martes, 20 de abril de 2010

PORTALES


Plaza, marzo de 1976.

La magia se oculta detrás de los portales de los tiempos por venir.
Ocultarse, envuelto en lo mágico, no asegura el resultado en el intento de torcer los tiempos.
Estamos de paso.
El ya está dispuesto. Ávida viene la res.
Los dos están dispuestos. El gladiador con sus banderillas al aire. El agónico Miura, raspilla la tierra con fuerza, hacia atrás, hacia atrás, hacia atrás. Tiene llagas irreparables. Fragua surcos con sus patas que recogerán su sangre y algo más. Simula estar entregado.
Prevenida para dar la cruzada final, la bestia asediada presiente que su enemigo está allí. Lo mira con firmeza, lo ve arrogante.
Están alertas adecuando sus armas para el asalto final, .
Los tres están alistados. También está el extravío de millares de cabezas, que vislumbra el tiempo final. Es un monstruo sediento, saliéndose de sus cuerpos acoplados, que se zarandean al compás de los estertores del toro. Desgañita desde las gradas sus profundidades para enervarlo. Las birretas al viento y muchas banderolas manchándose de sudor. Algunas pañoletas comienzan a cubrir faltantes. El aire es mezquino para las mil cabezas. Tratan de saquear a la vecina, que intenta hacer lo mismo. Sus miradas se topan y sus muecas recíprocas las reaniman.
Los cuatro están dispuestos. También está el Destino.
Serán esclavos sus tiempos a partir de este relámpago, de la señal grabada en los pergaminos de los arcanos de Troya.
Los cinco están dispuestos. También están las Moiras, alertando que sus designios se ejecuten. A todos han vigilado anhelantes, conociendo todos los instantes, y controlan que se desenvuelvan según lo establecido. Nada interferirá entre ellas y los hilos de la vida.
Los seis están preparados. También está la Magia.
Tapizada de banderillas y picas. Tratando de aprehender hasta el último rayo de sol que escapa del poniente.
Su estampa angustia a todos. Se ignora cuándo la Magia puede torcer el eje de una evidencia. La puesta en escena se descifra.
Los siete están prevenidos. Estoy ahí.
Saltando las cercas protectoras me acerco al Miura. Me repudia; quiero advertirle. Su visión, está enfocada en mis ropas llenas de sudores; me amenaza con avances que no serán flirteos y salto hacia atrás en una voltereta vertical
Voy en busca del torero que aparenta no verme. Mira hacia el frente y destina de reojo alguna pasada por el engendro de mil fauces que lo anima. No distingue contrastes ni tonalidades entre el toro y aquélla aberración que agita sus cuerpos. Estallan al unísono los aullidos que intentan hacer impostergable, el plasmar la orden imposible de evadir: ¡muerte, muerte, muerte!
Brinco al lado del monstruo facetado en mil gargantas tenebrosas. Nausean desde sus vísceras los retumbos que animan la feria. Trato de franquearlo; parecen muchos, es solo uno. Indivisible, fatal, y piso su cabeza.
Las Moiras divisan el lugar que invado en la trama. Sus atisbos me rebasan.
Soy incorpóreo, un ente en el espacio. Las veo menearse al compás de las cadencias que llegan de las gradas. Sujetas del arco iris que brota en las orillas del Río Plato, dan sueltas cárneas como las que daban, en las festividades, los Lacedemonios en honor de Apolo. Se alumbran y pulen las danzas tratando de alcanzar las cintas huidizas. Desmontan, derramando fluidos asfixiantes. Las vestiduras que las acicalan ruedan en reversa, y parecen darles mayor destreza. Converso en un dialecto que no comprendo. Ellas tampoco. Trato de eludirlas, sin concebir, cómo las tres repartidoras que son una, que han timado desde Esparta en muchas jergas extrañas, no se codeen con la que les hablo.
Cruel Destino. Sé que es inadmisible encorvar sus designios. Son aquellos que le hemos sentenciado durante nuestra vida en todos nuestros tiempos.
Él, sólo acata haciéndolos plasmar. Su camino peregrina milenarias huellas ocultas.
Deseo que difiera el epílogo. No responde a mi ebrio reclamo. Vuelve su vistazo hacia las gradas, examinando a la quimera cada vez más envenenada. Quizás se aventure a repasar lo establecido. A soportarme.
El Destino marca hacia las cercas del campo y me veo… ¡me veo brincándolas! Corro hacia el Miura; rodeo al torero. El matador trata de apartarse de mí. Se aísla.
Acomoda el toro su embestida postrera. Demando al Destino; sin respuesta corro por la arena, salto las cercas hacia las gradas. Me aventuro por entre el monstruo que me sofoca en sus pliegues, aullando que estoy de paso. ¡Estoy de paso! ¡Estoy de paso!
Su carcajeo por la intrusión del otro en la arena, lo han rebosado. Interpelo a las Moiras por el otro.
¡Y yo soy el otro¡

Los seis están listos. Me espolean apretándome cada uno con sus escudos contra las barreras. Me aherrojan y retoman su tarea inconclusa. Me revelo en el foco de la arena entre las amenazas de la bestia y las banderillas y las picas decididas, solo aullando.
Los seis me rodean. El Destino habla por todos – Has llegado a tiempo. Te esperábamos. Lo irrevocable se producirá.
El otro que era yo, y yo que era él, estábamos ahí. Desgarrados, torturados. Los punzones comienzan a penetrarme, cruzándose con las banderillas. La sangre del novillero, la del Miura, la mía, la del otro, las de todos los entes invisibles, fertiliza las trazas bosquejadas por el toro en la arena. Sólo atino a vociferar ¡Estoy de paso, estamos de paso!
El bufido del monstruo que habita en las gradas todo lo sosiega. El engendro se calcará acallando toda voz atormentada.
En ésta encrucijada del Destino habito al lado de la Magia.
Me oculto entre los pliegues de su cuerpo transparente. Flaqueamos ante el recelo de transitar hacia un laberinto irresuelto.
Su aureola me envuelve y atravesamos los portales de los tiempos por venir.

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