Todos corean en aquel extraño pueblo, donde los inviernos juegan a congelar los techos de cinc, que suelen hacerlo. Que lo han hecho en todos los tiempos.
Las luciérnagas penden frígidas de sus colas. Perforan la noche con sus rayos oblicuos. Sus ardores dibujan las líneas que deja el gatón Abedul, en su viaje por el espacio.
Las cabriolas del blanco felino en la cruda noche, predicen el drama al horadar las huellas de la vieja ruta. Recorre la senda desde el borde del techo de cinc helado, hacia las hornallas de hierros incandescentes.
Sobre una mesada de madera, la abuela Aniceta prepara su receta de galletas caseras con chicharrones.
Mezcla sus escondidos ingredientes ocultándolos a miradas ajenas. Son adobos y colorantes secretos que le han llegado de sus ancestros. Va agregando los chicharrones haciendo cálculos invisibles
Amasa, amasa, amasa. Prepara sus galletas. Las pone con gran cuidado en las parrillas que están sobre las hornallas, mientras espía al gatón. Las volteretas de éste, las causan los intentos fallidos, tratando de regresar al techo. Los bramidos que espira en cada voltereta, no dejan dudas. Abedul, blanquísimo, con ojos amoratados, avizora como otras veces la alternativa de hacer un alto en el camino.
Aniceta da vueltas y vueltas las galletas caseras con chicharrones. Con esmero vigila el punto de cocción.
Regresa ahora a su tejido de croché. Desea hacer un abrigo para las noches de invierno.
Ni pestañea. Atisba de reojo la amenaza que significan sus gatos a la hora de cocinar.
Hambrientos, han fecundado la declaración de guerra de todos los vecinos, que responde a la permanente desaparición de todas las plumíferas del pueblo.
En diez cuadras a la redonda no quedó ni una rata. Ni gordas ni flacas, que terminen con la hambruna de todos aquellos sesenta y seis gatos, que son la propiedad más valiosa de Aniceta. Como una banda de predadores, sus viajes los llevan a nuevos horizontes.
Ésta noche, Aniceta ha decidido con firmeza defender sus galletas caseras con chicharrones.
El olor de la harina, humedecida con algunas extrañas grasas que usa para darle “aromas”, los tiene a todos ahí. Sobre el techo de cinc helado. A lo largo de todo el borde. Apoyando sus patas delanteras sobre la canaleta. Apretados. Sin intersticios, a punto de congelarse, en la última porción de las chapas.
Los ojos amoratados, de todo el resto de los gatos muy blancos, apuntan hacia el centro de la hornalla.
Abedul está a medio camino, ante el estupor de los que han quedado sobre la techumbre. Sorprendiendo a sus propios congéneres, ya está en la ruta hacia su objetivo. Es el jefe gato.
Se levanta la abuela de su sillón Tiene éste un asiento de paja amarillenta y lo ha tapado con un trapo oxidado. Abandona por el momento el adelantado tejido.
Mascullando, marcha hacia las hornallas. Estos imbéciles gatos- piensa- creerán que van a hacer lo mismo de siempre. Esta vez los amenaza. Hará lo que sea, para que algunos se transformen en galletas caseras de gatitos con chicharrones.
Remueve las encendidas brazas. Las alienta.
Descubre el nuevo intento de Abedul. Lo conoce muy bien. Sabe Aniceta, que es el adelantado de la horda. . Que es también quién anticipa la actividad de todos ellos. Que nunca actúa si no está convencido de que es el momento. También sabe que es imposible atajar al resto, en cuanto aquel dé la orden.
Distingue Aniceta, con sus ennegrecidos ojos remarcados por la aureola que le dibuja el humo de las hornallas, que la cocción está lista.
Intuye que ha llegado el momento definitivo. Trata de adivinar en qué lugar del espacio se encuentra el gato.
Prepara su vieja escopeta de un tiro. La cerrazón de la noche no la ayuda. Piensa intentarlo, porque cree que destripándolo, el resto estará controlado.
Al fin podría tomar su sopa de caracú con menta, acompañada de galletas caseras con chicharrones.
