lunes, 8 de junio de 2009

MANU


“Ser mujer y callar, son cosas incompatibles”
Tirso de Molina.

“Se es más fuerte que una mujer cuando se es más mujer que ella”
Claude Larcher




-Está bien, Manu, me equivoqué. Pensé que podías echarlo al olvido con el tiempo…
-Si eso creíste, Alfredo, tu error ha sido muy grueso. Cualquier argumento que esgrimas, no servirá de ninguna manera para convencerme. Y no me detendrás en hacerte escuchar todos los detalles que tengo sobre “ese asuntito” que está perturbando nuestras relaciones y que además se agrava aún más, cuando quieres darme explicaciones que nunca te he pedido y que, cuando más quieres aclarar se enturbia mucho más y que…
-Pero, Manu, te he dicho que reconozco que estuve equivocado y que…solo fue una mirada que duró un segundo…
-“Un segundo, un segundo”. Para mí fue toda una eternidad, una eternidad, una eternidad… Nada de reconocer la equivocación después de todo lo ocurrido…al fin y al cabo yo he sido la parte más perjudicada de los dos, y te crees que así nomás, olvidaré todos los agravios…y me ofendes cuando dices “un segundo nada más”…
-Pero si nunca te he agraviado, Manu, mi amor…
-Nada de “mi amor”, nada de Manu. Ahora, no sé si ya es tarde para poder recomponer nuestros afectos. Lo nuestro, ha resultado una opereta de claudicaciones y ante lo inevitable…siento que tal vez... ya no me quieres…
-Pero, Manu, si aún te quiero… como siempre… como la primera vez…
-No quiero escuchar más tus historias con las cuales quieres convencerme de todo lo contrario que yo pienso y pensaré toda mi sacrificada vida que he tirado a la basura para solo atenderte y atenderte, y atenderte, y atenderte…
Alfredo enjuga las transparencias que asoman vertiginosas en los ojillos enrojecidos de su pareja y la atrae hacia sí, presintiendo el abandono cariñoso que terminará con la batahola.
Un profundo abrazo sella las paces. Y el beso ansiado por ambos afirma en definitiva las nuevas esperanzas y quizás… anticipa las disculpas y el olvido “transitorio”.
Alfredo desliza con suavidad en los amados oídos una promesa.
Jamás, en el futuro, ningún “asuntito” de tonalidad rubia perturbará lo de ambos. Y agrega por fin.
-“Si hay algo que me enloquece, es que cada vez que arrancas, cada vez, eres más mujer, mi Manuelito”…



LUCY Y EL ANICETO


Lucy corre detrás de su mascota.
Por lo inusual de la especie, llama la atención de todos sus amiguitos.
Ella sigue detrás del Aniceto, tratando de sujetarle la colita, por toda la casa.
Desde el patio, su papá la ha llamado.
-Ya cumpliste los siete años y te he enseñado muchas cosas en la crianza de los bichos de la granja- le dice el padre Ahora sabés defenderte y actuar bien cuando es necesario. Desde que tu madre se fue para siempre, he tratado de protegerte y ayudarte. Ya estás en condiciones de cumplir con otras tareas.
Hoy vendrá el carnicero del pueblo a buscar lo prometido y te encargarás de atenderlo. Prepará los dos chanchitos y ponelos en una bolsa.
La orden, imprevista, sacude a Lucy. No comprende porqué su padre le pide sacrificar al Aniceto, que ella ha criado desde chiquito, desde que nació y que ha elegido como su mascota.
No hay reclamos que sean atendidos por el padre de Lucy, quién ya decidió la venta y se comprometió en la entrega. Y ella nunca desobedeció.
La niña va en busca de su faconcito de carnear, que tantas veces ha sido afilado por su papá, y que ha aprendido a utilizar como experta en gallinas y patos.
Los dos chanchitos, entre el griterío propio de la especie, ya se revuelcan en el piso.
La sangre que brota del Aniceto corre por el piso y en el abrazo final de Lucy, su propia vida se mezcla con los últimos chillidos de su mascota, uniendo sus destinos hacia el desagüe.

