El atardecer nace anunciando ocasos. Ambos niños han visto la luz hace siete meses. Están en distintos brazos. Distintas cunas, destinos inciertos.
Las madres, de aspecto humilde, de prolijo aseo, esperan la llegada del tren que las llevará lejos de éste infierno.
Cuando surgen las penumbras, un resplandor ilumina con suavidad el centro del pueblo. Comienzan los festejos con los cuales recuerdan los lugareños un nuevo aniversario de la fundación.
Las mujeres se encuentran casi solas con sus bebés en la estación.
Un desprevenido viajante de comercio apresura el regreso. Está también el jefe de la aherrumbrada estación del ferrocarril Norte.
Las mujeres se han sentado separadas en el único asiento que tiene el andén. Ambos bebés están inquietos. Es la hora del alimento. Satisfechos, recorren en los brazos que los acunan, en sentido contrario, el pequeño andén. Van y vienen varias veces. Van y vienen. Varias veces.
Al cruzarse, las madres apenas cambian algunas miradas. Acompañan el inminente sueño de sus hijos.
El resplandor en las cercanías de la estación se hace intenso. Se apresuran los actos festivos. El cielo enrojece. Luces de mil colores viborean.
Los recuerdos de ambas mujeres, como aquellas bengalas extraviadas, iluminan por momentos sus oscuras realidades.
Se cruzan otra vez. Cada una, ocupada en lo suyo. Apenas se rozan. Se acomodan en el banco de madera. La tensión dibuja surcos en sus entrecejos.
La luz que anticipa la llegada del tren, se distingue en el horizonte anochecido.
Acomodan sus bolsos y a sus bebés. Ansiosas se ponen de pié. Desean partir e intentar el olvido.
Entra corriendo Belisario al andén. Es el joven peón de la estancia de los Almada Gonza, los dueños de casi todo el pueblo. Les avisa a las dos mujeres que su patroncito estará por aquí, apenas terminen los actos y las bengalas. Quiere que lo esperen aquí. -Yo también se los pido- ruega el peón.
La llegada de los vagones iluminan la estación. Las sombras de los parantes del techo de tejas huyen por las paredes, fugando hasta quedar inquietas, con la última frenada de la máquina anhelante.
Con sus cargas, las dos madres suben con rapidez. Se sientan juntas. Compartirán el viaje, los pensamientos, la incertidumbre de sus destinos, pero ninguna palabra saldrá de sus labios durante el largo viaje. El tedio del repetido traque trac las adormece.
Lloran sus bebés. Ellas, se sobresaltan. Se acomodan. Los calman y preparan sus cosas. El traslado llega a su fin.
La terminal de la gran ciudad es una incierta promesa. Será “las narices” de un gran dragón calcinando esperanzas.
Bajan con pesadez del vagón.
En el anular de una de ellas refulge algún juramento olvidado. En el de la otra la descarnada realidad.
Recorren entre viajeros recién llegados el andén principal. Para otros, abrazos y reencuentros. Para ellas, la anticipada soledad.
Salen de la estación. La gran ciudad las tragará sin vómitos.
Tomarán distintas direcciones.
Están de espaldas. Son hermanas; jamás se han separado hasta ahora. Se alejan un paso. Se detienen. Giran. Se miran con tibieza y con gran congoja. Se abrazan. Por primera vez sienten la calidez del otro bebé. Y la frialdad del desencuentro definitivo.
Cada una por su camino, en la búsqueda de su propio destino.
Con decisión se apartan. Seguirán sus propias huellas. Dos madres; son hermanas y cada una con su bebé. Un solo padre y algún enamorado…
El amanecer sacude las últimas brillantinas de los festejos pueblerinos.
Al desierto andén del pueblo llega el patroncito con el peón Belisario. Revisan el lugar, gritando y a los tumbos.
Le pregunta al peón: -¿Les avisaste, como te dije...?- Sí, responde éste, bajando avergonzado la vista. -¿Y donde están, esas mierdas, que no cumplieron mis órdenes?- agrega en son de burla.
Belisario enmudece. La ira lo descubre en el recuerdo de lo que podría haber sido y ya no será. Rojas visiones danzan a su alrededor.
Los vapores de la noche los esclavizan.
Flamea con fuerza entre las rudas manos del peón un aguzado facón, dejando clavado un odio interminable en el pecho del patroncito.
Cae éste en el único asiento del andén, salpicado con su vida.
En el último jadeo, alcanza a reclamarle a Belisario: -”Te mandé...te ordené…que no te enamoraras.
¿Les avisaste…como te dije...carajo?
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El cuento "EL AVISO" , obtuvo el Primer Premio en el certámen realizado por la ONG APAD, Asociación de Ayuda al Discapacitado de San Miguel, con motivo de su Trigésimo Aniversario durante el año 2007.
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