viernes, 27 de marzo de 2009

Jimeno Juarez, el Marcado



A Jimeno Juárez, el Marcado, la cicatriz le cubre desde la oreja derecha hasta el mentón. Imborrable, la señal es el brutal recuerdo de la antigua riña. La tarde del desencuentro, olvidó todos los consejos y se atrevió con desparpajo, a desafiar a los Zabaleta. Éstos orilleros del Alto Verde santafesino, que eran conocidos como sanguinarios pendencieros, siempre lo toleraron; todos sabían que estaban enredados en amoríos con las hermanas del Marcado
En el cruce de cuatro copas, el Jimeno se había envalentonado. No alcanzó a sospechar, en su enajenación, las consecuencias. Éstas lo acosarían toda la vida.
El Marcado iba aquella tarde a los tumbos, agraviándolos. Los Zabaleta lo atajaron en el recodo del arroyo Claro. Sin darse cuenta, se llevó del lugar la agraviante filigrana en su cara y algún perdón. Éste le dolió más que los machetazos sedientos de rojos.
Pasaron varios años. La señal permanece allí. Recorriendo la mejilla del Marcado, alimenta el viejo encono. El espejo le devuelve la imagen de lo que siente ser: la de un cobarde irredento. Decidido a vengarse, calza el puñal más penetrante que sus manos han adulado. Un pequeño revólver se acomoda en su bota, con todas sus cargas de odio escarlata. Se oculta detrás de un viejo pino, en el mismo rincón de aquel arroyo. Los hermanos Zabaleta, llegan montando sus huesudos overos. Recorren el último tramo. Alrededor del árbol testigo, las parcas retozan zumbantes preparándose para acomodar sus cargas. El Marcado acaricia el cosido de su cara, repasándolo con la furia de lo irresuelto.
Está esperando



