La traición
En la quietud del reverberar de la llanura pampeana, se adelantan al ocaso los peones de la estancia Tres Lunas.
Traen sudor y la mirada larga avizora la rancheada. Los caballos revolean sin compás los largos pelajes de sus colas. Al presentir la tierra conocida, parecen relámpagos queriendo besarla.
Las mujeres están a la espera de sus hombres, que regresan después de largas jornadas de aperos y dormitadas al sereno. Los pibes, se ocultan impacientes detrás de las polleras.
Los perros han salido al camino a recibir a sus amos.
La brisa de la primavera entibia la sangre. Ya se han alargado los brotes de trigales y ciruelos.
El patrón abandona el casco y revisa el látigo que siempre lo acompaña. Acomoda su ropa y sacude el polvo de sus botas. Divisa a su tropilla y un rictus de dudas lo domina.
Hacia el profundo oeste, los últimos vestigios dorados se pierden con lentitud; invaden otras llanuras y hacen crecer otros ocasos. Los jinetes se agigantan.
Todos esperan.
La expectativa se desvanece. El capataz se adelanta y desmonta. Su alazán está a las puertas de la fatiga total. Lo acerca a la aguada para refrescarlo. El camino ha sido extenso y lleno de incertidumbres. El cumplimiento de la orden recibida del patrón, los ha llevado a largas noches de insomnio, atentos a la menor noticia buscada.
En la curva del Saladillo, cercana a Coronel Suárez, los encontraron en una tapera.
El patrón recibe del capataz Ramírez un pequeño bolso; los dos se saludan con un fuerte apretón de manos. Éste, lo mira con fijeza; los surcos polvorientos de su frente, muestran trazas de haber cumplido. El patrón alarga el apretón al entender, que todo estaba resuelto. Le pasa la mano por el hombro y susurra un gracias, profundo, que paga con creces cualquier esfuerzo realizado por Ramírez y los otros hombres. Pero el costo ha sido grande y se refleja en el capataz.
Ambos entran a la sala principal del casco. Se sientan enfrentados.
Con torpe rapidez, el patrón desata las correas del bolso. Saca con cuidada angustia un par de negras trenzas con manchas rojizas. Las aprieta sobre su pecho. Surge desde su alma un grito pasional, que lo desfallece. Los recuerdos lo asedian y su mirada refleja la intensidad del odio contenido y la revancha.
-¿Y a él?
-Lo dejé bien guardado detrás del monte de Las Ánimas. Nadie encontrará lo que dejé. Jamás se sabrá.
-¿Han vuelto todos? _No. Atado al tobiano traemos a mi hijo Romualdo. Se nos desangró por el camino- La respuesta, cargada de angustia, deambula en una sonora mudez. -No pudimos hacer nada. Fue un descuido; lo sorprendió el traidor; perdone patrón, él no le dio tiempo.
-Está bien, está bien, no hay nada para perdonar. Vení, acercate.
El abrazo profundo de los hombres electriza la escena. Huidizas lágrimas viajan empapando los surcos desandados y avisan de otras que habrá que contener.
-Vamos, Ramírez, te acompaño hasta tu casa. Habrá mucho que explicar a tu mujer y a tus otros hijos. Ambos hemos perdido uno y eran nuestra sangre, nuestra sangre.
En la casa del capataz, todos esperan.
lunes, 21 de septiembre de 2009
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