No puede fallar. Pero la musaraña invade sus ojos. Le impide distinguir.
Sabe qué hará el gato, al llegar a cierto lugar de su ruta. Hoy no será diferente. Al estacionarse, casi sobre las hornallas, quedará suspendido de las telarañas que bajan desde Orión.
Orión es la única constelación que provocó la admiración de Aniceta en todos los tiempos de su vida. Por lo menos desde que la descubrió la noche en que cumplió sus primeros cien años.
Los vecinos la habían dejado sentada en el viejo sillón. Al sereno de un invierno como éste, sin su negro pañuelo. No recuerda cuantos calendarios han pasado mientras evoca, cómo los invitados se comían las galletas caseras con chicharrones que había preparado para aquella fiesta. Ellos la habían abandonado en aquel patio, con todos sus gatos. Con la música que sonaba para ensordecer a cualquiera.
En el Ecuador celeste, esa noche había descubierto la constelación.
Ahora, que tenía su negro pañuelo sobre su blanquísima cabeza, Orión le juega en contra. Favorece a la pandilla de gatos. Lo comprende con claridad.
En aquella red, está Abedul esperando el momento justo. Sujetado con sus cuatro patas, sus garras aprisionan las telarañas de Orión.
Aniceta descubre entre las sombras al animal que se hamaca sin apuro. Hace éste una especie de caída libre. Despliega las telarañas para calcular la distancia hasta las hornallas. A pesar del esfuerzo que hace, el jefe gato no logra acercarse a los hierros.
No estaba Aniceta segura de acertar el único tiro que tenía. Debía tomar todas las precauciones.
Apunta hacia lo alto. Aprieta con fuerza el gatillo. Este no responde. El no haber usado el arma desde el anterior cumpleaños, del que no recuerda si disparó o no, le juega una mala pasada.
Vislumbra que todo el resto del gaterío comprenderá que el gran peligro ha pasado. Sospecha que decididos, tomarán impulso cayendo al lado de Abedul, como siempre lo han hecho. Sujetándose de las telarañas, lograrán con el peso acumulado, acercarse a las galletas caseras con chicharrones. Ésta vez, Aniceta no cede. Se arroja sobre éstas, dispuesta a luchar hasta el final. Intenta salvarlas.
Choca en el camino con la cabeza de Abedul. Comienzan a caer los otros gatos que ayudan, sobre su huesudo cuerpo.
Observa entre brumas, que algunas de sus galletas, toman distintas direcciones hacia el congelado cañaveral que rodea su casa.
Calores intensos calcinan distintas partes del cuerpo de la anciana.
Los felinos la remolcan fuera de las hornallas, Tratan de aspirar los últimos resuellos de Aniceta. Le reclaman sus postreros hálitos de vida. Preparan el festín. Cada uno intenta escapar con su porción.
Protegiendo lo que queda de Aniceta, las suaves telarañas descienden envolviendo a la mujer. Por ellas baja Petro, su único compañero de toda la vida, a quién mucho extraña desde su anterior cumpleaños. Cuando descubrió aquella constelación.
Petro la toma entre sus fornidos brazos transparentes. La abriga con el pedazo de trapo oxidado que cubría la silla. Sujetados con firmeza a las telarañas, ambos ascienden hacia Orión.
A finalizar aquella fiesta inconclusa, de los primeros cien años de la Aniceta. Cuando ella amenazaba a todos sus gatos con la vieja escopeta de un solo tiro. Un disparo perdido en la noche impidió a Petro, cantarle en aquel cumpleaños la querida canción que tanto les gustaba. Ahora la entonarán juntos. Unidos esta vez en Orión.
El último que huye es Abedul, aprisionando entre sus fauces los ojos de Aniceta. Todos en aquel inhallable pueblo donde los inviernos suelen congelar los techos de cinc, que el jefe de los gatos blancos y los ojos amoratados, roba los ojos de su ama, cuando ésta se transforma en galleta casera con chicharrones.
Que lo han hecho siempre; que lo volverán a hacer eternamente.
En todos los tiempos.