Mijael Ben Arieh

Gatos sobre el techo de cinc helado




Todos corean en aquel extraño pueblo, donde los inviernos juegan a congelar los techos de cinc, que suelen hacerlo. Que lo han hecho en todos los tiempos. Que lo seguirán hacerlo.
Las luciérnagas penden frígidas de sus colas. Perforan la noche con sus rayos oblicuos. Sus ardores dibujan las líneas que deja el gatón Abedul, en su viaje por el espacio.
Las cabriolas del blanco felino en la cruda noche, predicen el drama al horadar las invisibles huellas de la vieja ruta. Recorre la senda desde el borde del techo de cinc helado, hacia las viejas hornallas de hierros incandescentes.
Sobre una arrumbada mesada de gruesa madera, la abuela Aniceta prepara su olvidada receta de galletas caseras con chicharrones.
Mezcla sus escondidos ingredientes ocultándolos a miradas ajenas. Son adobos y colorantes secretos que le han llegado de sus ancestros. Va agregando los chicharrones haciendo extraños cálculos invisibles
Amasa, amasa, amasa.
Por fin prepara sus galletas. Las pone con gran cuidado en las parrillas que están sobre las hornallas, mientras espía al gatón. Las volteretas de éste, las causan los intentos fallidos, tratando de regresar al techo. Los bramidos que espira en cada voltereta, no dejan dudas. Abedul, blanquísimo, con ojos amoratados, avizora como otras veces la alternativa de hacer un alto en el camino.
Aniceta da vueltas y vueltas las galletas caseras con chicharrones. Con esmero vigila el punto de cocción.
Regresa ahora a su tejido de croché. Desea hacer un buen abrigo para las frías noches de invierno.
Ni pestañea. Atisba de reojo la amenaza que significan sus gatos a la hora de cocinar.
Hambrientos desde hace tiempo, han fecundado la declaración de guerra de todos los vecinos, que responde a la permanente desaparición de todas las plumíferas del pueblo.
En diez cuadras a la redonda no quedó ni un flacucho ratón. Ni gordos ni flacos, que terminen con la hambruna de todos aquellos sesenta y seis gatos, que son la propiedad más valiosa de Aniceta. Como una gran banda de predadores, sus viajes los llevan a nuevos y más lejanos horizontes.
Ésta noche, Aniceta ha decidido con firmeza defender sus galletas caseras con chicharrones.
El olor de la harina humedecida con algunas extrañas grasas que usa para darle “aromas”, los tiene a todos ahí. Sobre el techo de cinc helado. A lo largo de todo el borde; de punta a punta. Apoyando sus patas delanteras sobre la canaleta. Apretados. Sin intersticios, a punto de congelarse, en la última porción de las chapas.
Los ojos amoratados, anhelantes, de todo el resto de los gatos muy blancos, apuntan hacia el centro de la hornalla.
De todo el resto, pues Abedul está a medio camino, ante el estupor de los que han quedado sobre la techumbre. Siempre está sorprendiendo a sus propios congéneres. Está ya en la ruta hacia su objetivo. Por algo es el jefegato.
Se levanta la abuela de su viejo sillón Tiene éste un asiento de paja amarillenta. Lo ha tapado con un espantoso trapo oxidado, que lo usa para encubrir su estado terminal. Abandona por el momento el adelantado tejido.
Mascullando, marcha hacia las hornallas. Estos imbéciles gatos- piensa- creerán que van a hacer lo mismo de siempre. Esta vez los amenaza con todas sus fuerzas. Hará lo que sea para que algunos se transformen en galletas caseras de gatitos con chicharrones.
Remueve las encendidas brazas. Las alienta.
Descubre el nuevo intento de Abedul. Lo conoce muy bien. Sabe Aniceta, que es el adelantado de la horda. . Que es también quién anticipa la actividad de todos ellos. Que nunca actúa si no está convencido de que es el momento. También sabe que es imposible atajar al resto en cuanto aquel dé la orden.
Distingue Aniceta, con sus ennegrecidos ojos remarcados por la aureola que le dibuja el humo de las hornallas, trazándole una tétrica máscara, que la cocción está lista.
Intuye que ha llegado el momento definitivo. Trata de adivinar en qué lugar del espacio se encuentra el gato.
Prepara su vieja escopeta de un tiro. La cerrazón de la noche no la ayuda. Piensa intentarlo, porque cree que destripándolo, el resto estará controlado.
