viernes, 27 de marzo de 2009

El lunes que viene

La máquina resopla al llegar a uno de los catorce andenes de Constitución. El parlante oxidado anuncia algunos atrasos y la gente se atropella para bajar. Es lunes, el sol se despereza. La muchedumbre es un abanico que se abre sobre la ciudad que despierta. Sonámbulos salen en tropel hacia los cuatro vientos en busca de los transportes que los llevarán hasta sus rutinas de años. Al observar sus rostros los vemos bañados de cansancio, invadidos. Con estos pasajeros bajan, entre otros pibes, tres hermanos. Y su primera corrida los lleva a cada cual hasta los baños del hall. Ellos son el Pepe, de doce que parecen diez, su hermano Beto, de diez que parecen doce y la hermanita, la Vivi, de trece que parecen dieciséis.
Después, los tres se disparan hacia la plaza que los espera. Cada uno a su trabajo de toda la semana. Corriendo de un lado a otro. Abriendo puertas, llevando bultos de ancianas conocidas que siempre les traen algo. Juntando las monedas que los hará comer, hacen lo que sea, lo que sea, para agrandar los dineros que llevarán el viernes por la noche de regreso a su casa. Todo lo administra la Vivi. Ella sabe donde comprar lo que no se vende en todas partes y todo el mundo vende. Seductoras y mortales, algunas bolsas de polietileno donde traen su comida para el día servirán para esos menesteres, que todo el mundo mira y nadie ve. Ella controla muy bien esos gastos. Hay pegamentos que son baratos. El dueño de la ferretería de la calle Brasil le vende uno bueno al mejor precio; se lo pasa por debajo del mostrador mientras le aprieta un rato la mano a la Vivi.
A veces la Vivi no paga. Solo promete.
Al medio día cuando baja un poco la actividad, corren hasta el viejo árbol que los cobija y comen lo que la madre les preparó para el día. Después juegan un rato.
Un rato aspirando. Otro rato soltando partes de su vida.
Hasta reiniciar la actividad que los tendrá ocupado en el irvenir del reflujo de sedientos y hambrientos que regresan de sus trabajos; de parejas extrañas que toman los taxis que los llevará hasta algún hotel o vaya uno a saber en qué paredón misterioso dejarán sus huellas. Esos sí que dan buena propina. Quieren que los chicos cierren rápido las puertas y ellos saben cómo tenerlas abiertas hasta que llega lo que consideran que es lo justo.
Por la noche, el baño de las damas tiene un encargado, el Tito, que hace la limpieza general todos los miércoles. Deja usar a Vivi la ducha y le permite arreglarse cuando él cierra la puerta, mientras pasa el lampazo silbando bajito Taquito Militar. Cuando la Vivi que tiene trece que parecen dieciséis, termina con su aseo general y se está peinando, lo deja hacer. Ella también lo toquetea. Que es casi nada. Las manos huesudas del Tito la recorren de punta a punta. La Vivi solo promete. Sabe que se llevará no menos de treinta. Y ya tiene entrenados a sus hermanos para que golpeen la puerta cuando ella calcula que es el momento. Hoy fueron cuarenta, que los arrolla y los guarda con celo.
Los chicos que viven en la calle un rato y otro rato también, duermen en cualquier parte. Hoy es jueves y llovizna. Entonces sacan unos paraguas que guardan en el baño de hombres y acompañan a cualquiera hasta las paradas de colectivos o taxis. Esto aumenta la “recauda”, como la llaman entre ellos. Los jueves, después del trabajo del día, aprovechan el baño de los hombres de un bar cercano. Por la noche se cierra para la desinfección y el colorado Abel, que limpia el lugar, les permite lavarse y cambiarse algunas ropas. Los pibes ya retozan bajo las duchas. Saben que tienen un tiempo límite en los baños, para no comprometer al Colorado. La Vivi que tiene trece que parecen dieciséis está sentada sobre el mostrador para no mojar sus zapatillas. El Colorado la tiene ahí como desde hace muchos jueves. Ha terminado su trabajo, se acerca. De una cajita de cartón retira un sobre dorado y saca un condón. Pone el salón a media luz; la Fm se descuelga con Rodrigo. Conoce las condiciones que ha impuesto la Vivi, que promete otras cosas para más adelante. Por ahora eso y nada más. La Vivi sabe que de aquí, se llevará no menos de cuarenta. Hoy fueron cincuenta, que los arrolla y los guarda con celo.