La vasija sellada



-Cierra las puertas, Carmela. La corriente te hará daño y todos pagaremos por tu imprudencia.-
-Ya sabes lo que ocurrió con tu hermano. Y la familia tuvo que hipotecar lo que tenía para sacarlo del sanatorio. Todo por esas corrientes-.
Así le rezongaba la mamá a Carmela.
La niña no atendía los reclamos. A sus quince años, los calores propios de su edad hacían que no reparara en las consecuencias de soportar las corrientes del Oeste, que azotan al pueblo desde siempre y producen catarros. El hermano de Carmela-así le habían contado- sufrió en carne propia, cuando ella era muy chica, el ataque de esos ventarrones que durante el día traen cuarenta y cinco grados a la sombra y hasta sesenta en los descampados. Éste siempre vagaba cerca de las costas del río tratando de encontrar algún cacharro abandonado por los originarios de la zona.
Hace un tiempo había hallado en el recodo del sur una vasija sellada. Pensó que podía destruir el cierre allí mismo. Luego cambió de idea y resolvió ocultarla en la despensa.
A la mañana siguiente, sin poder dormir, corrió hasta el escondite.
Ese día el zonda arreciaba con toda su furia.
Sacó el joven la vasija hasta el patio interior y limó el lacre que la cerraba.
Al volcar el contenido en un cajoncito, la corriente se arremolinó dentro del mismo, levantando una espiral de arenilla que inundó las narices de Toribio, el hermano de Carmela.
Todo desapareció de la vista del muchacho y las visiones lo trastornaron de tal manera, que no pudo recuperarse.
Con un espantoso catarro lo internaron en el sanatorio del pueblo.
Nunca los médicos pudieron dar la razón de los males de Toribio y solo Anunciada, la curandera de la ribera pudo hacer que el muchacho se recuperara en parte. Durante mucho tiempo sufrió el hermano de Carmela, alucinaciones y pesadillas con nativos muertos o lacerados por antiguos conquistadores del lugar.
Toda la familia de Carmela descendía de algunos de éstos colonizadores y Anunciada dictaminó, que dentro de la vasija viajó a través del tiempo alguna maldición por esa sangre derramada y que fue liberada por Toribio, alcanzándole de lleno.
También en esa arenilla-aseguró a todos- se agitaban molidas las espinillas de los cactus venenosos del desierto.
El hermano de Carmela se fue a otros mundos entre frases incomprensibles y los ojos dando vueltas.
Nunca le contaron las razones de la muerte de su hermano y sí le arrojaron todas las culpas al zonda.
...
Carmela corre con agitación hacia el patio interior.
-Madre-grita- ven a ver este jarroncito que encontré junto al recodo. Ven, que lo abriremos las dos y sabremos que tiene dentro. Tal vez, mensajes de amor de algún enamorado que no conozco.
El terror domina a la madre de Carmela y un trueno sale de su pecho tratando de detener a la niña en su intento. Corre hacia ella y la alcanza en el mismo momento en que Carmela abre la vasija y un ventarrón se arremolina dentro de la misma, levantando una espiral de arenilla que inunda las narices de la madre.
Anunciada dictaminó después de que todo ocurriera como aquella vez, que Toribio había regresado a buscar a su madre.
Carmela viste desde hace muchos años ropa de luto. Vive rodeada de velas encendidas y las entradas de aire clausuradas. La anciana curandera es la única relación que tiene Carmela con el mundo exterior y hoy, festejarán los primeros doscientos años de vida de Anunciada.

domingo, 7 de junio de 2009

Fin de los tiempos



Sus huellas impregnan vías ferroviarias oxidadas. Van a ninguna parte. Tienen un pasado. O varios pasados. Ellos son claramente invisibles, inexistentes.
Sus cabellos se ensortijan, no por su naturaleza, sino por su abandono. No recuerda la última vez que vistió algo decente.
Fue hace varios años cuando al pasar por Zárate en un camión, el chofer se detuvo en una estación de servicio a comer algo.
La dueña del bar la miró con curiosidad. Conocía desde hacía mucho al conductor y le hizo algunas señas sobre la compañía del día. –La encontré en la curva de Gómez. Me pidió que la alcanzara hasta el otro lado del puente de Brazo Largo y me apenó su estado. Mirá que la traje hasta aquí en la parte de atrás del camión entre los fardos de lino. Ni me la imaginaba sentada al lado mío. Y menos viniendo con el Gordo, que tiene el lema “no hay pan duro bajo una sábana”, y que no se atrevió a viajar con ella.
La dueña la llevó al baño. La ayudó en la higiene y a peinarse. Después la hizo entrar a un depósito que tenía en el fondo. Al rato volvió con ropas usadas en buen estado. El talle parecido de las mujeres facilitó el asunto. Cuando quiso darle las gracias a la mujer, ésta no se lo permitió.
–Yo sé lo que es pasar por tu situación y no poder comprar ningún trapo.
Y agregó:- Yo también pasé por lo mismo y lloré mucho tiempo hasta que me decidí a cortar mangas, achicar talles y aceptar de regalo lo que a otros les sobraba. Si querés quedarte algunos días, no hay problema.
Al mirarse al espejo, recuperó una pequeña parte de su dignidad. Comió lo que le trajeron, sola, allí en el depósito. Sin preguntas la dueña dejó a Marisol, la viajera desconocida para todos y fue atendiendo a los clientes del bar.
Cuando decidieron seguir con el viaje le avisaron. Se despidió de la dueña y le agradeció la oferta, pero su camino estaba más allá del puente.
Al aparecer en el salón, el Gordo se convenció de que había subestimado a la mujer y pensó que bien valía la pena viajar atrás con ella hasta cruzar el puente. Después de cambiar algunas frases, así viajaron hasta concluir el viaje.
La mujer bajó en Montecito. Les agradeció que la hayan alcanzado hasta ahí y el Gordo, lo que nunca, le pegó un beso de despedida.
Al otro hombre, el abrazo que le dio Marisol, tenía una calidez de adiós eterno.
Ahora Marisol, deambula pisando los durmientes del olvidado Urquiza, que como ella también van a ninguna parte.
Tratando a cada paso de hundir aún más dentro de los maderos uno a uno cada recuerdo, cada momento, cada una de sus vidas invisibles.
Nada espera más allá del fin de los tiempos, en dirección al Norte.
Sin norte.