Al fin podría, sin inquietarse, tomar su sopa de caracú con menta, acompañada de galletas caseras con chicharrones.
No puede fallar. La musaraña invade sus ojos. Le impide distinguir con claridad.
Sabe qué hará el gato, al llegar a cierto lugar de su ruta. Hoy no será diferente. Al estacionarse casi sobre las hornallas, quedará suspendido de las telarañas que bajan desde Orión. Ésta es la única constelación que provocó la admiración de Aniceta en todos los tiempos de su vida. Por lo menos desde que la descubrió la noche en que cumplió sus primeros cien años.
Los vecinos la habían dejado sentada en el viejo sillón. Al sereno de un invierno como éste sin su negro pañuelo. No recuerda cuantos calendarios han pasado, mientras evoca, cómo los invitados se comían todas las galletas caseras con chicharrones, que había preparado para aquella fiesta. Ellos la habían abandonado en aquel patio, con todos sus gatos. Con la música que sonaba para ensordecer a cualquiera.
En el Ecuador celeste, esa noche había descubierto la constelación.
Ahora, que tenía su negro pañuelo sobre su blanquísima cabeza, Orión le juega en contra. Favorece a la pandilla de gatos. Lo comprende con claridad.
En aquella red, está Abedul esperando el momento justo. Sujetado con sus cuatro patas, sus garras aprisionan las telarañas de Orión.
Aniceta descubre entre las sombras al animal que se hamaca sin apuro. Hace éste una especie de caída libre. Despliega las telarañas para calcular la distancia hasta las hornallas. A pesar del esfuerzo que hace, el jefegato no logra acercarse a los hierros.
No estaba Aniceta segura de acertar el único tiro que tenía. Debía tomar todas las precauciones.
Apunta hacia lo alto. Aprieta con fuerza el gatillo. Este no responde. El no haber usado el arma desde el anterior cumpleaños, del que no recuerda si disparó o no, le juega una mala pasada.
Vislumbra que todo el resto del gaterío comprenderá que el gran peligro ha pasado. Sospecha que decididos, tomarán impulso cayendo al lado de Abedul, como siempre lo han hecho. Sujetándose de las telarañas, lograrán con el peso acumulado, acercarse a las galletas caseras con chicharrones. Aniceta, ésta vez no cede. Se arroja sobre éstas. Dispuesta a luchar hasta el final. Intenta salvarlas.
Choca en el camino con la cabeza de Abedul. Comienzan a caer los otros gatos que ayudan, sobre su huesudo y lacerado resto del cuerpo.
Observa entre brumas que algunas de sus galletas, toman distintas direcciones hacia el congelado cañaveral que rodea su casa.
Calores intensos calcinan distintas partes del cuerpo de la anciana.
Los felinos la remolcan fuera de las hornallas sin que ella se entere. Muchos de ellos tratan de aspirar los últimos resuellos de Aniceta. Le reclaman sus postreros hálitos de vida. Preparan el festín. Cada uno intenta escapar con su porción.
Protegiendo lo que queda de Aniceta, las suaves telarañas descienden envolviendo a la mujer. Por ellas baja Petro, su único compañero de toda la vida, a quién mucho extraña desde su anterior cumpleaños. Cuando descubrió aquella constelación.
Petro la toma entre sus fornidos brazos transparentes. La abriga con el pedazo de trapo oxidado que cubría la silla. Sujetados con firmeza a las telarañas, ambos ascienden hacia Orión.
A finalizar aquella fiesta inconclusa, de los primeros cien años de la Aniceta. Cuando ella amenazaba a todos sus gatos con la vieja escopeta de un solo tiro.
Un disparo perdido en la noche no le permitió a Petro, cantarle en aquel cumpleaños la querida canción que tanto les gustaba. Ahora la entonarán juntos. Unidos esta vez en Orión.
El último que huye es Abedul, aprisionando entre sus fauces los ojos de Aniceta.
Todos en aquel inhallable pueblo donde los inviernos suelen congelar los techos de cinc, que el jefe de los gatos blancos y la vista amoratada, roba los ojos de su ama, cuando ésta se transforma en galleta casera con chicharrones.
Que lo han hecho siempre; que lo volverán a hacer eternamente. En todos los tiempos.