Este viernes es un lindo día y aumentarán los ahorros. Ese día comerán unos choripanes y alguna gaseosa. Se acerca el regreso en el último tren. Corretean por la plaza que está llena de vivillos y putas arreglando sus asuntos.
Los hermanitos, con sus bolsitas que se inflan y se desinflan juegan a vivir otras vidas muertas que no vivieron y que nunca vivirán.
La noche ha llegado. Y los tres corren hasta el depósito de juguetes de la calle Cochabamba. El sereno Ramírez conoce del barrio a los chicos desde hace mucho tiempo. Vive al frente de la casa de ellos y frecuenta al padrastro que tienen.
Y los deja jugar y entretenerse hasta la hora de la salida del último tren. Siempre los acompaña en el regreso hasta la casa.
Los pibes están en la sección de juegos electrónicos del tercer piso.
Beto de diez que parecen doce, pregunta por la Vivi a su hermano Pepe de doce que parecen diez. –Dale- dice el Pepe-, vos sabés que a ella no le gusta jugar aquí y si viene solo es por nosotros Solo por nosotros. Sigamos jugando hasta que nos llame.
La Vivi que tiene trece que parecen dieciséis, está en el sótano, en el cuartucho del sereno. Ramírez retira de una cajita de cartón tres sobres con condones que los deja sobre una mesita. Todas las promesas que le estuvo haciendo la Vivi, hoy las cumplirá. No será su primera vez, pero con él presiente que le gustará hacerlo, siente que lo quiere y no como aquella en la que fue violada en su casa por…
Prefiere no pensar en eso.
De aquí se llevará no menos de cien, y cumple. Pero no con todo. Queda un sobre sin usar sobre la mesita. Y hoy son ciento cincuenta. Los arrolla y los guarda con celo. Luego se ducha. El sereno le regala un peluche para que lo lleve a su hermanita menor. Los cuatro van para la estación. Cruzan la plaza y enfilan para la entrada del Roca, ésta noche sin apuros.. Quizá puedan tomar el rápido y llegar más temprano. Todos van tomados de la mano. La Vivi, que se adelanta abrazada al peluche, entretenida con el muñeco no lo ve venir. Cruza la calle Brasil sin mirar, a pesar de que siempre prometió hacerlo.
Nadie ve al auto que ha pasado como un huracán, arrollando a la Vivi que tenía trece y que nunca tendrá dieciséis. El conductor del auto ha seguido su camino sin prestar ayuda. La Vivi, tirada sobre la calzada, aprieta contra su pecho el peluche. La gente se acerca. Un taxista que conoce a los chicos sube a la niña a su auto y decide llevarlos a todos hasta el Elizalde. Sin entender lo sucedido, el mundo se ha desplomado sobre los dos hermanos y el sereno Ramírez Éste, en el asiento delantero, la lleva en sus brazos y la abraza desperado, para tratar de reanimarla. Mil besos en las mejillas de Vivi son inútiles y nadie más que el taxista ve las calles por las que transitan hacia la verdad. La radio del taxi les escupe “Cambalache”.
En la sala de guardia los chicos reciben la ropa de Vivi y entre sollozos, descubren el dinero de la semana. Ramírez y el taxista agregan lo que tienen. Los hermanos llevarán todo a su casa y lo entregarán a su mamá. También llevan el peluche para la hermanita menor. Llegarán solos a contar lo sucedido.
A prepararse para volver con su hermanita Nati, que tiene once que parecen quince.
Cuando el sol se desperece.
El lunes que viene.



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