Era él, el Jacinto



Una noche de primavera del cincuenta y cuatro, me encontré con el Gordo Lucho. Le pregunté si hacía mucho que esperaba. Con su decir ocurrente me respondió:- Y... sí, un par de años.

El despertar de la luna llena visitaba los ventanales del barrio.
Jamás pensé que hubiese pasado tanto tiempo.
Estábamos anclados en la vieja esquina de Los Sordeaux, cercana a las oxidadas vías del tranway Lacroze de Bella Vista, en el desaparecido General Sarmiento.
Por momentos, Lucho y yo, miramos el ir y el venir de los vecinos, mientras salpicábamos nuestros recuerdos con las repetidas anécdotas del piberío de nuestra época.
¿Recordás al flaco Antonio? Trajo Lucho el recuerdo de aquel pibe que se nos fue para siempre en un accidente de tren. ¿Y de la “gatita” Flori? agregó... - No, no... mejor no la nombremos, dejemos eso para otro momento-
Vimos salir con su bolsita de residuos a la Maricarmen. Observó con temor ambos lados de la vereda arbolada. Miró hacia nosotros. Parecía no vernos. Fuimos compañeros de la primaria. La saludamos; no tuvimos respuesta.
Dejó ubicada la bolsa al pie del viejo árbol y encaró de nuevo para su zaguán apenas iluminado.
Flacucha, encorvada, la Maricarmen va para los ochenta. Muy pálida, cuida a su “viejito” que no se mueve de la cama. Los achaques los tienen a mal traer.
Antes de regresar a su casa, una sombra que se acercaba, la paralizó. Nos miró la Maricarmen sin vernos. Volvió a dirigir sus ojos hacia aquella sorpresiva e incorpórea presencia. Nos pusimos en guardia. Quizás necesite de nuestra ayuda.
La figura que está llegando es la de un hombre. Cuando estuvo junto a nuestra amiga, nos pareció oír con claridad, que la llamaba por su apodo y le deslizó un piropo. Las nuevas sombras nos impedían verlo bien. No supimos por qué, pero los detalles nos tranquilizaron.
Algo en su andar inmaterial y en su decir nos trajo viejas evocaciones. Lucho se sobresaltó.
-¿No es... el Jacinto? preguntó por lo bajo.
–Vos estás muy loco-le dije- si ya van para catorce años desde que...
No me dejó completar. Agregó exaltado: -Es él y no me retracto. No sé cómo, pero es él. Es él- concluyó en forma desafiante. -Nadie nos creerá-
Insiste Lucho -¿Te acordás de los amores del Jacinto y la Maricarmen, cuando éramos chicos? ¿Y cómo terminaron al descubrirlos el padre de ella, corriéndolo a los tiros por la Ricchieri?
La piba nunca dejó de amarlo.
Nuestras miradas se depositaron en la pareja. Los vimos cuando se abrazaron. Casi llorando, la mujer pareció recibir un beso interminable. Se despidieron con la promesa de una nueva cita.
La sutil figura vino hacia nosotros. Lucho y yo, estábamos de acuerdo. Era él. Hacía tanto que no lo veíamos. Pero era él. “Era él”
Pasó junto a nosotros. Creímos escuchar “Adiós, la barra”, con su decir conocido También el tintinear de su recordado silbido entonando un pegadizo vals de Canaro.
Llegó a la esquina. Dio en el aire varias vueltas saltando alrededor del viejo buzón descascarado de Correos. Alcanzó a depositar una perfumada e invisible carta.
Silbando bajito, el Jacinto se disolvió por el pasillo que desemboca en la ochava de Las Ánimas.
La luna dejó de ser nuestra cómplice.
Me despedí del Lucho, con la promesa de no dejar pasar tanto tiempo para el reencuentro.