El lunes que viene

La máquina resopla al llegar a uno de los catorce andenes de Constitución. El parlante oxidado anuncia algunos atrasos y la gente se atropella para bajar. Es lunes, el sol se despereza. La muchedumbre es un abanico que se abre sobre la ciudad que despierta. Sonámbulos salen en tropel hacia los cuatro vientos en busca de los transportes que los llevarán hasta sus rutinas de años. Al observar sus rostros los vemos bañados de cansancio, invadidos. Con estos pasajeros bajan, entre otros pibes, tres hermanos. Y su primera corrida los lleva a cada cual hasta los baños del hall. Ellos son el Pepe, de doce que parecen diez, su hermano Beto, de diez que parecen doce y la hermanita, la Vivi, de trece que parecen dieciséis.
Después, los tres se disparan hacia la plaza que los espera. Cada uno a su trabajo de toda la semana. Corriendo de un lado a otro. Abriendo puertas, llevando bultos de ancianas conocidas que siempre les traen algo. Juntando las monedas que los hará comer, hacen lo que sea, lo que sea, para agrandar los dineros que llevarán el viernes por la noche de regreso a su casa. Todo lo administra la Vivi. Ella sabe donde comprar lo que no se vende en todas partes y todo el mundo vende. Seductoras y mortales, algunas bolsas de polietileno donde traen su comida para el día servirán para esos menesteres, que todo el mundo mira y nadie ve. Ella controla muy bien esos gastos. Hay pegamentos que son baratos. El dueño de la ferretería de la calle Brasil le vende uno bueno al mejor precio; se lo pasa por debajo del mostrador mientras le aprieta un rato la mano a la Vivi.
A veces la Vivi no paga. Solo promete.
Al medio día cuando baja un poco la actividad, corren hasta el viejo árbol que los cobija y comen lo que la madre les preparó para el día. Después juegan un rato.
Un rato aspirando. Otro rato soltando partes de su vida.
Hasta reiniciar la actividad que los tendrá ocupado en el irvenir del reflujo de sedientos y hambrientos que regresan de sus trabajos; de parejas extrañas que toman los taxis que los llevará hasta algún hotel o vaya uno a saber en qué paredón misterioso dejarán sus huellas. Esos sí que dan buena propina. Quieren que los chicos cierren rápido las puertas y ellos saben cómo tenerlas abiertas hasta que llega lo que consideran que es lo justo.
Por la noche, el baño de las damas tiene un encargado, el Tito, que hace la limpieza general todos los miércoles. Deja usar a Vivi la ducha y le permite arreglarse cuando él cierra la puerta, mientras pasa el lampazo silbando bajito Taquito Militar. Cuando la Vivi que tiene trece que parecen dieciséis, termina con su aseo general y se está peinando, lo deja hacer. Ella también lo toquetea. Que es casi nada. Las manos huesudas del Tito la recorren de punta a punta. La Vivi solo promete. Sabe que se llevará no menos de treinta. Y ya tiene entrenados a sus hermanos para que golpeen la puerta cuando ella calcula que es el momento. Hoy fueron cuarenta, que los arrolla y los guarda con celo.
Los chicos que viven en la calle un rato y otro rato también, duermen en cualquier parte. Hoy es jueves y llovizna. Entonces sacan unos paraguas que guardan en el baño de hombres y acompañan a cualquiera hasta las paradas de colectivos o taxis. Esto aumenta la “recauda”, como la llaman entre ellos. Los jueves, después del trabajo del día, aprovechan el baño de los hombres de un bar cercano. Por la noche se cierra para la desinfección y el colorado Abel, que limpia el lugar, les permite lavarse y cambiarse algunas ropas. Los pibes ya retozan bajo las duchas. Saben que tienen un tiempo límite en los baños, para no comprometer al Colorado. La Vivi que tiene trece que parecen dieciséis está sentada sobre el mostrador para no mojar sus zapatillas. El Colorado la tiene ahí como desde hace muchos jueves. Ha terminado su trabajo, se acerca. De una cajita de cartón retira un sobre dorado y saca un condón. Pone el salón a media luz; la Fm se descuelga con Rodrigo. Conoce las condiciones que ha impuesto la Vivi, que promete otras cosas para más adelante. Por ahora eso y nada más. La Vivi sabe que de aquí, se llevará no menos de cuarenta. Hoy fueron cincuenta, que los arrolla y los guarda con celo.
