lunes, 8 de junio de 2009

La vasija sellada



-Cierra las puertas, Carmela. La corriente te hará daño y todos pagaremos por tu imprudencia.-
-Ya sabes lo que ocurrió con tu hermano. Y la familia tuvo que hipotecar lo que tenía para sacarlo del sanatorio. Todo por esas corrientes-.
Así le rezongaba la mamá a Carmela.
La niña no atendía los reclamos. A sus quince años, los calores propios de su edad hacían que no reparara en las consecuencias de soportar las corrientes del Oeste, que azotan al pueblo desde siempre y producen catarros. El hermano de Carmela-así le habían contado- sufrió en carne propia, cuando ella era muy chica, el ataque de esos ventarrones que durante el día traen cuarenta y cinco grados a la sombra y hasta sesenta en los descampados. Éste siempre vagaba cerca de las costas del río tratando de encontrar algún cacharro abandonado por los originarios de la zona.
Hace un tiempo había hallado en el recodo del sur una vasija sellada. Pensó que podía destruir el cierre allí mismo. Luego cambió de idea y resolvió ocultarla en la despensa.
A la mañana siguiente, sin poder dormir, corrió hasta el escondite.
Ese día el zonda arreciaba con toda su furia.
Sacó el joven la vasija hasta el patio interior y limó el lacre que la cerraba.
Al volcar el contenido en un cajoncito, la corriente se arremolinó dentro del mismo, levantando una espiral de arenilla que inundó las narices de Toribio, el hermano de Carmela.
Todo desapareció de la vista del muchacho y las visiones lo trastornaron de tal manera, que no pudo recuperarse.
Con un espantoso catarro lo internaron en el sanatorio del pueblo.
Nunca los médicos pudieron dar la razón de los males de Toribio y solo Anunciada, la curandera de la ribera pudo hacer que el muchacho se recuperara en parte. Durante mucho tiempo sufrió el hermano de Carmela, alucinaciones y pesadillas con nativos muertos o lacerados por antiguos conquistadores del lugar.
Toda la familia de Carmela descendía de algunos de éstos colonizadores y Anunciada dictaminó, que dentro de la vasija viajó a través del tiempo alguna maldición por esa sangre derramada y que fue liberada por Toribio, alcanzándole de lleno.
También en esa arenilla-aseguró a todos- se agitaban molidas las espinillas de los cactus venenosos del desierto.
El hermano de Carmela se fue a otros mundos entre frases incomprensibles y los ojos dando vueltas.
Nunca le contaron las razones de la muerte de su hermano y sí le arrojaron todas las culpas al zonda.
...
Carmela corre con agitación hacia el patio interior.
-Madre-grita- ven a ver este jarroncito que encontré junto al recodo. Ven, que lo abriremos las dos y sabremos que tiene dentro. Tal vez, mensajes de amor de algún enamorado que no conozco.
El terror domina a la madre de Carmela y un trueno sale de su pecho tratando de detener a la niña en su intento. Corre hacia ella y la alcanza en el mismo momento en que Carmela abre la vasija y un ventarrón se arremolina dentro de la misma, levantando una espiral de arenilla que inunda las narices de la madre.
Anunciada dictaminó después de que todo ocurriera como aquella vez, que Toribio había regresado a buscar a su madre.
Carmela viste desde hace muchos años ropa de luto. Vive rodeada de velas encendidas y las entradas de aire clausuradas. La anciana curandera es la única relación que tiene Carmela con el mundo exterior y hoy, festejarán los primeros doscientos años de vida de Anunciada.

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