sábado, 6 de junio de 2009

El regreso



El silbato estridente de un invisible inspector, anuncia la salida del próximo tren hacia el norte.
Los pasajeros se acomodan en sus asientos.
Algunos duermen, anunciando los cansancios que la ciudad les metió hasta el hueserío. Las miradas que aún dan vueltas, no se encuentran , no quieren encontrarse con otras. No quieren.
Llevan bolsas que hoy regresan llenas de manoseos, saturando los pasillos y los portaequipajes.
Cuerpos sin raíces, acorralados entre la fatiga y el desengaño, sinfonía de imágenes fuera de foco, apretando a sus sombras contra los respaldos.
Los pibes juegan entre los bultos. Andan como las hojas sueltas del otoño, que se les viene encima.
Todos sueñan. Y esos sueños los arrojan al precipicio del desaliento. La ciudad los hizo arder, en la gran pira de cemento que siempre tiene preparada para los ilusos.
Les queda volver a sus pueblos, que han perdido hasta la antigua estación desde donde partieron.
Ruegan encontrar a la estancia que los sometía. Allí, por lo menos había alguna galleta y un plato flaco de sopa. Y treinta monedas al final de la quincena.
Aún despellejan esperancitas de estar en la nueva cosecha, e intentar de nuevo. Les quedan en sus pieles, pocos pedazos sin arrugas.
Varios tienen en sus bolsillos sin migas, estampitas de colores, a las cuales se encomendarán pidiendo otra ocasión de volver. Estos, serán los únicos que bajen en la terminal con algo de ánimo y saludarán a los paisanos que los reciban. A quién quiera escuchar, le escupirán que ha sido la gran experiencia y que regresan para descansar y juntar fuerzas.
Todos saben que han fracasado. Pero las culpan a ellas, a las traicioneras piedras, que ciegas se ponen delante de sus alpargatas. Solo hay que aprender a pegarles con fuerza. Si fuera posible, más de dos veces.
El sol del naciente, los golpeará sin prisa y bajarán sus cabezas sobre los campos ajenos.
En los galpones se entibiará el caracú. En sus corazones se arremolinarán los despojos.
El agua helada de la bomba, escarchará las caritas del piberío que caminará como antes, los cinco kilómetros hasta la escuela con sus tripas secas a buscar el mate cocido, “que de enseguro tendrá el maistro para todos”, dirá la abuela.

El paco serpentea



En la guetovilla, final de fiesta.

El paco serpentea, hiere, reduce.

Las manos huesudas del aprendiz de Diler

están prestas a cobrar, tu perdida apuesta.



Te entrega la nada. Le entregas tu alma

Tu vida, Tus amores, Tus palmas.

recibes lo que siempre tendrás

vida quemadasinvida, la nada.




Autoengaño; al lacerarte

te ha sometido.

Y trocará tu último hálito, en un mortal sinsentido.



Tarde, descubres en la noche del displacer

la fina luz que al fin, no te salva.

En soledad, te hunde, te arrastra hacia el no-ser



La orden


Gocé a mi abuelo hasta que fue muy anciano.
Trabajador sin resuello. De una gran filosofía de vida; ése era “mi abuelo”.
En una oportunidad en que él trabajaba, fabricando un gran ropero de cuatro puertas, merodeaba yo por el taller con mis seis años recién cumplidos.
Apretaba con mi mano derecha, el martillo que me había regalado para mi cumpleaños.
Nunca fui más feliz que ese día, al descubrir el regalo de mi abuelo en la mesa que toda la familia reservaba para juntarlos en cada cumple.
No era del todo un martillo profesional, pero parecía “lo más extraordinario que nunca me hubieran regalado”.
El día del gran ropero, di vueltas con mi herramienta por la carpintería. Separé algunos clavitos de distintas medidas y los guardé en un bolsillo de mi pantalón.
La mirada del abuelo me persiguió por todos lados; él temió lo peor.
Yo tenía tendencia a clavar legiones de clavitos sobre su banco de carpintero, siguiendo una disposición desordenada, igual que mi fuga cuando él descubría el hecho.
Luego lo espiaba a la distancia, a través de una pequeña ventana y sonreía cuando lo veía mover la cabeza y comenzar a sacarlos con sus tenazas.
De todas maneras, con el martillo en la mano, había tomado una decisión irreversible: fabricaría mi ropero de cuatro puertas.
Cuando se enteró de mi proyecto, entre sonrisas, el abuelo me miró fijo, acarició mi cabeza y me dijo: “Si hay algo que aún me asombra, es ver cómo los jóvenes pueden decidir construir un ropero de cuatro puertas, sin considerar ambas caras del azar y sin pensar que tal vez necesiten vivir varias vidas para hacerlo. Tal vez, con buena suerte, una le alcanzará para completar la primera puerta. Las otras vidas tendrán que emplearlas en aprender cómo abrirla para ir a jugar”.
Y me dio la orden que recuerdo con gran admiración: “Vamos juntos con el primer clavo”.
Allí comencé a fabricar mi ropero de cuatro puertas. Tardé mucho tiempo para entender lo que me había dicho aquel día.
Una noche, después de muchos años, cuando ya no lo teníamos entre nosotros, regresó el abuelo en mis sueños y me pidió con dulzura, que aprendiera cómo se abría la primera puerta de aquel ropero, desde adentro, para saltar hacia la libertad. Gracias, abuelo.