Este viernes es un lindo día y aumentarán los ahorros. Ese día comerán unos choripanes y alguna gaseosa. Se acerca el regreso en el último tren. Corretean por la plaza que está llena de vivillos y putas arreglando sus asuntos.
Los hermanitos, con sus bolsitas que se inflan y se desinflan juegan a vivir otras vidas muertas que no vivieron y que nunca vivirán.
La noche ha llegado. Y los tres corren hasta el depósito de juguetes de la calle Cochabamba. El sereno Ramírez conoce del barrio a los chicos desde hace mucho tiempo. Vive al frente de la casa de ellos y frecuenta al padrastro que tienen.
Y los deja jugar y entretenerse hasta la hora de la salida del último tren. Siempre los acompaña en el regreso hasta la casa.
Los pibes están en la sección de juegos electrónicos del tercer piso.
Beto de diez que parecen doce, pregunta por la Vivi a su hermano Pepe de doce que parecen diez. –Dale- dice el Pepe-, vos sabés que a ella no le gusta jugar aquí y si viene solo es por nosotros Solo por nosotros. Sigamos jugando hasta que nos llame.
La Vivi que tiene trece que parecen dieciséis, está en el sótano, en el cuartucho del sereno. Ramírez retira de una cajita de cartón tres sobres con condones que los deja sobre una mesita. Todas las promesas que le estuvo haciendo la Vivi, hoy las cumplirá. No será su primera vez, pero con él presiente que le gustará hacerlo, siente que lo quiere y no como aquella en la que fue violada en su casa por…
Prefiere no pensar en eso.
De aquí se llevará no menos de cien, y cumple. Pero no con todo. Queda un sobre sin usar sobre la mesita. Y hoy son ciento cincuenta. Los arrolla y los guarda con celo. Luego se ducha. El sereno le regala un peluche para que lo lleve a su hermanita menor. Los cuatro van para la estación. Cruzan la plaza y enfilan para la entrada del Roca, ésta noche sin apuros.. Quizá puedan tomar el rápido y llegar más temprano. Todos van tomados de la mano. La Vivi, que se adelanta abrazada al peluche, entretenida con el muñeco no lo ve venir. Cruza la calle Brasil sin mirar, a pesar de que siempre prometió hacerlo.
Nadie ve al auto que ha pasado como un huracán, arrollando a la Vivi que tenía trece y que nunca tendrá dieciséis. El conductor del auto ha seguido su camino sin prestar ayuda. La Vivi, tirada sobre la calzada, aprieta contra su pecho el peluche. La gente se acerca. Un taxista que conoce a los chicos sube a la niña a su auto y decide llevarlos a todos hasta el Elizalde. Sin entender lo sucedido, el mundo se ha desplomado sobre los dos hermanos y el sereno Ramírez Éste, en el asiento delantero, la lleva en sus brazos y la abraza desperado, para tratar de reanimarla. Mil besos en las mejillas de Vivi son inútiles y nadie más que el taxista ve las calles por las que transitan hacia la verdad. La radio del taxi les escupe “Cambalache”.
En la sala de guardia los chicos reciben la ropa de Vivi y entre sollozos, descubren el dinero de la semana. Ramírez y el taxista agregan lo que tienen. Los hermanos llevarán todo a su casa y lo entregarán a su mamá. También llevan el peluche para la hermanita menor. Llegarán solos a contar lo sucedido.
A prepararse para volver con su hermanita Nati, que tiene once que parecen quince.
Cuando el sol se desperece.
El lunes que viene.



