Gocé a mi abuelo hasta que fue muy anciano.
Trabajador sin resuello. De una gran filosofía de vida; ése era “mi abuelo”.
En una oportunidad en que él trabajaba, fabricando un gran ropero de cuatro puertas, merodeaba yo por el taller con mis seis años recién cumplidos.
Apretaba con mi mano derecha, el martillo que me había regalado para mi cumpleaños.
Nunca fui más feliz que ese día, al descubrir el regalo de mi abuelo en la mesa que toda la familia reservaba para juntarlos en cada cumple.
No era del todo un martillo profesional, pero parecía “lo más extraordinario que nunca me hubieran regalado”.
El día del gran ropero, di vueltas con mi herramienta por la carpintería. Separé algunos clavitos de distintas medidas y los guardé en un bolsillo de mi pantalón.
La mirada del abuelo me persiguió por todos lados; él temió lo peor.
Yo tenía tendencia a clavar legiones de clavitos sobre su banco de carpintero, siguiendo una disposición desordenada, igual que mi fuga cuando él descubría el hecho.
Luego lo espiaba a la distancia, a través de una pequeña ventana y sonreía cuando lo veía mover la cabeza y comenzar a sacarlos con sus tenazas.
De todas maneras, con el martillo en la mano, había tomado una decisión irreversible: fabricaría mi ropero de cuatro puertas.
Cuando se enteró de mi proyecto, entre sonrisas, el abuelo me miró fijo, acarició mi cabeza y me dijo: “Si hay algo que aún me asombra, es ver cómo los jóvenes pueden decidir construir un ropero de cuatro puertas, sin considerar ambas caras del azar y sin pensar que tal vez necesiten vivir varias vidas para hacerlo. Tal vez, con buena suerte, una le alcanzará para completar la primera puerta. Las otras vidas tendrán que emplearlas en aprender cómo abrirla para ir a jugar”.
Y me dio la orden que recuerdo con gran admiración: “Vamos juntos con el primer clavo”.
Allí comencé a fabricar mi ropero de cuatro puertas. Tardé mucho tiempo para entender lo que me había dicho aquel día.
Una noche, después de muchos años, cuando ya no lo teníamos entre nosotros, regresó el abuelo en mis sueños y me pidió con dulzura, que aprendiera cómo se abría la primera puerta de aquel ropero, desde adentro, para saltar hacia la libertad. Gracias, abuelo.
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