Destino

EL DESTINO SE ESCONDE DETRÁS DE CADA PUERTO, DE CADA VENTANA, VIAJA CON NOSOTROS ADONDE VAMOS, ESCONDIDO ENTRE LOS PLIEGUES DE LAS MÁSCARAS QUE GASTAMOS.
ES UN PÁJARO QUE NOS ANUNCIA VISITAS O UN CUERVO QUE TE SACARÁ LOS OJOS Y TE IGUALARÁ CON BORGES, SIN SU TALENTO Y EN OTROS TIEMPOS.
ESTÁ EN NUESTRAS RAICES, EN NUESTRAS RAMAS, EN LA SAVIA QUE CORRE POR NUESTRAS ARTERIAS, EN LAS HOJAS QUE REVERDECEN, EN LAS FLORES QUE NOS ROBAN LAS TORMENTAS.
EN EL AGUA QUE NO BEBEMOS Y DEJAMOS CORRER.
EN LA PRESENCIA DE LA DIOSA OPORTUNIDAD A LA CUAL DEJAMOS ESCAPAR.
EN LA COMPAÑIA QUE ELEGIMOS PARA TODA LA VIDA O NO, EN LOS AMIGOS Y EN LOS ENEMIGOS, EN EL JARDÍN DONDE CUIDAMOS NUESTROS FRUTOS Y PERSEGUIMOS A LOS DEPREDADORES.
EN TODOS LOS QUE NOS ACOMPAÑARON Y YA NO ESTÁN Y EN TODOS LOS QUE ESTÁN Y NUNCA ESTUVIERON JUNTO A NOSOTROS.
EN TODAS LAS PALABRAS VOCIFERADAS, EN AQUELLAS QUE CALLAMOS PARA NO AGRAVIAR A QUIENES NOS HAN HERIDO Y EN ESAS QUE HUYEN DE NOSOTROS PARA HACER SANGRAR A QUIÉN NOS AMA.
EN TODAS LAS MOCHILAS QUE NOS HACEN TAMBALEAR, EN LOS CANSANCIOS, EN LAS ESPERAS, EN LOS DESENGAÑOS, EN LAS ESPERANZAS FRUSTRADAS, EN LOS MIEDOS Y EN LA INJUSTICIA.
EN LOS CAMINOS RECORRIDOS Y EN LAS SENDAS IGNORADAS.
EN LOS ABRAZOS OFRECIDOS Y EN LAS MANOS QUE NOS IGNORARON.
EN LOS LABIOS ENCONTRADOS Y EN LOS BESOS DESPRECIADOS.
EN TODOS LOS UMBRALES Y EN NINGUNO.
EN LOS LABERINTOS DE LOS CUALES ESCAPAMOS Y NO SABEMOS REGRESAR.

Y ESTÁ , IMPOSTERGABLE, INSCRIPTO EN LA PUERTA INVISIBLE QUE SE ABRIRÁ Y EN LA LUCIÉRNAGA TRANSPARENTE, QUE PREGUNTARÁ POR FIN, ¿AQUI VIVIÓ...?



Después de las nieves

El golpe fue brutal. La caída, luego de las volteretas en el aire sin poder controlar los esquíes, anunciaba la gravedad del momento.
La nieve, recibió el cuerpo con crueldad.
Hasta ese instante habían pasado los mejores días de sus vidas.
Gozaban estas vacaciones como las habían soñado. Era para ellos una despedida de sus solterías
Ahora, tendida a lo largo de la pista, su vida espiralaba dentro de un ciego túnel con brillos.
Copos recién nacidos, transitaban por sus mejillas.
Desesperado, su hombre solo atinaba a pedir auxilio, evitando moverla.
Ella no sentía ni sus piernas ni sus espaldas.
Él le limpió el rostro y puso las mejillas junto a esa piel tan amada, tratando de acercarle nueva vida.
La mujer lo miró e inútilmente hizo el postrer intento de incorporarse. Con ternura, ella le rogó que acercara sus oídos a sus labios y le hizo la recomendación que recordará siempre: -Amor, abrígate mucho, y cuando brille tu nuevo sol, no permitas que te invadan como a mí, todos los fríos, todos.