martes, 10 de marzo de 2009

Primer Contacto


Este cuento obtuvo el Primer Premio en el Certamen organizado por APAD, una ONG de San Miguel, provincia de Buenos Aires, con motivo de su 30º Aniversario efectuado en el año 2007-2008.

Espero lo disfruten y quedo a la espera de las críticas cualquiera sea el tenor.



El Aviso



El atardecer nace anunciando ocasos. Ambos niños han visto la luz hace siete meses. Están en distintos brazos. Distintas cunas, destinos inciertos.
Las madres, de aspecto humilde, de prolijo aseo, esperan la llegada del tren que las llevará lejos de éste infierno.
Junto con el surgir de las penumbras, nace un colorido resplandor iluminando con suavidad el centro del pueblo. Comienzan los festejos con los cuales recuerdan los lugareños un nuevo aniversario de la fundación. Es una de las razones por las cuales las mujeres se encuentran casi solas con sus bebés en la estación. Apenas algún desprevenido viajante de comercio apresura el regreso. Está también el jefe de la aherrumbrada estación del ferrocarril Norte.
Las mujeres se han sentado separadas en el único asiento que tiene el andén. Ambos bebés están inquietos. Es la hora del alimento. Satisfechos, recorren en los brazos que los acunan, en sentido contrario, el pequeño andén. Van y vienen varias veces. Van y vienen. Varias veces.
Al cruzarse, las madres apenas cambian por breves momentos, algunas miradas. Acompañan el inminente sueño de sus hijos.
El resplandor en las cercanías de la estación se hace intenso. Se apresuran los actos festivos. El cielo enrojece. Luces de mil colores viborean.
Los recuerdos de ambas mujeres, como aquellas bengalas extraviadas, iluminan por momentos sus oscuras realidades.
Se cruzan otra vez. Cada una, ocupada en lo suyo. Apenas se rozan. Se acomodan en el banco de madera. La tensión dibuja surcos en sus entrecejos.
La pequeña luz que anticipa la llegada del tren, se distingue en el horizonte anochecido.
Acomodan sus bolsos y a sus bebés. Ansiosas se ponen de pié. Desean partir e intentar el olvido.
Entra corriendo Belisario al andén. Es el joven peón de la estancia de los Almada Gonza, los dueños de casi todo el pueblo. Les avisa a las dos mujeres que su patroncito estará por aquí, apenas terminen los actos y las bengalas. Quiere que lo esperen aquí. -Yo también se los pido- agrega en un ruego el peón.
Las luces de los vagones iluminan la estación. Las sombras de los parantes del techo de tejas huyen por las paredes, fugando hasta quedar inquietas, con la última frenada de la máquina anhelante.
Con sus cargas, las dos madres suben con rapidez. Se sientan juntas. Compartirán el viaje, los pensamientos, la incertidumbre de sus destinos, pero ninguna palabra saldrá de sus labios durante el largo viaje. El tedio del repetido traque trac las adormece.
Lloran sus bebés. Ellas, se sobresaltan. Se acomodan. Los calman y preparan sus cosas. El traslado llega a su fin.
La terminal de la gran ciudad es una incierta promesa. Será “las narices” de un gran dragón calcinando esperanzas.
Bajan con pesadez del vagón.
En el anular de una de ellas refulge algún juramento olvidado. En el de la otra la descarnada realidad.
Recorren entre viajeros recién llegados, el andén principal. Para otros, abrazos y reencuentros. Para ellas, la anticipada soledad.
Salen de la estación. La gran ciudad las tragará sin vómitos.
Tomarán distintas direcciones.
Están de espaldas. Son hermanas; jamás se han separado hasta ahora. Se alejan un paso. Se detienen. Giran. Se miran con tibieza y con gran congoja. Se abrazan. Por primera vez sienten la calidez del otro bebé. Y la frialdad del desencuentro definitivo.
Cada una por su camino, en la búsqueda de su propio destino.
Con decisión se apartan. Seguirán sus propias huellas. Dos madres; son hermanas y cada una con su bebé. Un solo padre y algún enamorado…
El amanecer sacude las últimas brillantinas de los festejos pueblerinos.
Al desierto andén del pueblo llega el patroncito con el peón Belisario. Revisan el lugar, gritando y a los tumbos.
Le pregunta al peón: -¿Les avisaste, como te dije...?- Sí, responde éste, bajando avergonzado la vista. -¿Y donde están, esas mierdas, que no cumplieron mis órdenes?- agrega en son de burla.
Belisario enmudece. La ira lo descubre en el recuerdo de lo que podría haber sido y ya no será. Rojas visiones danzan a su alrededor.
Los vapores de la noche los esclavizan.
Flamea con fuerza entre las rudas manos del peón, un aguzado facón de carnear, dejando clavado un odio interminable en el pecho del patroncito.
Cae éste en el único asiento del andén salpicado con su vida.
En el último jadeo, alcanza a reclamarle a Belisario: -”Te mandé...te ordené…que no te enamoraras. ¿Les avisaste…como te dije...carajo?



Mijael Ben Arieh