. Casi llorando, la mujer pareció recibir un beso interminable. Se despidieron con la promesa de una nueva cita.
La sutil figura vino hacia nosotros. Lucho y yo, estábamos de acuerdo. Era él. Hacía tanto que no lo veíamos. Pero era él. “Era él”
Pasó junto a nosotros. Creímos escuchar “Adiós, la barra”, con su decir conocido También el tintinear de su recordado silbido entonando un pegadizo vals de Canaro.
Llegó a la esquina. Dio en el aire varias vueltas saltando alrededor del viejo buzón descascarado de Correos. Alcanzó a depositar una perfumada e invisible carta.
Silbando bajito, el Jacinto se disolvió por el pasillo que desemboca en la ochava de Las Ánimas.
La luna dejó de ser nuestra cómplice.
Me despedí del Lucho, con la promesa de no dejar pasar tanto tiempo para el reencuentro.

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