viernes, 5 de junio de 2009

Debajo de la cama



Sospecho que ellos se irán de viaje. Y yo quedaré solo, aquí.
Muchas veces tuve que sufrir las consecuencias de mi comportamiento durante la infancia.
Cosas de chicos, decían mis abuelos. Pero ella lo consideraba insoportable y yo, pagaba los platos rotos.
Y para mi padre,”su palabra”, era “santa palabra”.
Aunque dijese yo toda la verdad y nada más que la verdad, lo mío era inaceptable. Todo porque ya tenía ocho años y debía hacer lo que se me pedía, sin protestarle a mi madrastra.
Ella siempre esperaba a que regresara él, para comenzar a reclamarle por que yo no cumplía sus órdenes. Yo lo observaba desde las sombras del altillo cómo, cansado, bajaba la cabeza y oía con forzada paciencia su cacarear permanente.
Aún me persiguen los gritos que me atormentan.
Él ordenaba mi urgente presencia. Comenzaba a chillar por mi falta de respeto hacia ella y mis desobediencias. Y culminando el griterío me exigía ir hacia mi piecita, para que preparara una pequeña valija negra que tenía bajo la cama, con la cual me arrojaría en el primer internado que encontrara. Al principio lloraba con amarga desilusión mientras preparaba lo que llevaría.
Ponía mis cositas, tratando de no olvidar nada. Unos pares de media, algún calzoncillo, una toallita y otras cosas. Nunca olvidaba poner mi cepillo de dientes ni mi jabonera ni mi peine. También ponía una foto donde estábamos los tres juntos cuando éramos todos felices, en una fiesta en el colegio.
Perdí la cuenta de cuantas veces se repitió esta escena.
Sospecho que ellos se irán de viaje. Y yo quedaré solo, aquí.
Después, esperaba que viniera a buscarme, sin dejar de lloriquear al principio. Cuando llegaba la hora de la cena, entraba él a mi pieza.. Nunca ella. Y tenía que aguantarme el reclamo por todo lo que supuestamente había hecho mal en el día ó en la semana. Después de hacerme prometer que nunca más volvería yo, a tener mala conducta en la casa ni en ningún otro lado, terminaban sus retos y su amenaza de internarme. Yo corría hacia él y lo abrazaba para pedirle perdón y, lo único que recibía era un “vamos a la mesa”, jamás un abrazo. Nunca supe si era porque no quería mezclar en sus recuerdos lo vivido con mi madre o si se mostraba duro para no debilitar su imagen de padre inflexible.
...
Mañana cumplo diez años. Tengo todo preparado para festejarlo con todos mis compañeros del colegio. También vendrá mi maestra con sus felicitaciones por mi comportamiento. Presiento que seré un orgulloso hijo de mi padre.
Hace unos meses que tomo las amenazas de él con menos temor. Sé que nunca va a cumplirlas. De todas maneras siempre dejo preparada la valija negra con mis cositas , por las dudas, debajo de la cama.
Hoy me levanté muy temprano para terminar con los arreglos del patio donde festejaré mi cumple. Ya tengo todo preparado. Los abuelos me han ayudado bastante y se los agradeceré siempre.
Sospecho que ellos se irán de viaje. Y yo quedaré solo, aquí.
La fiesta fue todo un éxito. Vinieron todos los amiguitos y mis abuelos maternos se encargaron de todo.
Mis sospechas se confirmaron.
A la maestra y a todos los que preguntaban, les dije la verdad.
Ellos ya tenían organizado un viaje y a mí me daba lo mismo.
Solo quería que estuvieran los que invité. Eso me llenó de alegría.
Fue el mejor cumpleaños que tuve en mi vida.
Siempre sospeché que se irían de viaje. Y yo quedaría solo, aquí.
Cuando la fiesta terminó, limpiamos la casa y me preparé para pasar el fin de semana con mis abuelos. Saqué todo de la valija negra y puse los juegos que usaría y algunos de los regalos que me habían traído. También puse el libro de cuentos que me trajo la maestra.
Antes de irnos, fui hasta mi piecita y revisé debajo de la cama para saber que todo estaba en orden..
Después con gran cuidado guardé el frasco con lo que había quedado, en el estante de los venenos. Tendría tiempo todo el fin de semana para resolver lo del viaje definitivo.
...
Hoy cumpliré diez y ocho años y lo festejaré junto a mis abuelos. Los dos vendrán en el horario de las visitas con sus regalos de siempre.
Sospecho que ellos no irán de viaje a ningún lado.
Jamás volveré a sentirme solo.




Asalto Express



Compré una casa para mis ancianos padres, cercana a la ruta tres, por González Catán
Los fines de semana los visitaba, llegando por las noches y nunca a la misma hora, por seguridad.
Me ocurrió que al bajar del micro el último sábado, vi sombras furtivas que se escabullían por los costados de la calle del otro lado de la ruta y pensé lo peor.
No llevaba mucho dinero y esto a veces, enfurece a los maleantes.
Crucé con lentitud y muchas dudas. Al llegar al otro lado, salió a mi encuentro un muchacho vestido como el Zorro de las historietas, incluso con un sable en la mano.
Algo gritó el asaltante que no entendí, a causa del enorme antifaz que usaba el aspirante a ladrón.
De improviso, inicié una rauda huida de doscientos cincuenta metros por la ruta hacia la parada anterior, sin dejar de escuchar que alguien desde las sombras percutía tres veces un arma, que para mi felicidad, nunca disparó.
Batí un récord para llegar hasta la estación de servicio del kilómetro treinta y dos. Muy agitado arribé al lugar y comenté sobre lo sucedido, con un conocido que trabaja por las noches.
-No te preocupes, esto sucede muy seguido por acá. Aquí están mis amigos de la policía que te alcanzarán en su jeep hasta tu casa. La próxima vez, tendrás que tener más cuidado. Hay banditas sueltas por aquí...
Se acercó rápidamente un agente y al conocer los detalles del caso, me pidió que les permitiera acercarme hasta mi domicilio.
Me indicó que me ubicara en el asiento trasero. Lo hice y esperé.
Llegaron luego el mismo agente y un oficial. Por la ventanilla recibí la orden:-Negrito-me dijo sonriendo el agente-pagá el combustible que ya te llevamos. A estos nuevos ladroncitos los vamos a ir a buscar.-
Luego, encendieron con gran barullo la sirena del jeep.
Tuve que pagar con resignación la nafta y así, pude llegar sano y salvo a mi casa sin correr riesgos de “nuevos asaltos Express”.

EL LUNES QUE VIENE




La máquina resopla al llegar a uno de los catorce andenes de Constitución. El parlante oxidado anuncia algunos atrasos y la gente se atropella para bajar. Es lunes, el sol se despereza. La muchedumbre es un abanico que se abre sobre la ciudad que despierta. Sonámbulos salen en tropel hacia los cuatro vientos en busca de los transportes que los llevarán hasta sus rutinas de años. Al observar sus rostros los vemos bañados de cansancio, invadidos. Con estos pasajeros bajan, entre otros pibes, tres hermanos. Y su primera corrida los lleva a cada cual hasta los baños del hall. Ellos son el Pepe, de doce que parecen diez, su hermano Beto, de diez que parecen doce y la hermanita, la Vivi, de trece que parecen dieciséis.
Después, los tres se disparan hacia la plaza que los espera. Cada uno a su trabajo de toda la semana. Corriendo de un lado a otro. Abriendo puertas, llevando bultos de ancianas conocidas que siempre les traen algo. Juntando las monedas que los hará comer, hacen lo que sea, lo que sea, para agrandar los dineros que llevarán el viernes por la noche de regreso a su casa. Todo lo administra la Vivi. Ella sabe donde comprar lo que no se vende en todas partes y todo el mundo vende. Seductoras y mortales, algunas bolsas de polietileno donde traen su comida para el día servirán para esos menesteres, que todo el mundo mira y nadie ve. Ella controla muy bien esos gastos. Hay pegamentos que son baratos. El dueño de la ferretería de la calle Brasil le vende uno bueno al mejor precio; se lo pasa por debajo del mostrador mientras le aprieta un rato la mano a la Vivi.
A veces la Vivi no paga. Solo promete.
Al medio día cuando baja un poco la actividad, corren hasta el viejo árbol que los cobija y comen lo que la madre les preparó para el día. Después juegan un rato.
Un rato aspirando. Otro rato soltando partes de su vida.
Hasta reiniciar la actividad que los tendrá ocupado en el irvenir del reflujo de sedientos y hambrientos que regresan de sus trabajos; de parejas extrañas que toman los taxis que los llevará hasta algún hotel o vaya uno a saber en qué paredón misterioso dejarán sus huellas. Esos sí que dan buena propina. Quieren que los chicos cierren rápido las puertas y ellos saben cómo tenerlas abiertas hasta que llega lo que consideran que es lo justo.
Por la noche, el baño de las damas tiene un encargado, el Tito, que hace la limpieza general todos los miércoles. Deja usar a Vivi la ducha y le permite arreglarse cuando él cierra la puerta, mientras pasa el lampazo silbando bajito Taquito Militar. Cuando la Vivi que tiene trece que parecen dieciséis, termina con su aseo general y se está peinando, lo deja hacer. Ella también lo toquetea. Que es casi nada. Las manos huesudas del Tito la recorren de punta a punta. La Vivi solo promete. Sabe que se llevará no menos de treinta. Y ya tiene entrenados a sus hermanos para que golpeen la puerta cuando ella calcula que es el momento. Hoy fueron cuarenta, que los arrolla y los guarda con celo.
Los chicos que viven en la calle un rato y otro rato también, duermen en cualquier parte. Hoy es jueves y llovizna. Entonces sacan unos paraguas que guardan en el baño de hombres y acompañan a cualquiera hasta las paradas de colectivos o taxis. Esto aumenta la “recauda”, como la llaman entre ellos. Los jueves, después del trabajo del día, aprovechan el baño de los hombres de un bar cercano. Por la noche se cierra para la desinfección y el colorado Abel, que limpia el lugar, les permite lavarse y cambiarse algunas ropas. Los pibes ya retozan bajo las duchas. Saben que tienen un tiempo límite en los baños, para no comprometer al Colorado. La Vivi que tiene trece que parecen dieciséis está sentada sobre el mostrador para no mojar sus zapatillas. El Colorado la tiene ahí como desde hace muchos jueves. Ha terminado su trabajo, se acerca. De una cajita de cartón retira un sobre dorado y saca un condón. Pone el salón a media luz; la Fm se descuelga con Rodrigo. Conoce las condiciones que ha impuesto la Vivi, que promete otras cosas para más adelante. Por ahora eso y nada más. La Vivi sabe que de aquí, se llevará no menos de cuarenta. Hoy fueron cincuenta, que los arrolla y los guarda con celo.
Este viernes es un lindo día y aumentarán los ahorros. Ese día comerán unos choripanes y alguna gaseosa. Se acerca el regreso en el último tren. Corretean por la plaza que está llena de vivillos y putas arreglando sus asuntos.
Los hermanitos, con sus bolsitas que se inflan y se desinflan juegan a vivir otras vidas muertas que no vivieron y que nunca vivirán.
La noche ha llegado. Y los tres corren hasta el depósito de juguetes de la calle Cochabamba. El sereno Ramírez conoce del barrio a los chicos desde hace mucho tiempo. Vive al frente de la casa de ellos y frecuenta al padrastro que tienen.
Y los deja jugar y entretenerse hasta la hora de la salida del último tren. Siempre los acompaña en el regreso hasta la casa.
Los pibes están en la sección de juegos electrónicos del tercer piso.
Beto de diez que parecen doce, pregunta por la Vivi a su hermano Pepe de doce que parecen diez. –Dale- dice el Pepe-, vos sabés que a ella no le gusta jugar aquí y si viene solo es por nosotros Solo por nosotros. Sigamos jugando hasta que nos llame.
La Vivi que tiene trece que parecen dieciséis, está en el sótano, en el cuartucho del sereno. Ramírez retira de una cajita de cartón tres sobres con condones que los deja sobre una mesita. Todas las promesas que le estuvo haciendo la Vivi, hoy las cumplirá. No será su primera vez, pero con él presiente que le gustará hacerlo, siente que lo quiere y no como aquella en la que fue violada en su casa por…
Prefiere no pensar en eso.
De aquí se llevará no menos de cien, y cumple. Pero no con todo. Queda un sobre sin usar sobre la mesita. Y hoy son ciento cincuenta. Los arrolla y los guarda con celo. Luego se ducha. El sereno le regala un peluche para que lo lleve a su hermanita menor. Los cuatro van para la estación. Cruzan la plaza y enfilan para la entrada del Roca, ésta noche sin apuros.. Quizá puedan tomar el rápido y llegar más temprano. Todos van tomados de la mano. La Vivi, que se adelanta abrazada al peluche, entretenida con el muñeco no lo ve venir. Cruza la calle Brasil sin mirar, a pesar de que siempre prometió hacerlo.
Nadie ve al auto que ha pasado como un huracán, arrollando a la Vivi que tenía trece y que nunca tendrá dieciséis. El conductor del auto ha seguido su camino sin prestar ayuda. La Vivi, tirada sobre la calzada, aprieta contra su pecho el peluche. La gente se acerca. Un taxista que conoce a los chicos sube a la niña a su auto y decide llevarlos a todos hasta el Elizalde. Sin entender lo sucedido, el mundo se ha desplomado sobre los dos hermanos y el sereno Ramírez Éste, en el asiento delantero, la lleva en sus brazos y la abraza desperado, para tratar de reanimarla. Mil besos en las mejillas de Vivi son inútiles y nadie más que el taxista ve las calles por las que transitan hacia la verdad. La radio del taxi les escupe “Cambalache”.
En la sala de guardia los chicos reciben la ropa de Vivi y entre sollozos, descubren el dinero de la semana. Ramírez y el taxista agregan lo que tienen. Los hermanos llevarán todo a su casa y lo entregarán a su mamá. También llevan el peluche para la hermanita menor. Llegarán solos a contar lo sucedido.
A prepararse para volver con su hermanita Nati, que tiene once que parecen quince.
Cuando el sol se desperece.
El lunes que viene.

Amanecer acartonado


....amanece en los carros de basura...
Cortázar



Se desploma la noche sobre los carros de basura de todas las ciudades.
Ojos hambrientos penetran sus revoltijos. La rebelión que nace en las almas, será un vano intento de crear nuevas utopías que serán burladas , una y otra vez, una y otra vez...
Nadie alterará sus rutinas.
El calor que despiden los sobacos, crea brumas que tiñen la piel de los sobornadores de los carros pestilentes. Éstos, obligados a soltar las presas, postergarán por algunos segundos el final de aquellas vidas.
Los carros se dejan vencer. Los carroñeros brincan entonando aleluya por fugaces goces ventrales.
Jorobas envueltas en lonas, avanzan por el andén sobre las espaldas, hombros o cabezas de jóvenes ancianos, mujeres marchitas o pibes zombis. ..
Son los que parirán las próximas ollas en ciudades ocultas. Para muchos de ellos, el amanecer ha muerto hace varias vidas.
Todo está en perfecto desorden.
El dios de la luz, despierta, regurgitando las líneas que sirven de escape hacia la vida a los peatones amenazados por sombras apuradas.
Los flacos carros de basura consumaron su misión.
El amanecer revelará de nuevo a todos, aquellos ojos hambrientos...con menos luces... con menos esperanzas... con menos ganas... con más broncas acumuladas... con más hambre de todo... creyendo menos en vanas promesas.
Amanece.